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Acodado en el pretil de la terraza, el hombre contemplaba una amplia vista. Desde la loma en la que se ubicaba la villa se percibía una gama de sombras y luces multicolores, que trazaban las calles y marcaban los hitos históricos y monumentales de la ciudad. Era una noche clara. La Luna relucía cerca ya de su ocaso y el cielo se veía grávido de estrellas, que comenzaban a empalidecer sugiriendo la cercanía del crepúsculo. Aspiró con fruición el aire puro calado de aroma a azahar, que venía del huerto cercano.
Casi era ya el alba y antes de echarse a dormir en una blanda y ancha, pero desierta cama, había resuelto serenar su espíritu y gozar de una paz que no tenía desde hacía tiempo. Todo estaba en callada calma y, a medida que pasaba el tiempo, sus sentidos se adaptaban y percibían los tenues sonidos de la noche y las formas que las sombras, con sutiles y variados tonos pardos y grises, dejaban entrever.
Pudo oír un suave reptar entre la hojarasca del suelo del jardín, el ulular de la lechuza y los zumbidos de los insectos; algún ladrido lejano y el familiar rumor del tráfico muy apagado por la distancia. Bebió un sorbo de gin-tonic y gustó de su frescor con un ligero sabor a limón: le gustaba, amén de remojar la rodaja, añadir unas gotas de su zumo. Dio unos pasos hacia la mesa de hierro forjado, posó el vaso sobre su tapa de mármol y se dejó caer en un sillón, también de hierro, con sendos cojines en el asiento y el respaldo.

En verdad se sentía cansado. La jornada había sido agotadora con un ir y venir trepidante, supervisando hasta los nimios detalles de cada uno de los departamentos. Sólo si demostraba a los norteamericanos que las instalaciones de la fábrica eran de lo más avanzadas y que contaba con el personal más cualificado, se podría ultimar la operación. Aquel contrato era la única solución para encarar con posibilidades de éxito la crisis en la que estaban sumergidos. Confiaba en la maquinaria, nueva y de última generación, pero temía algún fallo humano debido a la tensión del momento.
Contempló reflejado en la vidriera el rostro de un hombre avejentado, con los ojos hinchados y enrojecidos, la tez gris y las canas que ya se extendían por las sienes. Sólo tenía cuarenta años y aparentaba haber pasado los cincuenta.
—Juan —se dijo en un susurro— ¿Qué has hecho de tu vida?
Hizo pasar por su mente los recuerdos inconexos e imprecisos de los últimos quince años, en un vano intento de averiguar cómo había llegado a aquella situación.
—¡Dios! ¿Qué he hecho mal? —se dijo en voz alta, con un rictus de amargura.
Suspiró y alargando el brazo tomó el vaso y dio un largo sorbo de aquél líquido, tan agridulce, como su ánimo. En su fuero interno sabía que aquel estado de ansiedad en el que se encontraba era pasajero. Siempre se había repuesto con rapidez de todas las contrariedades que el mundo de los negocios le había deparado y aquella ocasión no iba ser distinta. Sólo que, a solas, se permitía aquella debilidad, como una liberadora válvula de escape.

Un perro cercano comenzó a aullar de manera frenética y acto seguido un coro de ladridos vino a romper la paz a aquellas altas horas de la madrugada. Los aullidos se hicieron cada vez más desenfrenados y le hicieron volver a la realidad, perdiendo la concentración.
Se incorporó del sillón y se acercó a la balaustrada para ver si averiguaba el motivo de aquella algarabía, cuando, de pronto, la mudez se hizo total. La jauría había callado y ya no se oía el ruido del tráfico ni los ecos de la madrugada. Se le antojó que tan repentino silencio no era natural. Miró el vaso y se apercibió de que el líquido se movía en ondulantes vibraciones; sin embargo, no había viento e, incluso, la tenue brisa dejó de acariciar la piel de su rostro. Extrañado puso atención al más leve rumor. No se oía nada. Parecía que todos sus sentidos se hallaban en suspenso. Entonces notó un hondo zumbido, mas no lo percibió con sus oídos: retumbaba sordamente en su cerebro.

Miró al cielo y quedó petrificado. Vio cómo, en un instante, una nube tomaba forma a unos cien metros sobre su vertical. Aquella nube se materializó de la nada. Apareció por sí, como por generación espontánea o como si viniese de otra dimensión. De improviso las luces de la casa se apagaron y la ciudad se sumió en negras sombras. El apagón fue total.
La nube radiaba una débil luz azulada, como si estuviese cargada de electricidad estática. Pasmado vio, velada entre jirones de niebla, una gran nave que con mesurado movimiento y sin ruido alguno, iba tapando a las estrellas. Su forma era lenticular y sus bordes rielaban con reflejos metalizados. Era tan grande y de tal forma, que asemejaba a una moderna ciudad. Tenía volúmenes anexos unos a otros parecidos a rascacielos, cuyo trazado sugería calles, avenidas y pasajes a distinto nivel. Constantes arcos voltaicos saltaban entre sus aristas, brindando un espectáculo sobrecogedor.
Aquella inmensa masa estaba horadada por miles de ventanales de los que salía una luz difusa. Unas luces que se perdían y aparecían entre aquel extraño vapor que envolvía a la nave y se adhería a su fuselaje como pegajosa tela de araña.
De repente, el corazón le saltó con violencia en su oprimido pecho, al que le faltaba ya el aire para respirar. Vio, recortadas por la luminiscencia de los ventanales, las siluetas de toda una multitud de seres que le miraban con una fijeza hipnotizadora.
Sintió que aquellas miradas traspasaban todas sus barreras y hurgaban en su mente con la mayor libertad, al tiempo que quedaba impotente para moverse o pensar. De pronto, un haz de luz calló sobre él con contundencia casi sólida. Su brillo cegador se mantuvo unos segundos y cuando al fin se apagó, Juan había desaparecido dejando una sombra que señalaba el sitio que ocupó instantes antes. Fue tan fuerte la radiación que su silueta quedó marcada en los hierros del sillón y en las losetas del suelo de la terraza.
De repente, nube y nave desaparecieron y todo volvió a la normalidad.