Alfred y Mary hacían el amor tres veces por semana, tocara o no.

Seguían siendo tan apasionados como lo habían sido cuarenta años atrás.  Aunque ahora, al final de sus vidas, se sentían con ciertas limitaciones físicas. Trabas que les obligaban muy a su pesar, a reducir el numero de encuentros sexuales, pero sin perder ni un ápice de calidad. Se confesaban haber sido en otro tiempo, de misa diaria y fiestas de guardar.

Una pareja de sangre caliente, así les gustaba definirse. Apenas Alfred rozaba la cara interna de los muslos de Mary, o perfilaba con el dedo el lóbulo de su oreja, o el arco pronunciado de su boca, entraba en erupción. Su acercamiento siempre producía el mismo efecto en ella, una combustión espontánea que prendía sin previo aviso, ni control. Y lo notaba en sus labios, o en lo erecto de sus pezones apuntando hacía Alfred, esperando una caricia de vuelta, como un azucarillo de recompensa. Aunque la culpa no era de ellos, era de ese insoportable sol primaveral que se colaba por las ventanas a media tarde. Una luz que les incitaba a reconocerse, a olfatearse hasta reencontrarse de nuevo.

La luz del sol les despertaba algo dormido, y ahora, en el ocaso de sus vidas, no tenían nada mejor que hacer que esperar desnudos el sol de media tarde, en su azotea.

Nudistas desde los años 70 y hippies reciclados en cuerpos que ya no reconocían como suyos. Conservaban esa valiosa y eterna juventud interior que busca sin descanso el contacto con la naturaleza, expresarse libremente en comunión con el universo. Hacer el amor como salvajes, con el hambre exacta que se tiene de ser amado por primera vez. Quién sabe si la culpa era de aquellas yerbas que les trajo su hijo de su plantación, o del mejunje  que les había enseñado a preparar personalmente el chamán de los Chachapoyas, en su viaje por Perú. Esto nunca lo sabremos.

Porque aquel día, el día en que Alfred y Mary quisieron darle la bienvenida a la primavera con los últimos atardeceres de marzo, decidieron hacerlo con la elaboración  de un delicioso pastel de “yerbas”. Cuándo vieron la bolsita verde en sus manos, se sonrieron, sintiéndose cómplices del viaje que estaban a punto de iniciar. Sobre la mesa en la azotea, dispusieron la harina, la canela, los yerbajos y los huevos… batidos.

No tardó en hacer efecto el efluvio de la masa repostera,  ni el ron en el quemador, ni el anís en las entrañas.  Mary miró a su eterno amante, arqueó una ceja y sin pensarlo, lanzó por los aires la manga pastelera encaramándose de un salto y a horcajadas en su potro ganador. Le hincó los talones en las pantorrillas y lo dirigió con destreza hacia la mesa, como una experta amazona. Mientras era zarandeada por los aires, tuvo tiempo de encender el transistor que había sobre la encimera para dejar que sonara esa demoníaca melodía de los Earth Wind And Fire… con su Boogie Wonderland ¡Agh agh dance!

Alfred, envalentonado, se apresuró en dirección a la mesa embadurnada de harina y canela, presto a tumbar a su chica con la pericia del pequeño saltamontes, pero tan apresurado fue el momento con la ceguera que llevaba, que fue inevitable el tropiezo con las zapatillas de pompones rosas de Mary, y mientras caía de pleno contra la encimera, envistió  de un solo golpe a su chica-pastelera hasta la empuñadura. Mary gritó con tal frecuencia de resonancia que las tazas de la alacena vibraron descontroladas, rompiendo incluso, dos de ellas.

Alfred, venido ya arriba, jaló a su chica por las caderas y dejándose llevar por el ritmo de la música, la cabalgó como el mismo Jhon Silver al cruzar el horizonte. Mary pensó que tenia a un verdadero animal entre sus piernas. Fundieron sus cuerpos uno con otro, piel con piel, harina con canela, y mantequilla de limón. Extasiada, imaginó que ella misma era un inmenso pastel al que del cielo le caían las guindas.

Cerró los ojos y vio su vida pasar. Se reconoció de jovencita en los jardines del campus, retozando sobre la hierba, y en la arena de la playa dejándose tocar los pechos por primera vez o en pleno monte descubriendo el ciclo de la vida. Lo vio todo con tal nitidez, que se olvidó de haber abierto el gas, sin encender el fuego de la cocina.

En el ambiente, otro fuego, el suyo interno, fue el detonante de una gran explosión.

Y explotaron, como estalla la luz del sol en las mañanas, desfragmentada en ciento cuarenta y dos mil destellos de colores. Y volaron juntos por encima de la azotea, compenetrados. Difuminándose en el horizonte, como a ellos les gustaba, en comunión con el universo. Y se amaron y fueron uno, siendo dos.

Por eso, si miras al cielo las noches de primavera, puedes ver miles de guindas que caen del cielo, tantas como estrellas a mis pies, cada vez que tú me miras.

Dedicado a la vida y al amor. A toi.