Cuando Elena recobró la respiración y después de que su hijo comprobara que no le habían robado nada, dieron la alarma. Se presentó casi la totalidad del personal allí que, escandalizado al comprobar todo aquel desaguisado, recolocaron todo en su sitio. Pronto una de las auxiliares se preguntó dónde estaba Rosario. Sin tiempo para pensar escucharon su voz por el pasillo.

¿Qué está pasando aquí? ¿Toda esta gente ha venido a verme?

Alguien ha entrado en la habitación —le dijo Elena con la voz temblorosa.

Vamos a calmarnos —dijo la enferma jefa del fin de semana—.Parece ser que alguien buscaba algo, pero no se han llevado nada. ¡Ala!, todo el mundo a sus tareas.

Hace días que están sucediendo cosa muy raras aquí.

No te preocupes, Elena. Todo está controlado ya.

¿Cómo puedes decir eso? Yo no puedo pegar ojo…

Cuando todo se calmó un poco y las ancianas ya estaban encamadas , los familiares pudieron regresar a sus casas no sin cierta intranquilidad.

¿Rosario está bien? —Preguntó Rosario a Elena.

Estoy asustada.

Mi alma, ¿por qué?

Alguien nos quiere hacer daño.

Ya te lo dije, hemos de fugarnos.

El día siguiente amaneció con el ruido acostumbrado de los carros moviéndose a toda prisa por los pasillos. La noche había sido tranquila. Si alguien entró en la habitación ninguna de las dos lo supo porque habían dormido profundamente. Ellas creyeron que era por el cansancio de las emociones del día anterior, pero en realidad fue por la ración doble de tranquilizantes que les dieron.

Las legañas se habían solidificado con las pocas pestañas que le quedaban a Elena. En un primer momento se asustó pensando que se había quedado ciega. Le costó llegar a la conclusión de que el problema es que no podía abrir los ojos. Casi había olvidado esa sensación. Tenía que retroceder en el tiempo hasta situarse en la época de cuando era una niña y se levantaba con los ojos hinchados, enganchados y la sensación de haber dormido como un tronco. Se los restregó con los dedos hasta que cedió la resistencia lagrimal.

Giró la cabeza para mirar a su compañera y se la encontró con lo ojos abiertos mirándola fijamente.

Buenos días Rosario.

Pero Rosario con contestó. Insistió:

¿Por qué me miras así? ¿Has pasado buena noche?

Seguía sin contestar. Alargó el brazo hasta la diminuta mesilla para coger las gafas. Volvió a mirar a Rosario con ellas puestas y pudo apreciar la expresión perdida de su mirada. Su delicado corazón bombeó con más fuerza otra vez hasta alcanzar un ritmo endiablado cuando observó como una especia de espuma blanca salía de su boca. Miró al techo en busca de un punto donde poder concentrarse y se palpó el pecho como quien pretende calmar a un caballo desbocado. Le temía al cambio de ritmo que le podía llevar al otro barrio por una autopista sin peaje.

Alcanzó el mando de la cama, lo pulsó hasta poner el respaldo verticalmente para poder respirar mejor. En esa posición pudo observar que Milagros estaba en el umbral de la puerta observando la escena sin sorpresa. De forma fría, parecía estar analizando científicamente la escena. La expresión de su cara no era de sorpresa ni de pánico, todo lo contrario: era como de cálida despedida.

¿Llevas mucho tiempo aquí?—le preguntó Elena.

Por fin descansa en paz.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

Últimos post porMeco (Ver todos)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Deja un comentario