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La despertaron los gritos provenientes de otras habitaciones y las frases inconexas de su compañera de habitación. Al abrir los ojos se encontró con el techo más bajo y una nebulosa en el ambiente más propio de la atmósfera tétrica de un cementerio que de una habitación. Miró a su compañera que emitía unos sonidos incomprensibles con la mascarilla del oxígeno puesto. Con sus incontrolados movimientos había conseguido poner a tope el suministro. Al no poder aceptarlo se intentó sacar la máscara quedándode a medio camino. El vapor se escapaba formando un neblina que flotaba sobre sus cabezas. «Bonita forma de empezar la carrera final», pensó Elena. No podía avisar a las enfermeras porque allí no había timbre ya que las inquilinas no sabrían ni cómo utilizarlo. Tampoco podía avisar de viva voz porque en teoría se había vuelo loca. Había entrado en una etapa de demenecia total habiendo, incluso, perdido el habla también.

La habitación era increiblemente más pequeña, huérfana de ventanas y la temperatura extremadamente baja. Se calentaban con montañas de mantas. Era los más parecido a una cámara mortuoria. Los enfermos que ocpupaban aquellas istancias no se movían nunca de la cama así que poco les importaban el espació o la iluminación. Hacía tiempo que habian cerrado los ojos al exterior. La vida interior tampoco les funcionaba, estaba fundida en negro, vacía, ausente de todo raciocinio y sentiniento. A Elena se le haría muy larga y pesada la estancia allí por el resto de sus días. Se consolaba con la promesa de que Raquel la visitaria todos los días aunque todavía no tenía pensado cómo se comunicarían sin levantar las sospechas de los auxiares de aquella siniestra cuarta planta.

***

Parece que el caso se ha resuelto de forma espontanea.

Verá, Sr. director, algó habrá influido la presión de mis interrogatorios —protestó el inspector Mendoza.

Nosotros estamos sorprendidos y compungidos.

Porque no son profesionales. Siempre hay que plantearse la solución más sencilla.

Pero Elena parecía tan prudente, racional y buena persona que no nos lo acabamos de creer.

Es lo que tiene la enajenación total…Son muchos años, mucho sufrimiento, desesperación, abandono…mucho tiempo pensando y esperando en la llegada de la huesuda con capucha y guadaña que sus frágiles cerebros no pueden resistirlo…

Pero Elena no era así. Era fuerte, pertinaz, luchadora, sociable, alegre, con unas ganas enormes de vivir y con una claridad de pensamiento que ya quisieran muchos de los que nos gobiernan.

Usted como médico ya debería saber lo inescrutable que es el cerebro. Yo como investgador de muchos años de experiencia y habiendo conocido a los más desalmados y sanguinarios asesinos del país, le puedo decir que el móvil y la motivación simpre es el más obvio. Lo que tenemos delante de la vista y que muchas descartamos por ser demasiado evidente, acaba siendo la pista que nos conduce al criminal.

En le caso de Elena no creo que sea así.

¿A quién beneficiaba las muertes?

Pretende decirme que a ella.

Claro. Ella quería quedarse en esa habitación a toda costa. Como tenía la amenza de abandonarla porque el centro necesitaba más camas, ella conseguía habilitar otras …

Pero tres en una semana y todas en su habitación…No parece una decisión inteligente y Elena lo era.

También se podría considerar una coartada en un psicópata, pero creo que este caso es más por necesidad imperiosa. Es el crimen de un perturbado. ¿Además quién tenía la oportunidad?

¿Ella?

Claro. Podía aprovechar cualquier despiste para envenenarlas.

Pero, ¿cómo?

                                                                             ***

Después del último juramento que le hizo su nieta, Elena se puso a gritar como una poseída. Cogía todo lo que encontraba, que era poco, y lo lanzaba contra la pared. Raquel, incrédula, no sabía qué pensar y mucho menos cómo reacionar.

¡Sacadme al demonio que llevo dentro!

¡Abuela! ¿Qué te aocurre?

Raquel salió al pasillo también gritando y llorando deseperadamente. Pedía ayuda y reclamaba la presencia de la Dra. Casagrande. Esta llegó acompañada de todo el personal disponible incluyendo dos celadores jóvenes y fuertes. Entraron en la habiatación y se encontaron a Elena totalmente enajenada. Gritaba, se autolesionaba, reía, lloraba y no dejaba de repetir:

¡Él me obligó a hacerlo! Yo no quería pero el diablo me ha poseido.

¡Elena tranquilízate! —le ordena la Dra. Casagrande.

¡Fui yo, pero no quería! Él me obligó. Yo las maté. Las envenené.

La tuvieron que reducir entre todos y la atarón a las barreras laterales de la cama. Elena notó un imneso dolor en esa maniobra, pero siguió con la representación. Nunca se había dedicado al teatro, pero viendo lo bien que lo hacía quizá no hubiera sido una mala decisión, aunque ahora ya era tarde. Notó cómo una aguja penetraba por uno de sus brazos y cómo después se le nubló la vista. Los párpados le pesaban y le costaba articular palabra. Ya no podia gritar.

A ver, ¿qué te pasa Elena?

Yo las maté.

A tus compañeras de habitación.

Sí, yo las envenené, pero no quería…

¡Elena!, no te duermas todavía…

Una fuerza que me salía de dentro me obligó a hacerlo. Era el mismísimo Demonio. Lo tenía dentro. Escuchaba voces que me decían: «acaba con ellas o ellas acabarán contigo»

Ya no pudo decir nada más. Lo próximo que recuerdó es haber amanecido en una habitación diferente. Sabía que se econtraba ya en la cuarta planta. La jugada le habia salido bien. Ahora solo faltaba confirmar que todas las acusaciones irían contra ella.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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