La noche era especialmente silenciosa o al menos así se lo parecía a Elena. Era la segunda que pasaba sola en la habitación y aun sabiendo que Javier ya no andaba suelto, a ella no había quien le quitara el miedo de dentro. No podía dormir y seguía temblando. Desde que se le instalaron la noche anterior, estos no habían desaparecido. Ni la ración doble de calmantes funcionaron como en otras ocasiones. Las enfermeras de la noche entraron varias veces y no atendieron a su súplica de más dosis puesto que ya había tomado el doble de lo que era prudente. Siempre se la encontraban sentada en el borde de la cama porque decía que tumbada la angustia aumentaba. Así pasó todo la noche, contando las horas de memoria porque no tenía ni reloj ni campanario cerca que anunciara las horas. Se había acostumbrado a coger referencias en función de las visitas protocolarias del personal sanitario.

Al alba el sueño la venció. Tuvo que emplear todas sus fuerzas porque la resistencia de aquella mujer era poco común, pero él siempre ganaba. Lo hacía a base de paciencia y constancia, nadie podía resistir indefinidamente mientras que él nunca desfallecía y todo ello sin necesidad de aplicar una fuerza descomunal.

La despertó el elevado tono de voz de la mujer que limpiaba la habitación. No se sabe muy bien si gritaba por una defecto de origen o porque llevaba mucho tiempo allí entre personas sordas. Además la limpieza se hacía a primera hora y la mayoría de las pacientes seguían en cama y sin el «sonotone» puesto. Así que un alarido para ellas era un susurro. Pero Elena se quedó tendida en la cama con ellos puestos y las vibraciones de aquel vozarrón le taladraron los tímpanos.

¡Mujer, qué susto me has dado!

¿Qué haces sobre la cama?

No he dormido en toda la noche…

¿Otra vez?

No sé cuantas semanas llevo sin dormir.

No seas exagerada. Si fuera cierto ya estarías muerta.

¿Para qué iba a mentir?

Nadie aguantaría sin dormir tanto tiempo…Y te lo digo yo que me paso las noches mirando telenovelas y programas donde venden de todo, mientras espero que llegue mi hijo de fiesta. Siempre es él el que me despierta y me dice: «Mamá, no sería mejor que me esperaras en cama».

Ay, los hijos…Quieres que se hagan mayores para dejar de preocuparte por ellos y pronto te das cuenta que todavía son perores con la edad…

Ni que lo diga, Elena. Mi abuela decía: «niños pequeños, problemas pequeños. Niños grandes, problemas grandes».

Sí, hija. Hay que atarlos bien corto.

Si eso fuera posible…No hay quien pueda con ellos cuando son adolescentes…

Yo siempre les decía: «Prefiero que llores tú una noche a que lo haga yo toda la vida».

Los tiempos han cambiado.

¿Qué es ese olor tan profundo?

Desinfectante.

¿Lejía?… ¿Para qué necesitas tanta hoy?

Tengo que limpiar a fondo.

¿Conmigo dentro?

Me han dicho que hoy cierran esta habitación.

Se lo dijo así, a bocajarro, sin miramientos. No por hacerle daño sino porque así de tosca era Consuelo. Se le podría echar la culpa a la inhalación accidental de gases tóxicos al estar rodeada de productos químicos, pero no. De pequeña ya era así. Le faltaba el filtro hipócrita que sirve de autocensura para no herir cuando se habla claramente. Tenía una incapacidad congénita para disimular o adornar la malas noticias. No le tocaba a ella darla, pero no lo pudo evitar. Ser una bocazas era otra de sus características. Se pasaba el día fisgoneando por la habitaciones que limpiaba, escuchaba y almacenaba todas la conversaciones e intervenía en ellas sin que nadie le hubiera preguntado.

Se entrometía en la vidas de todas la residentes y era incapaz de frenar la lengua para divulgar por todos los rincones la vida de todas ellas. En su diccionario particular no existía la palabra discreción ni prudencia.

Comenzó la limpieza profunda por el lado que habían ocupado las ancianas muertas. Retiró la cama para poder fregar por debajo con más eficacia. De repente se quedó parada mirando como relucían bajo los primeros rayos de sol, una especie de vainas de intenso color rojo. Se acercó y las recogió. Se las quedó observando un tanto desconcertada. Se preguntaba cómo podían haber llegado allí. No se percató que Elena también lo estaba observando todo justo detrás de ella.

Yo diría que son cápsulas, quiero decir el recubrimiento de las cápsulas que nos dan para los dolores. Yo también las tomo. Pero, ¿dónde está su contenido?

Consuelo reaccionó de inmediato y con nerviosismo. Se las guardó en le bolsillo.

Vaya usted a saber —contestó.

¿Ahora me tratas de usted?

Perdona, Elena, pero ando retrasada con el trabajo y no puedo seguir hablando contigo.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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