María mira fijamente el techo. No se puede dormir. Sus padres se han ido a cenar y la han dejado sóla en casa. Es la primera vez que lo hacen y está asustada. Le han dicho que no se mueva de la cama pase lo que pase y que no abra la puerta a nadie.

Escucha un grito. Parpadea muy deprisa. Espera, igual no era un grito. Cierra los ojos y agudiza el oído. Un segundo grito rompe el silencio de la habitación. Pero éste es más suave. Como ahogado por una almohada. Como aquél día que jugaba a gritar con todas sus fuerzas tapándose la cara. Abre los ojos de golpe. Está soñando. Se peñizca el brazo y con el tercer pellizco el sonido pataleo en la cama le sobresalta. Nota cómo la respiración se le acelera. Algo malo, algo muy malo le está pasando a su vecina de al lado. Desde la pared le llega el sonido de agua goteando en una cazuela. ¿Agua? Igual su vecina está jugando con el marido. Hay veces que desde el cuarto de sus padres también le llegan ruidos raros. Se relaja un poco. Sí, eso es. Están jugando al sexo. Sonríe para sus adentros. Qué tonta es, pensar que el amable vecino que siempre le da caramelos le puede hacer daño a su encantadora mujer.

La “s” de sueño se dibuja en sus ojos cuando los abre de par en par a tiempo que se le hiela la sangre en las venas. Acaba de oír un serrucho. Conoce el sonido a la perfección, porque siempre acompaña a su abuelo al monte a cortar madera. Pero ese serrucho no suena como el de su abuelo. Parece como si intentara cortar algo más duro. ¡Hueso! Se tapa la boca con las manos para no gritar. El hombre de los caramelos ha matado a su mujer y la está cortando a pedazos. Igual que en el artículo de aquélla revista que le cogió a su primo mayor. Tiene que llamar a su madre. ¿Y si después de la vecina va a por ella? Seguro que sabe que está sóla en casa. Escucha unos pasos en el pasillo. ¡Es él! Seguro que es él. Pero ella no quiere morir, no ha hecho nada. En el momento que se abre la puerta de su habitación se desploma sobre la cama.

—¿Ves como iba a estar dormida? Mujer de poca fe.

María abre los ojos. Sólo ve oscuridad. El reloj de ositos de su mesilla marca las tres de la mañana. Se toca la cara, las piernas. No le falta nada. Está viva. Suspira aliviada a tiempo que va hacia la habitación de sus padres. Ojalá que estén vivos.

—¡Mamá! El vecino ha matado a la vecina.

Lorena la mira con un ojo.

—Cariño, eso es una pesadilla. Ven, duérmete y no despiertes a papá.

—No era una pesadilla, mamá. Me pellizqué tres veces como tú me enseñaste. ¡Mira! —La marca en el brazo es invisible gracias a la oscuridad.

—María, a dormir. Mañana será otro día.

“El testimonio de una pequeña de diez años fue crucial para la resolución del caso del “descuartizador de la calle 23″. Con ese nombre ha sido bautizado el asesino por las autoridades. Nadie en el barrio se podía imaginar que un hombre tan bueno fuera capaz de trocear a su mujer con una sierra y ocultar el cadáver durante semanas.”

El padre de María guarda el periódico. Hace dos días que la pequeña consiguió que la llevaran a comisaría para contarle a un policía lo que había oído. Afortunadamente, hicieron caso a su testimonio. Lo que los padres no saben es que ellos eran los siguientes, tal y como indicaban las fotos halladas en la habitación donde la mujer fue descuartizada.

Desde siempre me ha gustado escribir relatos. Siendo adolescente escribía historias donde el amor triunfaba o el drama era el protagonista. En alguna de mis historias se mezclaban ambas cosas. A día de hoy, me gusta transmitir sentimientos y los relatos son un pequeño reto cada vez que cojo el boli. Espero seguir compartiendo letras con vosotros hasta que se me acabe la tinta.

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