La doctora entró con semblante muy serio en la habitación. Esa gravedad en su expresión chocaba frontalmente con la suavidad de sus facciones y su dulce carácter. Siempre tenía bonitas palabras de ánimo para sus pacientes, pero sobre todo era especialmente hábil en fortalecer la autoestima alabando su fuerza e inteligencia y también su belleza y elegancia. No había ninguna que se resistiera a esos halagos y de esta manera las peluqueras tenían trabajo durante todo el año allí. Esas mujeres, por muy enfermas e incapacitadas que estuvieran, nunca perdían la compostura y la dignidad. Se podría pensar que era inútil aferrarse con tanta fuerza a ese acto de coquetería, pero nada más lejos de la realidad. Mientras mantenían esa ilusión y obligación se seguían sintiendo personas. Seguían formando parte de la sociedad. Era casi un acto revolucionario contra aquellos que pensaban que ya no tenían derecho a reconocerse bellas ante el espejo. Esos, los que pensaban así, eran los mismos que consideraban aquel lugar como un aparcamiento para abuelos. Esos grandes ignorantes desconocían por completo que la belleza la llevaban por dentro.

¿Qué ocurre doctora? No me gusta la cara que trae hoy.

Supongo que estarás al corriente…

Claro. No estoy tonta.

No lo digo por eso, ya lo sabes —sonrío por primera vez desde que entró en la habitación.

Me gusta más así.

¿Cómo?

Así, cuando sonríe y enseña esos dientes tan blancos. ¿Sabe una cosa?

Dime, Elena.

Hace más efecto su sonrisa y sus palabras cariñosas, que todas las pastillas juntas que nos dan aquí.

Y lo hago sinceramente, pero hoy no traigo buenas noticias.

Dispare.

Milagros no vendrá más por aquí, de momento.

¿Pero… por qué?

Es la primera sospechosa.

No puede ser. Ella es maravillosa con todas nosotras.

Lo sé. Pero eso no es todo.

¿No? ¿Me muero acaso?

A la doctora se le escapó una carcajada. Pareció haberse relajado un poco y recuperaba poco a poco su temperamento. Pasó a auscultar a Elena como de costumbre en busca de alguna irregularidad respiratoria. Le miró las piernas, la barriga y el fondo de los ojos.

Te morirás, pero hoy no.

Muy graciosa. Ahora ya es usted. ¿Qué me quería decir?

La dirección se está planteando cerrar la habitación hasta que se esclarezca todo.

¿Y eso es malo?

No nos queda ninguna cama libre en esta planta y sé lo mucho que te horroriza ir a otra de las de arriba…

No me hará eso doctora. Prefiero irme a casa.

Eso de momento es imposible.

¡Él, ha sido él…no Milagros!

Calma, ¿a qué te refieres?

¡A qué no, a quién! Él es el que las ha matado de alguna manera que no sé explicar…

Pero ¿a quién te refieres?

A ese hombre de la barba, el operario ese…

Acababa de pasar por delante de la habitación Javier arrastrando una de las camas estropeadas de otra habitación.

Pero si es Javier. Un hombre bonachón que lleva aquí toda la vida, ¿cómo puedes decir eso?

Lo he visto varias noches entrado en nuestra habitación.

Mira, Elena, en estos momentos todos somos sospechosos , incluso yo o tú misma que has compartido la habitación con las tres difuntas. No te preocupes hablaremos con él.

Meco

Inquieto e inconformista de pensamiento. De vida tranquila y convencional. Sobrevivo a esa supuesta contradicción gracias a la ironía y al humor. No soy escritor; pero me gusta escribir. Lo intento encadenando palabras con sentido para describir aquello que todavía me conmueve. Buscador incansable...sigo sin poder contestar a la pregunta que me hacían de pequeño: "¿Y tú, de mayor qué quieres ser?".

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