Ahora que lo veo con la distancia necesaria para ser justo, ahora es que quiero contarte el modo en que comenzó todo. De mi vida anterior, no recuerdo nada. Porque mi vida comienza y acaba, al conocerte a ti.

Shenyang 18 de Enero 1960

En aquel tiempo me venció la tentación de alejarme del ambiente cargado y deslumbrante al que estaba acostumbrado. El ritmo acelerado de la vida me asfixiaba, lo sentía como una pesada losa sobre mi cabeza. Nunca he encajado en ningún lugar. De algún modo, siempre he tenido esa extraña sensación de vivir en otro plano, en una dimensión distinta a la que se mueven los demás, cómo si caminara a dos palmos sobre el suelo, sin tocarlo.

En ocasiones me evadía de la realidad tomando largas infusiones de Loto. Su efecto narcótico conseguía alejarme de lo cotidiano, de lo gris. De la simpleza de algunas mentes de las que necesitaba huir. A veces he envidiado a esas criaturas sencillas, parece que el dolor les afecte menos. Como si aquello que les daña, nunca consiguiera dejarles marca.

Pero es inevitable sentir como te nace. No se puede cambiar lo que se es. No puedes dejar de ser, lo que tu esencia te dice que eres. La piedra siempre seguirá siendo una piedra. Podrá ser maciza, piconada o tosca. Algunas piedras serán incluso sagradas. Es el tiempo y la adversidad quienes harán que su filo sea cortante o rodado. Pero los millones de partículas que componen a esa roca, determinarán y le recordarán por siempre, quién es.

Entiendo que el anhelo de todo ser humano en algún instante de su vida, es poder empezar de nuevo. Borrar el pasado y renacer. Brotar cómo el nenúfar de la ciénaga y florecer con tal belleza, que haga olvidar a cualquiera, que su procedencia no es otra que el más turbio de los lodos. Por eso quise retirarme discretamente de todos aquellos con quienes acostumbraba a relacionarme. Mi vida cotidiana era rutinaria, se movía por pura inercia. Extrañaba los juegos rebeldes, la excentricidad de la juventud. Necesitaba darle un giro a todo, un matiz misterioso o romántico.

Mi vida, estaba muerta. Pero yo sentía que el brillo y la alegría aún se agitaban dentro de mí. Esperando vivir.

Busqué un lugar adecuado donde refugiarme. Un barrio tan bullicioso que me permitiera pasar desapercibido. Un lugar dónde no pudiera cruzar la mirada con nadie conocido. Me dirigí al norte, a uno de esos barrios empobrecidos, dónde la sonrisa es el bien más preciado. Alquilé una especie de celda. Un apartamento lo suficientemente pequeño para centrarme en mi mismo.

Era un barrio humilde, sombrío, alejado de la ruidosa urbe. Sin embargo, no era un lugar silencioso. Sus sonidos provenían de las entrañas de aquellas calles, de las estridencias deliciosamente cotidianas. Del chasquido del agua al caer contra el suelo, sin amortiguaciones de canaletas. Del chispeante crepitar del aceite en los puestos callejeros de dumplings. Del aroma a curry y las esencias especiadas que vagaban suspendidas en el aire.

Me pareció el lugar perfecto dónde establecerme de nuevo y comenzar con mi trabajo como profesor de jazz. Si bien la medicina me había reportado grandes satisfacciones hasta el momento, ahora era tiempo de centrarme exclusivamente en ese modo de vida con el que siempre soñé. De abandonar apegos y comenzar desde cero. No tardé mucho tiempo en amar mi nuevo hogar, un mundo sencillo, de gente sencilla. El ambiente resultaba ser más atractivo, sincero y auténtico que cualquier lugar culto y distinguido en el que yo hubiese estado con anterioridad.

Fue en uno de esos puestos callejeros, de comidas especiadas, dónde la vi por primera vez. Parecía haber caído directamente del cielo. No imaginaba que su belleza hubiera deambulado por aquellas calles y no haberla descubierto anteriormente. Era un elemento discordante en el paisaje, una especie distinta, exótica, en un hábitat extrañamente ajeno. Mi primer impulso fue acercarme con cualquier pretexto, comprar comida, o preguntar por una calle. Algo dentro de mí me gritaba con fuerza, exigiéndome que no dejara escapar a una criatura así.

La distancia que nos separaba me pareció eterna. No recuerdo haber tenido esa sensación con nadie más en la vida. Porque ella tenía algo, algo que me llamaba en silencio, sin palabras. Esa comunicación no verbal que solo se da entre almas con la misma esencia. Un dialecto perdido, un código secreto de comunicación que solo se nos revela una vez en la vida. Porque tan solo hay una persona en el mundo que pueda traducir nuestros sonidos o señales mudas.

De pronto vi toda mi vida con claridad y todo me pareció inconsistente hasta ese momento. Como si lo vivido con anterioridad hubiese respondido a un patrón aprendido, al dejarme llevar por la inercia de una vida vacía y absurda. La misma vida que llevaban todas las personas a mí alrededor. Pero yo siempre sentí que había algo más. Alguien que esperaba por mí en algún lugar del mundo. Sin saber qué o quién. Ni su nombre, ni su rostro. Una voz que desde siempre me llamaba y me incitaba a viajar hasta encontrarla.

Aquel día, al verla en el puesto de comida, supe que era ella quién me había estado llamando todo este tiempo. Que ese era el motivo que me había traído hasta aquí sin saberlo. Que ella era la mujer a la que amaba siempre en mi sueño.

No estaba dispuesto a dejarla marchar, quise detener el tiempo. Disfrutar de aquella visión que me ofrecía su frágil cuerpo cubierto con un vestido de seda blanco. Sus labios eran gruesos y sonrosados. Era natural, sin artefactos que adulteraran su auténtica naturaleza. Su imagen era tan fresca cómo el agua caída con las últimas lluvias de la tarde. Parecía una criatura abandonada a su suerte, una belleza que no respondía a patrones conocidos. La calle generaba un ambiente embriagador. Iluminada por decenas de lamparillas de aceite, que reflejaban titilantes sus luces sobre los charcos.

De pronto sentí miedo, miedo a perderla, a que ella no me viese del mismo modo. Por primera vez en mi vida comprendí el significado de la palabra soledad. Yo que siempre había huido de la gente, que me gustaba aislarme y disfrutar de mi clausura. De pronto entendí que ya nunca existiría un retiro perfecto para mí, si ella no permanecía a mi lado.

Comenzó a diluviar. Una lluvia torrencial se apoderó de las aceras. Los farolillos de aceite mojados dejaron a oscuras toda la calle. Ella improvisó un paraguas con la revista que portaba bajo el brazo y echó a correr calle arriba. La gran cantidad de agua que se precipitaba desde el cielo alteró gravemente mi plan de abordarla. La vi alejarse, perderse en la multitud, inmersa en ese vaivén de gente que corría alterada por la lluvia. La seguí tan rápido como pude, sorteando a la gente y los charcos. Pero en un segundo, desapareció de mi vista. Amainó la lluvia dando paso al sol y me sentí perdido, extraño y abandonado.

Hasta que alguien se acercó por detrás dándome unos toquecitos en el hombro… Era ella, la mujer de mi sueño.

—Disculpe señor, ¿sabe dónde queda el Taller de Jazz? Estas calles me parecen todas iguales. No logro acertar con la dirección que me recomendaron.

Cerré los ojos y sonreí agradecido a la vida, a ella, y al Jazz.

— Claro, acompáñeme. En estos momentos me dirigía hasta allí. Permítame que le muestre… Nuestro camino.

 

 

 

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras. En ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... De todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.
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