Buenos días señora…

Me llamo Elena. Quién es usted.

Verá, soy el inspector Mendoza. Estoy investigando las muertes de sus compañeras de habitación…

Ha sido él, el hombre de la barba…

No tan deprisa, déjeme hacer mi trabajo.

Pues hágalo deprisa, antes de que cierren la habitación y se lleven a mi abuela… —intervino Raquel.

Y tú debes ser …

Raquel, la nieta preferida.

¡Niña, no seas tan desvergonzada! Discúlpela usted, está en la edad del pavo y ya sabe lo que les cuesta controlar la lengua y los sentimientos.

Pues no lo sé, porque no tengo hijos y apenas recuerdo esa etapa de mi vida. Yo por esa época me pasaba el día viendo la serie de policías «Colombo», quizá por eso me dedico a esto…

No es usted tan feo.

Gracias, pero nos estamos desviando del asunto. A ver tú , Raquelita…

¡Otro, que me llamo Raquel!

Bueno, tranquila chiquilla.

Lo estoy.

Ya lo veo, pero además debes querer mucho a tu abuela.

Más que a nada en este mundo, sin contar a mis padres, claro —miró hacia todas partes por si alguien le escuchaba.

Y no te gustaría que nada malo le pasara.

Así es.

¿Y serías capaz de cualquier cosa para ello?

Por supuesto, lo que hiciera falta.

¿Adónde quiere llegar inspector «Colombo»?— preguntó Elena con sorna.

No puedo descartar nada, ni a nadie.

¡Por el amor de Dios!

Elena le relató con todo lujo de detalles todo lo que recordaba de lo que vio y sintió durante la semana que convivió con las difuntas. Le dolió especialmente la muerte de Rosario a la que le había cogido cariño a pesar de las delirantes conversaciones que mantenía con ella. Raquel también se mostró muy cariñosa con ella y se reía con ganas con sus ocurrencias y las respuestas de su abuela. En ocasiones , cuando menos se lo esperaban, Rosario tenía momentos de una asombrosa lucidez que las dejaba desconcertadas. Duraban poco , pero lo suficiente para saber que ella ya no quería estar entre los vivos. Durante ese corto espacio Rosario se mostraba apesadumbrada, nada que ver con la alegría y desparpajo que mostraba cuando se encontraba en el lado oculto de su cerebro.

¿Me está diciendo que ella quería morirse? —preguntó Mendoza

Creo que sí.

¿Y les pidió que la ayudaran a hacer ese viaje?

¡No le consiento más insinuaciones! —contestó Elena a viva voz.

Inspector, creo que ya es suficiente —intervino la doctora que acudió al escuchar el elevado tono de Elena.

Una cosa más, doctora.

Usted dirá

Rigoberto Mendoza se acercó más a Elena y le tendió las manos.

Déjeme ayudarla.

¿Cómo? ¿A qué se refiere? —se asombró Elena.

Déjeme que le ayude a levantarse.

¡Pero, ¿qué se ha creído?! —gritó Raquel.

Vamos a calmarnos todos un poco.

Verá doctora, usted dice que Elena no camina.

Así es.

¿Y está segura de eso?

Totalmente.

Entonces no tendrá problema en que lo confirme.

Se puede caer…

Somos muchos para evitarlo.

Usa unos métodos poco convencionales, creo que voy a tener que decirle que se retire —advirtió la doctora.

Alguien tuvo que proporcionar el veneno a las muertas.

¿Y cree que ha sido Elena?

No se puede descartar nada , ni a nadie.

Eso ya lo ha dicho antes —apercibió Raquel con ironía.

Creo que es suficiente. Déjelo por hoy, inspector.

Hasta usted es sospechosa.

Vamos no me haga reír. No he estado de guardia ninguna de las noches de los hechos.

Todavía no se ha determinado la hora de la muerte.

Usted haga su trabajo que yo haré el mío.

Todos en este hospital son sospechosos.

Y dale. Que lo deje ya.

Gracias por su colaboración. Señora , disculpe mis rudimentarios métodos, no quería ofenderla. ¡Niña, cuida de tu abuela que seguro se lo merece!

El inspector llamó a su ayudante, el agente Fernández, para que preparara un careo entre Javier y la enfermera Remedios Bueno, que eran , de momento, los únicos dos detenidos. Pasó el resto del día investigando la vida de ambos y también la de Elena y su familia. A pesar de su insolencia, le cayó bien la pequeña Raquel. Admiraba el amor que sentía por su abuela, cosa que él nunca podría experimentar porque nunca se casó ni tuvo descendencia. Apenas tenía familiares directos. Un hermano y un sobrino era lo más parecido y cercano para considerarlo como su familia, aunque solo tenía esa sensación cuando lo invitaban en navidades. El resto del año los contactos solo eran por teléfono. Cuando tenía necesidad de que alguien le escuchara o de recibir una caricia furtiva, tenía que acudir a la noche y a aquellas calles que conocía a la perfección donde el sexo y el cariño eran una transacción económica.

En la otra punta de la ciudad, lejos de aquellas viejas calles, sucias y oscuras, alguien se afana en buscar y destruir los restos de cianuro. Con increíble pericia limpiaba con desinfectante todas las superficies susceptibles de haber soportado aquella sustancia. Borraba mensajes, correos electrónicos y cualquier cosa que pudiera relacionarse con aquel producto químico.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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