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Aquel domingo Penny se propuso entregarse a su salvador… Y preparó una cita, en la que él no tendría más remedio que concederle todos sus deseos, y amarla suciamente, como se ama solamente a una cándida aprendiz… (sigue)

Pero no siempre el maestro resulta ser un experimentado guía, ni el aprendiz tan cándido, como se presupone…Y es que nunca hay que infravalorar a unas manos inexpertas, ni a una torpe boca, hambrienta…

La mañana de aquel domingo de noviembre se propuso muy fría. Los últimos pronósticos del hombre del tiempo no habían sido nada alentadores. La gente se aprovisionó de leña y víveres para esperar sin miedo, a lo que se prometía la peor nevada en 50 años… La naturaleza salvaje tan solo se hacía eco de la fuerza interior de aquella criatura, desecha en deseos de probar la carne erecta de su adonis panificable, y encontrar así, sentido a la vida misma, y a la torcida voluntad de Dios.

Monny se levantó urgida en dirección al baño, a la búsqueda de su pastilla de jabón de aceite de magnolia. Al tenerla entre las manos comprendió que ya iba siendo hora de reponerla, desgastada de tanto uso…

Y es que la lozana y novicia andaluza, a falta de otros instrumentos con los que jugar, encontró un amable consuelo en la magnolia jabonosa. La delicada y aterciopelada pastilla de jabón que hundía sin compasión en el agua hasta humedecerla, para acto seguido deslizarla sinuosa y rítmicamente, y dejarla atrapada  durante unos segundos entre la curvatura ondulante de sus muslos. De atrás hacía delante… como una ancha lengua lamiendo un incitante helado. Así, tal y como le habían recomendado las hermanas mayores de la comunidad, con el fin de asegurarse una correcta higiene, nada más.

Los impetuosos labios vaginales de Penny afloraban como molletes recién horneados… gruesos, de borde redondeando. Luciendo como impacientes mofletes que desean ser pellizcados. Penny disfrutaba jubilosa de su pequeño descaro volcánico, ese con el que la madre naturaleza le había obsequiado por ser mujer. Su anatomía perfecta le proveía de un sinfín de terminaciones nerviosas, receptivamente dispuestas para deleitarse con el menor roce… El pequeño botón al que ella misma no sabía ponerle nombre, sobresalía como un caramelo que se sostiene derretido entre los labios. Empapando de azúcar todo el borde algodonado de su piel.

Desde que Penny conoció a Salvador, cada una de sus caricias correspondían a un pensamiento fijo, una imagen, la del hijo del panadero. Frente al espejo engarzaba sus dedos con su cabello ondulado. Desnuda, dejando ocultos sus pezones tras una briosa cabellera rojiza y ensortijada. Suspiraba, imaginando como sería mostrarse desnuda frente a un hombre. Volvía a suspirar y clavaba sus hechizantes ojos verdes en el espejo, absorta, redescubriendo su limpio y caliente cuerpo reflejado, tras la caricia de sus párvulas manos, mientras se soñaba cabalgando sobre el apetecible pan caliente, del panadero.

Continuará….

1ª Parte: https://desafiosliterarios.com/columnas/el-alma-de-marley/obsesion/

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Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras. En ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... De todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.
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