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Adolfo Ramírez retiró su taza de café del microondas y tomó asiento en la mesa de la cocina. Era un hombre de aspecto apacible y mirada franca. Como cada mañana se levantó antes que nadie para disfrutar de un momento de sosiego y rememorar con nostalgia los acontecimientos de su extensa vida. Quería aprovechar el tiempo que se le antojaba breve, desde la perspectiva de sus setenta y ocho años. Tareas no le faltaban, ni ganas de trabajar sobre sus creativas ideas.
Recordaba con claridad a su madre cuando él era niño y se esforzaba en agradarle con sus pinturas y dibujos, pero ella siempre le despachaba con una displicente mirada y un escueto “está bien”. «Eso era todo… —recordó con rabia— ¡Jamás me elogió como a mi hermano! Para ella sólo su hijo mayor merecía su atención».
Toda su infancia se centró en agradarla, pero siempre con un fracaso doloroso. Él no envidiaba a su hermano, sólo deseaba una palabra amable de su madre que le reconfortara y le hiciera feliz, aunque sólo fuese por una vez.
«Sí… —Pensó con tristeza— Siempre me he sentido fracasado. La indiferencia de mi madre en aquellos años me marcó para siempre».
Tal vez por eso se consideraba “aprendiz de todo y maestro de nada”. «Así soy yo —se dijo—. Emprendo muchas cosas, pero acabo muy pocas».
Por su mente fueron pasando imágenes de trabajos inconclusos: cuadros a medio pintar, tallas iniciadas y no acabadas, escritos bien estructurados, pero que esperaban sine die las correcciones y repasos pertinentes. En plena pulsión creativa era muy productivo, pero si dejaba algo por acabar, el tiempo se dilataba tanto que jamás lo terminaba. Eso sí, cuando recibía un encargo ponía toda su alma en el reto de presentar en el tiempo tasado su obra.
Aún ahora pasaba algunos ratos en el taller experimentando nuevas formas, insatisfecho siempre de la calidad alcanzada. Pero en el fondo se sentía orgulloso de sus éxitos, del reconocimiento internacional de su arte y de los premios conseguidos, especialmente del nombramiento como hijo predilecto de su ciudad…
La entrada en la cocina de su nieta mayor le sacó de sus meditaciones.
—¡Hola, abuelo! ¿Sólo un café?… ¿No vas a comer nada?
—Buenos días, Carmina —respondió al saludo de su nieta—. Hoy es el día… ¿No?
—Sí, abuelito —asintió la nieta, mientras le daba un sonoro beso—. Por fin me practicarán una última operación. Estoy harta de medicinas, hospitales y quirófanos.
—¿Estás bien?… ¿Tienes miedo?…
—¡Qué va! ¡Si ya estoy acostumbrada! —Contestó, mientras limpiaba con su dedo pulgar el carmín que dejó en la mejilla del abuelo— ¡Gracias a Dios esta será la última intervención!…
Adolfo no había conocido un ser tan bello en su interior. ¡Aquella niña había sufrido tanto!… Pero siempre mostraba una sonrisa. Su fortaleza de carácter era notoria, aunque su apariencia fuese tan vulnerable y delicada.
—Sabes que te quiero, ¿verdad? —dijo Adolfo— Y que siempre podrás contar conmigo…
—¡Claro, abuelo!… Tú eres la persona que mejor me comprende.
Carmina sacó un espejito de su bolso y por un rato se recreó observando los mínimos detalles de su hermoso rostro y los perfiles del maquillaje en labios y ojos. Sonrió satisfecha por su magnífica apariencia de veinteañera. Retrepándose en la silla la joven cruzó sus largas piernas y al momento se descompuso doblándose sobre sí, mientras exhalaba un ronco gritito de dolor.
—¿Qué te ocurre? —Le preguntó alarmado Adolfo— ¿Te puedo ayudar?…
Carmina negó con un movimiento de cabeza y el abuelo vio cómo tenía los ojos anegados en lágrimas. Su pecho subía y bajaba al ritmo de su agitada respiración y daba la impresión que los botones de su ceñida blusa iban a saltar de un momento a otro.
—No es nada, abuelo. No te preocupes… —De repente se levantó resuelta y exclamó—: ¡Dios mío, qué tarde es!… ¿Me traes el abrigo? Está en mi dormitorio…
—Claro que sí, preciosa.
El abuelo salió de la cocina y Carmina dio unos pasos en dirección a la puerta. Caminaba con dificultad, hasta que se detuvo un momento y con un gracioso gesto, se colocó el testículo que se le había salido del calzón…

—¡Papá, nos vamos! —Oyó la voz de su hija, el chirriar de la cerradura y la apertura de la puerta— Ocúpate tú de darle el desayuno a los niños y de llevarlos al colegio. ¡Adiós!
—Vale, hija. Yo me ocupo…
—¡Adiós, abuelo!… —le dijo Carmina— Y no te preocupes…
—Adiós, cariño —respondió el abuelo, enjugándose furtivamente una lágrima.
Adolfo se puso otro café y continuó con sus recuerdos.
«En realidad le debo a la indiferencia de mi madre todo lo que soy. Como quise diferenciarme de mi hermano para ver si conseguía más atención, incursioné en el mundo de las letras escribiendo cuentos y poesía. Luego me interesé en el modelado con arcilla y me desviví con las ciencias. Soñaba con ser un inventor de renombre, del que mi adorada madre estuviese orgullosa. Logré patentar una idea muy ingeniosa, pero tampoco pude impresionarla.
En realidad no destaqué en nada, pero estas inquietudes incidieron en mi espíritu artístico y estudié escultura y talla artística en madera. Monté mi taller y, con el tiempo, triunfé como escultor e imaginero. Hoy hay tallas mías en multitud de iglesias y mis obras están muy cotizadas; pero, desgraciadamente, mi madre ya no está entre nosotros para verlo».
De repente, un tropel se escuchó acercarse por el pasillo y, gritando y empujándose, aparecieron dos niños y una niña.
Adolfo estaba orgulloso de sus nietos. Todos tan encantadores, pero tan diferentes entre sí… El mayor, David, tenía nueve años y era extremadamente serio y responsable para tan corta edad. Miguel, de seis años, tenía un apetito voraz y no ahorraba zalamerías para conseguir satisfacer sus deseos. La niña, Mercedes, era a sus cuatro años muy especial, tan sensible y dulce…
—¡Hola abuelito! —saludaron los tres al unísono.
La niña se le abrazó muy cariñosa y uno de los niños le tiraba de la manga, procurando llamar su atención. El tercero se fue directo a la alacena y se puso a rebuscar pastelitos y otras chucherías.
—¿Qué quieres, Miguelito? —le preguntó a su nieto, que no cejaba en sus tirones.
—Tengo hambre, abuelo —respondió—. Anoche no cené y ahora quiero mi cena y también el desayuno…
—¿Cómo que no cenaste? —preguntó Adolfo sorprendido— ¡Pues claro que sí! Lo que pasa es que estabas medio dormido y ahora no te acuerdas…
—¡No!… No cené y me lo quiero comer ahora. ¡Me duele la barriga, abuelito! —Insistió el niño, haciendo una mueca de dolor que pretendía evidenciar el vacío de su estómago.
—¡Sí cenaste! —le dijo el hermano mayor dándoselas de hombrecito y le reprochó con gesto autoritario—: ¡Lo que pasa es que eres un niño muy consentido!
—Abuelo… —dijo la niña, con cara de preocupación— ¿Se va a morir mi hermano si no come?… ¡Dale comida, abuelito! —añadió con las lágrimas asomándole a sus asustados ojos.

Los dos niños comenzaron a enfrentarse uno a otro, entre burlas y empujones.
El abuelo alzó la voz sobre el griterío y les dijo con una sonrisa de resignación:
—Niños… ¡Venga! Os invito a desayunar en la cafetería…
—¡Bieeén! —respondieron los niños encantados.
—Yo quiero chocolate con churros, ¡muchos churros! —gritó Miguelito alborozado.
—¡Hay! Carmen… —musitó Adolfo, con voz apenas audible, recordando al amor de su vida— Lo que yo daría porque hubieses conocido a estos diablillos, sobre todo Merceditas, que tiene tu mismo carácter. ¡Se te parece tanto en el físico! ¡Y es tan idéntica a ti en sus gestos!…
Aquel hombre era feliz con su descendencia, pero añoraba los tiempos de tristezas o alegrías cuando él no estaba tan solo, a pesar de estar a diario rodeado por sus criaturas.
Nietos y abuelo salieron de la cocina y se perdieron de vista. Detrás quedaban los ecos graves del abuelo, apagados por vitalista y chillona algarabía.