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El hombre que apareció de repente en su vida, no era tal y cómo ella esperaba. Al menos, no cómo lo había imaginado. Es cierto que a lo largo de los años había fantaseado alguna que otra vez con la situación. Me refiero, a pensar en cómo sería él. Ese tipo desconocido que un día le pegaría un buen traqueteo a sus cimientos, hasta hacerle perder el equilibrio.

En ocasiones, en mitad de sus lascivas ensoñaciones, aparecía ante ella como un ejecutivo algo snob. Seguramente sobrino-nieto, o pariente lejano de algún aristócrata inglés. Aunque era una visión un tanto borrosa. Por momentos cambiaba. Y si tenía que imaginar su procedencia, su talla, porte, entonces la imagen que emergía era la de un señor muy nórdico. O en su defecto, estaba dispuesta a conformarse con un buen vikingo de Albacete. Porque si había algo que a ella le ponía las peras de “a cuarto”, era precisamente el frio. Retozar bajo edredones de plumas, y pensar en paisajes con nieve.

La simple idea de meterse en la cama y notar los dedos helados y gordetes de su amante, le obligaba a tocarse sin conocimiento alguno. Cómo caniche que da saltitos y se restriega contra las piernas de su amo. Vamos, que en mitad del trance erótico que ocasionaba su sueño, se deshacía hasta alcanzar menos conocimientos que una perra en celo.

Pero con lo que no contaba, ni siquiera sospechó en momento alguno, es que, el hombre que brotaría en su vida para derrumbar todos esos cimientos tan bien armados de los que hablábamos… Ese hombre en cuestión, aparecería atrincherado tras un par de calcetines. Y que por algún extraño motivo que a ella se le escapaba, él no estaba dispuesto a quitárselos.

Ahora, la mujer que soñaba con un hombre de nórdicas costumbres y caliente sangre española, tenía delante de si, a un señor de aspecto insuperable. De mirada limpia y tiernas manos. Desnudo de cintura para arriba, y semidesnudo de cintura para abajo, justo hasta donde llegaba el elástico de sus calcetines.

Reparó cuidadosamente en la escena. Con habilidad suprema, escaneó cada centímetro de aquel cuerpo que se ofrecía ante ella. Palmos horizontales y verticales. Promontorios y protuberancias que tenían a bien expandirse sin remilgos, con la salvaje frescura de un rio que busca el mar. Sin perder ningún tipo de detalle, sin pestañear, la chica asumió y archivó, toda la información que aquel cuerpo le aportaba.

Sucedió tras la presentación oportuna. La cena. Los halagos intercambiados, y la posterior invitación a una copa de vino en la habitación. Se besaron con pasión y alevosía, a los pies de una cama de hotel desconocido.

La premura del momento, y la impaciencia del corazón a la altura de la entrepierna, hicieron que saltaran un par de alarmas de incendios. Pero todo estaba controlado. La eterna búsqueda del hombre perfecto, había concluido con el hallazgo del mejor de todos ellos.

La mujer soñadora que encontró al hombre perfecto en calcetines, supo desde el primer momento que aquel era su destino. ¿Qué habría de pasar por la mente del joven de dedos gordetes y helados, para no quitarse los calcetines en una primera cita? La mujer de cimientos rotundos quiso saber más y más de él. ¿Acaso él no temía que ella gritara horrorizada? No, se mostraba seguro y sonriente.

Pero el hombre fue aún más lejos. Permitió a la chica quitarle un calcetín. Solo uno. Ni más ni menos. El otro calcetín debía dejarlo en su sitio. Ella pensó que aquello era lo más natural del mundo, y que si su chico quería ir por la vida chingando con un calcetín puesto y otro quitado, esa era la señal. La confirmación para saber que estaba ante el hombre perfecto. Un mentiroso, un liante, un ligón, un tipo falso, jamás se habría dejado los calcetines puestos. Cuando todo es pose, la pose manda, y el personaje se cae.

Ella se relajó a su lado y dejó que le metiera… ¿He dicho que le metiera? Bueno, Digamos que… Le abrió las puertas de su alma. ¿Qué donde están las puertas del alma? Esto ya cada cual pone el acceso donde quiere. Pero el hombre que apareció de repente en su vida, supo encontrar la puerta de entrada. Y se amaron y fueron felices, y compraron calcetines. Si su chico necesitaba calcetines para entrar en conexión con el cosmos… ella le traería docena y media, cada mañana.

*Basado en hechos reales. Se ruega al lector no practicar este experimento en casa. Salga a la calle a buscarlo. Siempre hay un roto para un “descosio”, y un gran tomate para un buen calcetín.

Mara Marley     Del rojo al negro, sin escalas