El inspector Mendoza y el director seguían en el despacho del segundo intentando establecer racionalmente lo hechos. Al director le costaba dar crédito a lo que escuchaba pero como no tenía ningún argumento en contra de las evidencias que le presentaba el policía y ante la inesperada y sorpresiva confesión de Elena, no le quedaba más remedio que admitirlo, aunque su vocación científica le empujaba a pensar que todo aquello estaba lleno de lagunas. Además conocía bien a sus pacientes y jamás hubiera pensado que Elena fuera capaz de algo así. Pero poco a poco su inicial resistencia a aceptar los hechos tal y como se le mostraban, fue cediendo ante los convincentes razonamientos del Inspector. Ahora lo que más le intrigaba no era el porqué, sino el cómo. Cómo Elena podía haber envenedado a sus compañeras. En ese momento hicieron acto de presencia en la habitación la Dra. Casagrande acompañada por el agente Fernández.

Buenos días doctora, como le dije nadie estaba libre de sospechas y las mías se han acabado confirmando.

Me cuesta creerlo.

El delito, como la estadística, es tozudo y acaba por imponerse siempre la verdad.

Nadie pasa de la noche a la mañana de tener una mente clara y provilegiada a convertirse en una enajenada asesina sin haber mediado algún trauma de por medio.

Todo apunta a Elena. Tenía motivos, oportunidad y al final ha confesado…

¿Y cómo lo ha hecho ?—preguntó el director.

El inpector Mendoza entonces adoptó la postura de ilustrado que tanto le gustaba sobre todo cuando tenia ante él a personas a las que se les suponía un nivel superior de conocimiento y en este caso, además, cinetífico. En un tono académico pasó a relatarles las conclusiones a las que había llegado, no tanto por la pruebas conluyentes, sino por lo que su olfato de sabueso y su habilidad para juntar piezas de un puzle imposible.

La autopsia dice que fueron envenenadas.

Eso es irrefutable —sentenció la doctora.

Creemos que Elena les cambio la medicación.

¿Cómo?

Cambiaba el contenido de las cápsulas por el cianuro. Ayer la señora de la impieza encontró restos de esas cápsulas en el suelo.

Pero para eso se necesita tiempo y buen tino con las manos.

Ambas cosas le sobraban a Elena.

Vamos a suponer que eso fuera así —comenzó su disertación la doctora—. Que Elena cogiera las capsulas de la medicación en un descuido de sus compañeras, que vaciara su contenido y lo substituyera por cianuro. Que esa delicada operación lo hiciera con pericia y sin derramar nada. Pero ¿de dónde sacó el veneno? Necesariamente tuvo que tener un cómplice…

Esa es la parte que nos queda por aclarar, pero le aseguro que lo haremos.

Ya me dirá cómo si Elena ha perdido la cabeza. Creo que todo son conjeturas…

Pero tenemos la confesión.

Oportuna confesión diría yo…

Y qué hacemos con los sospechosos detenidos —preguntó el agente Fernández.

Los seguiremos investigando por si eso arroja algún dato más, pero los vamos a tener que soltar.

¿Y se pueden incorporar sus trabajos? —se interesó el director.

Por supuesto, aunque yo los obsevaría de cerca…

Los policías salieron a la calle. A pesar de ser mediodía el sol seguía ocultado dentrás del manto de niebla que se había instalado y que se resitía a disiparse. Era bastante habitual en aquella ciudad que hubieran días enteros sin ver el sol. Días grises y pesados por un cielo plomizo. El frío en lugar de desaparecer cuando el día empujaba las horas, este parecía golpear con más fuerza como para asegurase que nadie olvidara aquella insoportable climatología. Se metía dentro del cuerpo y no había prenda capaz de aislarlo. Mendoza tenía ganas de jubilarse entre otros motivos para poder abandonar definitivamente aquel lugar. Nunca entendió cómo pudo aceptar el traslado allí y mucho menos que su fiel ayudante le siguiera.

Vamos a meternos en un bar a tomar un café.

¿Usted está convencido de lo que ha expuesto allí dentro?

Mira, Fernández, aquí los días en invierno son casi todos iguales. Tristes y fríos. ¿No tiene ganas de abandonar este lugar?

Pero no le he pregutado eso yo…

¿Para qué vamos a llevar la contraria a los hechos? Hay indicios, motivos y lo más importante una confesión…

Sí, no deja de repetirlo y eso es lo que no me gusta…Es demasiado evidente.

Es la realidad.

¿Pero es la verdad?

¿Y a quién le importa en este infecto lugar? Todo seguirá Igual. Elena ya estaba sentenciada en ese lugar antes de su confesión.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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