En la madrugada del 6 de octubre, Rogelio Torrezno, el menor de los hermanos Torrezno Soldetilla, se puso en “venta” en una página de citas por internet. Misión: pasar el rato. Puro coqueteo para alejar a la muerte de sus pensamientos.

Casado y con novia formal, aún sentía que le seguía faltando algo. A fin de cuentas, «Una, nunca es suficiente. Una es ninguna», pensaba a menudo. En cambio, tenía claro que dos o tres féminas más, harían de su vida un mundo más agradable.

La soledad, la terrible soledad entre mujer y mujer a la que se veía sometido, le hacía buscarse a otra más. Como fichas que se ponen en juego para hacer la vida más divertida. Asegurarse así, el 100% de sus horas, con mujeres buscadoras de amores de telenovela, aduladoras de dioses menores a los que adorar.

Pero el señor Torrezno, en realidad, lo único que perseguía era, no estar a solas consigo mismo, porque eso, en el fondo, era lo que temía. Tras poner el anuncio no faltaron candidatas a las que atender, eso le daba vidilla. También la mentira, el morbo de la clandestinidad, en definitiva, el peligro. Fue tanteando, eligiendo, picoteando aquí y allá hasta conectar con las más agraciadas, nos referimos al físico, no a lo que les había tocado en suerte.

La esposa pasaba largas horas en casa, atendiendo las tareas domesticas. Entregada y hacendosa, aunque algo aburrida, eso sí, pero era feliz dentro de su propio desconocimiento. No echaba nada en falta, total, eran dos almas conviviendo  bajo el mismo techo, pero que ya ni se veían.

La novia le ocupaba algunas tardes entre semana. Se llevaban bien, extremadamente bien. Mantenían sabrosas conversaciones y salían a pasear largas caminatas. Tomaban un café o iban de compras, y se querían. Sobre todas las cosas, y hasta donde ambos entendían el concepto de amor, se querían. Tenían planes de futuro, irse a vivir juntos, aunque quizás en casas separadas, pero juntos.

¿Qué pasaba con el resto del tiempo? ¿Cómo podía el señor Torrezno ocupar las demás horas?

Rogelio, sentía que, mientras hablara con otras mujeres, alejaría sus pensamientos sobre la vejez y la muerte, y lo más importante, dejaría de pensar en él mismo. Era lo que más le agobiaba, él y su futuro. Pensaba que tener a varias mujeres a su disposición, le devolvería la vida y la juventud perdida. 

Allegra, su esposa, encontró la carta de un recibo bancario de cargos extras, relacionado con el tema de la página de citas. Fue algo fortuito, al ir a buscar una grapadora a su despacho. Cuando Rogelio, volvió del trabajo, ella se hizo la desentendida, «cosas de hombres» pensó. Y no le dio mayor importancia, a fin de cuentas, él pagaba sus gastos y le daba una buena vida. Si Rogelio tenía sus “cosillas” fuera de casa, y con lo poco aficionada que era ella al sexo, mejor, menos placeres tendría que atender, lo cual hasta le hizo sentirse  agradecida.

Aún así, durante la cena, se animó a decirle algo:

Rogelio, sé lo tuyo con esa mujer.

Y el señor Torrezno, hombre de poco ánimo, y menos ganas de discutir, desembuchó todo lo suyo, pero lo que contó, creyéndose descubierto, fue la historia con Lola, la novia oficial.

La esposa se quedó patidifusa, comprendió la magnitud y la clase de “animal salvaje” que convivía con ella. Un hombre vigoroso que necesitaba a tantas mujeres para satisfacerse, y ella ni cuenta se había dado.

Le encantó la idea de saber que era la “ganadora” por encima de todas, porque era “la mujer oficial”, la que convivía con él. No le bastó, y se obsesionó en contarle a la amante de su marido, que lo sabía todo y que a pesar de ello, seguiría con él. Alegando que un hombre así, no se encuentra tan fácilmente.

Durante una semana siguió los pasos de su esposo dentro de casa. Misión: descubrir el nombre de su novia. Quizás un mensaje de WhatsApp, un email, algo esclarecedor.

Pronto lo descubrió. Mientras Rogelio estaba en la ducha, accedió al contenido de su móvil. No fue difícil dar con ella, se encontraba entre los primeros mensajes de la lista. Los hombres son así de despistados. Van dejando todo regado de pruebas con importancia. Hizo una captura de la pantalla y se la reenvió a su propio móvil. Luego borró todo y no dejó ni las huellas en el teclado.

En cuanto Rogelio salió de casa en dirección a su trabajo en la oficina inmobiliaria, Allegra llamó a Lola para darle la buena nueva. Pero quiso ir más allá, hacer más daño. Y no se conformó con decirle que sabía lo que se traía con su marido. En el tema que verdaderamente se explayó, fue en contarle lo de su Rogelio con la pagina de citas y con su nuevo rollete de turno.

Lola, quiso morirse. Lo intentó arrancándose dos o tres padrastros que tenía en los dedos. Necesitaba sentir dolor, uno que fuese más fuerte que el anterior, algo que solapara el dolor que estaba sintiendo en ese momento. No podía ser verdad, su Rogelio, su Torrezno, aquel que le prometía amor sincero, tenía otras amantes. Se preguntó ¿por qué lo haría? Quiso pensar que no era nada relacionado con ella, y que en verdad la amaba. Que aquello debían de ser «cosillas de hombres», pero aquellas cosillas de hombres, destruían lo más sagrado de su existencia. Los valores, aquello a lo que se le debe de dar importancia en una relación. Todo desapareció, cualquier sentimiento de admiración o bondad hacía él, se convirtió de inmediato en asco y pena. La mentira entre dos amantes, que ya nacen desde la propia mentira, adquiere un doble valor. Mentiroso mintiendo a mentiroso. Existe un código de honor, hasta entre ladrones, que se debe respetar.

Lola decidió llamar a Rogelio. Decirle que sabía toda la verdad. Y Rogelio, volvió a desembuchar. Y le contó que andaba cortejando los flancos de una muchacha, Ana Panceta de Limón, natural de Madrid, afincada en León. Con la que mantenía tórridas conversaciones nocturnas que no significaban nada. Pero que, eso sí, lo entretenían considerablemente, dándole gustirrinín en la punta del nabo, porque había horas en las que se aburría a solas consigo mismo. Porque se miraba  en el espejo y lo único que veía era la juventud perdida. Que le gustaba buscar el vigor en otra mirada fresca y nueva, un reflejo en el que sentirse admirado. Ni más ni menos que la vanidad del imbécil vacío y laxo de plexo.

Rogelio, rogó a Lola, apeló a su caridad de mujer amada, intentando hacerle comprender que aquello no debía de significar nada en sus vidas, y que por el bien de la relación de ambos, ella debía mirar hacia otro lado, perdonarlo y dejarlo pasar.

¡Cómo vamos a destruir nuestra preciosa relación por estas cosillas de hombres sin importancia. Mujer, los hombres somos así. Necesitamos sentir que seguimos en el mercado, pero no significa nada. Solo se trata de hablar con mujeres y dejarte querer, son caricias falsas, solo eso. Lo nuestro, lo tuyo y lo mío, es otra cosa.

No son cosillas de hombres. Son cosas de hombrecillos. Había oído hablar de que existían hombres así, pero nunca pensé que uno de ellos viviera dentro de ti. Eres una basura. Te dedicas a enredar a mujeres con un solo fin, el de satisfacer tu propio egoísmo que no es más que mediocridad disfrazada de masculinidad. Los hombres de verdad son otra cosa.

¡Qué barbaridad!, ¿me estas diciendo que no soy un hombre? si precisamente lo que hago es por eso, porque soy un gran hombre con necesidades insatisfechas.

Eres un niño, egoísta caprichoso y sin valores. Necio, patán y torpe. ¿Crees que debo pagar tu torpeza con sensatez? Te recomiendo que vuelvas a la mili, y que no regreses hasta que crezcas de una vez.

Respecto a Ana Panceta de Limón, que así se llama según me has contado, quiero que me des su número de teléfono. Necesito hablar con ella y que me explique qué es exactamente lo que os traíais cada noche.

Mujer, no vamos a entrar en eso. No caigas tan bajo ¿Qué pensaría la chica de mí?

En serio, te preocupa más lo que ella va a pensar de ti, que lo que pienso yo… Es preocupante.

Después de dos horas de interrogatorio, Rogelio Torrezno de Soldetilla, soltó el número de teléfono de Ana Panceta de Limón, natural de Madrid, afincada en León.

Hola, ¿eres Ana?

Sí, soy yo. Llámame rara, pero me perturba tu llamada. No sé quien eres.

Soy la novia de tu novio.

Oye, ¿Quién eres? ¿Esto es una broma del hormiguero? ¡¡Yo lo que quiero es la tarjeta del hormiguero!! por si acaso.

A Lola le pareció escuchar incluso el rebote de las tetas de aquella chica, dando saltitos como pollo sin cabeza.

No. Soy la novia de Rogelio. ¿Te suena?

¿De mi Roger? Perdona bonita, ve a joder a otra. Mi Rogy es mío y de nadie más. Nos vamos a ver este sábado para comprar ropita. ¡Jódete bonita! Y vete a llamar a tu puta madre.

No te preocupes, solo quería decirte que me alegro mucho por ti, y darte la enhorabuena. Es un gran hombre, estoy segura que tú sabrás satisfacer todas sus necesidades. Me alegro que te haya encontrado, parece que os vais a entender de maravilla, se nota que estáis hechos el uno para el otro.  

Mira tía, no me conoces,  no suelo enfadarme con nada, pero a mí no me andes jodiendo. Rogy y yo llevamos saliendo dos meses. Es el hombre de mi vida y me quiere. Soy su preferida, me lo dice siempre, tía. Y tú, seguro que eres una de esas despechadas de la pagina de citas. Acéptalo tía. Has perdido. ¡Tengo las tetas más grandes!

Y colgaron la llamada prácticamente a la vez.

Rogelio, soy Lola. Te estoy llamando desde la oficina, te dejo el mensaje en el contestador, tu teléfono no deja de comunicar. Quiero que olvidemos lo nuestro. Ya no tiene sentido.

Rogelio llamó a Lola, en cuanto escuchó el mensaje grabado.

Pero niña, no puedo creerte. ¡Cómo te alteras por nada! Eres injusta conmigo. Deberías ponerte en mi papel. Me siento solo. En serio, ¿vas a terminar una relación excepcional y única por estas tonterías? ¡Cómo te pones por nada y por celos! ¿Dónde voy a encontrar otra como tú?

 Francamente, querido… eso no me importa.

Y Lola, acto seguido,  se arrancó dos o tres padrastros con un grito de dolor, y procedió a abrirse una cuenta en alguna de esas pagina de citas, para no sentirse sola, ni cinco minutos más.

Mara Marley