Alguna vez has pensado en Caperucita. Lo sé. Aparecía desnuda, frente a tus ojos, con zapatos rojos de tacón y sus largas piernas nacaradas. Tímidamente tapada, con la capa roja aterciopelada sobre sus hombros huesudos, dispuesta a comerte mejor.

Es una fantasía recurrente que arrastras, sin saberlo, desde pequeño. En realidad, nunca fuiste consciente de que el dulce cuento, no era más que una historia de terror diseñada para atormentar a los niños. Acéptalo. La pequeña mujer de rojo y caperuza, siempre ha sido una villana tolerada por la masa, aunque luciera disfrazada de diminuta heroína.

Pero el tiempo lo pone todo en su sitio. Ahora, Caperucita, es una mujer fatal que se ha reinsertado en la sociedad. Ya no lleva capa, usa gabardina. Ha crecido, y sus delitos han prescrito. En la actualidad cobra los derechos de autor de su propia obra, y vive con un famoso novelista en un céntrico ático de Toronto, desde donde se ve Toronton tero, teró 😉 (lo siento, no he podido evitarlo)

Es una chica 3.0, actualizada. La cesta la usa para ir al Super y llenarla de productos ecológicos. No le van nada las zoofilias, ni las zoofobias. Tiene un par de vicios, aunque solo puede confesar uno: Abrirse la gabardina y mostrarse desnuda frente a los abuelitos del parque. Siente aversión por el color rojo, igual que Clarisse por los corderos. Es normal. Le trae recuerdos del bosque donde sucedió toda aquella tragedia.

La chica ha quedado algo tarada. Carga un trauma infantil que nunca superará. Imaginaros la escena: Un animal la persigue por el bosque. No puede correr porque lleva zapatos de charol y calcetines blancos con encajitos. Es la ropa de los domingos. Su madre se la ha puesto para ir a ver a la abuelita, pero ya le ha advertido, que la piensa majar a palos como pise un charquito. Imaginaros… Hacer ese trayecto pensando que un perro loco va a devorar a tu abuela, que vive sola y guarda los dientes en un vaso de agua, vamos, que ni defenderse mordiendo puede y encima tú, vestida de princesa.

Y para colmo, la dulce señora desdentada, sufre una dolencia crónica que la obliga a permanecer acostada en la cama. Eso, sí, con las zapatillas puestas y embutida en un camisón de cuadros digno de Laura Ingels. Cuando ése juez vaya a levantar el cadáver y vea a la abuela con el camisón a cuadros y el gorro de la ducha… el descojone va a ser fino. La muerte es una cosa demasiado seria como para recibirla disfrazada de La casa de la pradera. Y Caperucita, lo sabe.

¿Por qué una madre vestiría a su hija así para andar por el bosque sola? Vale, era domingo, sí, pero la abuela estaba tan divina en pijama. Entonces, la niña también podría haber ido en chándal y zapatillas de deporte, o ¿no? Las chicas ya no quieren ser princesas…

Son traumas innecesarios que nos hacen vivir desde pequeños. Yo prefiero al “Tío mantequero”. Eso sí es terror sano… Un señor con su machete que va rebanando panzas y extrayendo las mantecas para ponerlas a secar al sol y luego llenar un saco. La novela de “El perfume”, está claramente inspirada en esa figura infantil con la que éramos atemorizados desde pequeños.

Y ¿qué decir de Frankenstein?

Siempre me he preguntado una cosa: Si las manos eran las de un pianista muerto en extrañas circunstancias, el cerebro, el de un ladrón asesino y despiadado… ¿De dónde sacaron sus partes pudendas? Esto nunca lo llegaron a aclarar. Llevo años esperando la segunda parte, pero la Shelley se ha llevado ese gran secreto a la tumba… Porque seguro que era enorme, el secreto, digo yo.

Aunque si hay alguien perseguido y machacado en todos los cuentos, ese es El Lobo… ¿Qué pasa? ¿Por qué ocurre esto una y otra vez?

El lobo siempre es malo, siempre… “Cuidado que viene el lobo y te come”… “Que viene el loboooo”…  Pues ya está bien, yo soy muy fan del Lobo, y del Coyote, y de todos esos personajes perseguidos en los cuentos. El Lobo, siempre tendrá para mí, mucho más interés que todas las “inofensivas” Caperucitas… Aún así, no nos asustan las historias, ni nos sentimos atacados por sus personajes.

Aquí, jamás censuraremos un cuento. Ni a un personaje. No a la censura. No a las chorradas, ni machistas, ni feministas. Los cuentos siempre serán cuentos que nos inviten a crecer y a soñar. Lo que cada uno sueñe con ellos, eso será, bajo su responsabilidad.

EL ALMA DE MARLEY

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