Hay una taberna en Isquia, escondida a los ojos de los viajeros, disimulada tras las puertas desvencijadas de un antiguo teatro, que muy pocos conocen. Se halla en una de las colinas que acarician al Epomeo. Su difícil acceso y la mala reputación de su dueño, acusado justamente de ser un autentico “Golfo de Nápoles”, hace que tan solo unos pocos privilegiados conozcamos semejante joya del mundo culinario.

Adriano Tommaso Massaniello, el “golfo”, tiene los pies grandes, uno ligeramente más ancho que otro. Tiene dos manos, sin embargo entre las dos cuenta nueve dedos. Dice la gente del pueblo que lo perdió una noche de luna llena, mientras cortejaba a una dama ajena. Pero esto es meramente anecdótico… Posee ese tipo de manos que parece que hubieran sido diseñadas a conciencia, para amasar. Me gusta su forma de amasarlo todo, es amoroso, rudo y delicado a la vez. Acaricia como cocina… Con pasión. Adoro el modo en que amasa mi cuerpo bajo las sabanas o sobre la encimera de la cocina.

Como buen napolitano, es un gran cocinero de pasta y un amante inolvidable.

Adriano huele a hierbas aromáticas y a tomates frescos. Al primer golpe de vista ya provoca morderlo, saborearlo y comerlo como a un delicioso manjar. Nada más conocerlo ya supe que se convertiría en una tentación a la que tendría que sucumbir. Y celebro no haber ofrecido resistencia alguna. Es un amante extraordinario al que recurro con cierta asiduidad. Es moreno de piel y sus ojos lucen tan verdes como las aguas que bañan la isla.

Cada viernes al salir del trabajo, subo a mi escarabajo y emprendo con ilusión y tremenda pasión, los 327 kilómetros que nos separan de lunes a jueves. Al llegar al muelle subo al ferry que atraviesa las verdes aguas del tirreno. Respiro, aspirando profundamente el olor que se desprende del choque de las olas contra las rocas impregnadas de algas. El aroma del ambiente fresco, ligeramente cítrico y afrutado, estimula mis sentidos de tal modo, que  mi cuerpo se vuelve relajado y receptivo, a la espera del contacto de su cuerpo.

Y es que hay que prepararse para recibir las embestidas de mi volcán napolitano. Cuando llego a la isla, desembarco y tomo posesión de lo que es mío y me pertenece. Tengo claro que en algún momento de mi vida, de otro vida, quiero decir anterior a esta… Adriano Massa fue el amor de mi vida. Esto lo contaré otro día. Porque ahora quiero contaros lo que siento al verlo cada viernes, al final del embarcadero, dónde se halla siempre esperando con una amplia sonrisa, aguardando con sus anchas manos mi tierno abrazo.

Y yo que al verlo me alboroto con su sola sonrisa, dejo caer al suelo todo mi equipaje y salgo corriendo y me subo a su cuerpo de un salto, quedo abrazada a él y lo beso y lo muerdo. Y él me amasa contra su cuerpo caliente, es entonces cuando encuentro explicación en la naturaleza, a lo que a él y a mí nos pasa… El caso del volcán que entra en erección por fricción de las placas “tetonicas”.

Y me agarra de la mano con fuerza y me lleva rapidito a su guarida en su taberna, dónde nos aguarda un sencillo camastro que aguanta estoicamente los terribles terremotos que aquejan a la isla, los viernes por la tarde.

Las paredes de su cuarto son de madera, como el suelo. Están cubiertas de retratos familiares antiguos, de antepasados suyos, todo ello mezclado con cuadros que él mismo pinta los domingos por la tarde, cuando nos despedimos y regresamos a nuestros mundos.   En el techo, sobre la cama, tiene uno de esos ventiladores con aspas. Resulta placentero sentir la brisa que levanta, surcando nuestra piel candente.

El cuerpo de Adriano siempre está caliente. Es fácil derretirse al pasarle la lengua por los labios  mientras me deshago en expedición de reconocimiento. Me gusta explorarlo. Calibrar su medida, el contorno de su boca, para no dejarme nada por saborear. Y comerle sus dedos sabrosos, tan dulces y crujientes como cannolis de vainilla templados. Y recrearme en el valle de su ombligo cuando esta cerquita del mío. Le hablo bajito, al oído, mientras le confío en un susurro cuanto lo deseo. Sonreímos al mirarnos. Y volvemos a empezar.

Y es entonces cuando mi amante napolitano y yo redescubrimos los secretos del arte de amar. Y ponemos en practica uno a uno nuestros sueños, todas y cada una de nuestras fantasías. Porque,  él es mi complemento en todo, mi compañero. Ambos sabemos jugar con los mismos dados. Y yo que lo quiero tanto, adoro ese momento, cuando llega la noche y estamos exhaustos y hambrientos. Ese momento en que él pega un salto de la cama y corre presto a cocinarme un delicioso plato napolitano. Y yo le sonrío con los ojos y los labios,  me gusta observarlo, ¡es tan feliz en ese momento!

Por eso y otras muchas cosas me gusta esta historia nuestra, y sobre todo, por sus espaguetis de los viernes por la noche, a la putanesca.

Marley

Un pequeña mota en un inmenso mundo, en constante cambio y evolución. Escribo juntando letras que forman palabras. En ocasiones dan lugar a mundos de color, en cambio otras, borrones de tinta sin forma... De todo ello se alimenta mi espíritu. Amo la música y el cine clásico, el olor que desprenden los libros y la tierra mojada tras la lluvia... Amo estar viva para poder seguir creando cualquier cosa que aporte amabilidad al universo.
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