Ya se había acostumbrado a encontrarla apesadumbrada. También formaba parte del ritual revertir la situación, con alguna gracia o con algún chisme, que le hiciera abandonar el agujero oscuro al que la mente la empujaba ahora que se encontraba en el ocaso de su existencia. Pero hoy era diferente. Nunca la había visto tan consumida. Lloraba sin consuelo y se negaba a hablar con nadie. Raquel tuvo que redoblar los esfuerzos proporcionando más besos y abrazos para darle el calor que tanto necesitaba.

Abuela, ¿qué te ocurre? ¿llamo a la doctora?

No, hija. Ella ya no puede hacer nada por mí.

No te entiendo… ¿Qué me he perdido?

Es el final, mi niña.

Pero si yo te veo muy bien. ¿Por qué dices eso?

Los años me están matando.

Raquel se quedó muda pensando en la trascendencia de esas cinco palabras. En eso consistía la vida: morimos desde el mismo momento que nacemos. Comenzó a llorar contagiada por la melancolía de su abuela y porque no sabía como reaccionar ante el aparente abandono de ésta. Nunca la había visito tan deprimida y con tan pocas ganas de luchar.

¿Por favor dime algo, abuela?

Van a cerrar la habitación.

¿Eso es verdad?

Claro, me lo ha dicho la mujer de la limpieza…

Bobadas. ¡Qué sabrá ella!

La doctora también me lo advirtió ayer.

Pero… ¿Por qué?

Dicen que para poder investigar con tranquilidad las muertes de esas pobres desgraciadas..

Eso ha sido ese hombre malo. Ese policía casposo.

¿Qué son esos llantos que se escuchan desde la otra punta del pasillo? —preguntó la doctora intentando disimular el drama que se avecinaba.

Dice mi abuela que van a cerrar la habitación.

Así es pequeña. Pero no la vamos a echar de aquí. La reasignaremos en el segundo piso.

Eso todavía es peor. Mi abuela tiene pánico a ascender porque ya sabe a dónde conduce…

Son leyendas urbanas. No notará la diferencia. Seguirá atendida igual de bien que aquí…

Elena les dio la espalda y siguió llorando en silencio mirando hacia la ventana con el mismo anhelo que un presidiario espera algún día abandonar aquellas cuatro paredes. Se aisló de la conversación a pesar de que el tono de voz de Raquel y la doctora iba en aumento.

Por cierto, tanto tiempo hablando con usted y todavía no sé su nombre —protestó Raquel con un tono impertinente.

Me llamo Yolanda Casagrande.

Mire Dra. Casagrande. Si trasladan a mi abuela se morirá. ¡Será como una sentencia de muerte!

Raquel se encerró en el lavado y comenzó a gritar, a golpearse la cara y tirarse del cabello. Nunca en su corta vida había llorado tanto ni con tanta rabia. Estaba indignada. Jamás había experimentado esa sensación de fracaso y de impotencia. Lo había intentado todo para que su abuela se quedará allí, pero tanto esfuerzo no obtuvo recompensa. De nada sirvió correr tanto riesgo. Había dedicado tantas horas robadas al estudio para ayudar a su abuela — sin que sus padres lo supieran— que no podía soportar esa decepción. Casi siempre conseguía lo que se proponía, pero con su abuela, siendo lo que más quería en este mundo, toda sus planes y estrategias habían sido estériles.

Cuando se relajó un poco, salió de la habitación y fue a abrazar a su abuela. Esta también se había serenado y adoptó la actitud más positiva que pudo para no acrecentar la angustia de su nieta.

¡Es culpa mía!

No digas tonterías bonita.

¡He sido yo!

Pero ¿qué te ocurre Raquel? Venga ven aquí que te consuelo un poco.

No me lo merezco. ¡Soy mala, muy mala!

Estás empezando a preocuparme con tanta insistencia.

Abuela he sido yo. Yo soy la culpable de todo lo que ha ocurrido…

A ver, mírame a los ojos.

Lo que vio reflejado en ellos dejó helada a Elena. Súbitamente la cabeza le empezó a dar vueltas. Intentó concentrarse para evitar el desvanecimiento que se anunciaba. Tenía que reflexionar sobre las palabras de su nieta, pero el dolor que le habían provocado le impedía pensar con claridad. Creía conocer bien a Raquel y no la veía capaz de hacer lo que su mirada sugería y lo que ella se estaba imaginando. Poco a poco fue atando cabos y creyó encontrar respuestas a situaciones que no comprendía. Cargaba 95 años sobre sus hombros y nunca se había sentido tan angustiada y asustada como en estas dos últimas semanas. Primero por su ingreso en este centro y la posibilidad de no salir de él a no ser que fuera dentro de una caja y desde la cuarta planta. Luego por las súbitas muertes de sus compañeras de habitación que la dejaban en una situación «de ser la siguiente en la lista» que la tenía aterrorizada y ahora la aparente certeza de que la responsable de todo ello fuera su propia nieta. Esto último era lo más comprometido y duro de soportar. Le costaba dar crédito a las insinuaciones de la niña, pero la reacción que tuvo, las desesperadas palabras y la mirada furtiva, le hacía albergar serias dudas sobre la verdad.

Cuando dices que has sido tú te refieres…

Sí. A todo eso. Sé que no debía y que nunca me perdonarás, pero lo he hecho por ti.

Pero Raquelita, eso es muy grave…¡No me lo puedo creer!

Lo siento de verdad. Sobre todo porque no ha servido para nada.

Raquel mantenía ahora una actitud serena y firme. No le temblaba la voz y lo que decía lo hacía con tal convicción que era imposible dudar de su sinceridad. Elena la volvió a mirar profundamente. Ambas se mantuvieron así durante minutos sin apenas pestañear. Se hablaban con los ojos que pronto comenzaron a inundarse de lágrimas silenciosas. Lágrimas de comprensión, lágrimas de amor infinito e inquebrantable. Una lloraba por la decepción que le había provocado a su abuela. La otra porque nunca nadie le había hecho una demostración de amor tan grande. Ninguna retiraba la mirada, no se atrevían a romper aquel momento mágico de comunicación sensorial. Abuela y nieta estaban muy unidas desde siempre pero en aquellos momentos eran una sola persona. Una fusión perfecta de las dos en un mundo paralelo superior donde solo existía el alma y donde no era necesario ni respirar.

Fue Elena la que rompió el encantamiento cuando pestañeó. Se secó las lagrimas y con la determinación recuperada se dirigió a su nieta.

¡Júrame que esto quedará entre nosotras dos!

Claro , abuelita.

¡No, júramelo!

Te lo juro.

¡Júrame que harás exactamente lo que yo te diga!

Pero, abuela…

¡Raquel!

¡Te lo juro abuela! ¿Pero qué estás tramando?

Júrame que vendrás cada día a verme hasta que me muera y que me hablarás aunque no te conteste, aunque me mantenga muda, aunque mi mente se haya ido…

Te lo juro abuela, pero me estás asustando.

Júrame que me perdonarás por lo que voy a hacer.

¿Pero qué te ocurre? —Raquel volvió a derramar lágrimas.

Júrame que mantendrás nuestro secreto y continuarás con tu vida, que serás feliz y que les contarás a tu hijos las historias de nuestra familia para que no caigan en el olvido…

¡Para ya de una vez, te lo juro, te lo juro, te lo juro…!—las lágrimas y la congestión le obligaron a tomarse un respiro.

Una última cosa…

Dime.

No olvides nunca que te quiero más que a mi propia vida.

Y yo, abuela, y yo.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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