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Estaban sentados en un rincón mal iluminado de la taberna, a la que solían ir los viernes. Eran tres compañeros de trabajo, Oscar, Andrés y Luis, que intentaban relajarse de tantas tensiones sufridas durante la semana. Se limitaban a beber unos “chatos” de vino blanco de Valdepeñas, de la más ínfima calidad, pero al alcance de sus bolsillos. Conversaban sobre el trabajo, la familia y de la mísera vida que llevaban a causa de la ruina a que la guerra había llevado al país, especialmente al bando perdedor. Lo hacían susurrando, sin atreverse a levantar la voz, pues era notorio el estado de terror que los vencedores proyectaban sobre los vencidos.

Los tres estaban empapados a causa de la lluvia de aquel día de noviembre, pero, estoicamente, aceptaban la humedad acostumbrados a soportar las inclemencias del tiempo. En sus raídas ropas mostraban rastros de yeso y sus manos eran ásperas, grandes y fuertes, llenas de callosidades y cicatrices.

—¿Cuánto tiempo crees que durará este trabajo? —preguntó Andrés a Luis que, por ser maestro de obras, era el capataz y tendría una idea aproximada.

—Por lo menos hay trabajo para otros seis meses —respondió Luís—, pero… ¡Estos hijos de puta, con tal de perjudicarnos, pueden despedirnos cuando se les antoje! —Bajó la voz hasta que fue casi inaudible y añadió con rabia— ¡Ya sabéis cómo las gastan estos fascistas!…

Los otros dos asintieron, maldiciendo el estado de cosas que se veían abocados a soportar.

—¡Joder!… La guerra acabó hace ya 26 años… —dijo Oscar— ¿Hasta cuándo vamos a sufrir las represalias? —Hizo una pausa mientras tomaba un sorbo de vino y, bajando aún más la voz, se lamentó indignado:

—¿Sabéis que a mi hijo de catorce años no le admitieron como botones en la caja de ahorros, por no estar inscrito en el Frente de Juventudes?… Y, encima, el director se mofó de él… ¡Porque su padre era un “puto rojo”!…

—¡Chitón! No digáis nada más… —advirtió con un hilo de voz Luís, al tiempo que con gesto furtivo señalaba hacia la puerta por la que llegaban dos desconocidos de aspecto arrogante y bigotitos característicos de los franquistas, muy del estilo de su caudillo.

 

Aquellos hombres se acercaron a la barra con sonoros pasos de sus botas de cuero y pidieron con acento altanero dos cervezas. Se volvieron hacia el rincón donde estaban los tres amigos y uno de ellos, al tiempo que se cuadraba al estilo militar y saludaba brazo en alto, dijo elevando la voz.

—¡Buenas noches, señores!… ¡Arriba España!

El silencio se hizo tan denso, que por un fugaz momento pesó como una losa de granito sobre el ánimo de los presentes. Los tres interpelados, sintiéndose amenazados, no pudieron reaccionar y quedaron inmóviles en sus sillas.

—¡En pie, coño! —gritó el más bajo de los dos, llevando la mano bajo su chaqueta a la altura de la axila.

—¡Venga, cabrones! ¡Malditos rojos de mierda!…

Los tres amigos se levantaron muy lentamente, mientras que el tabernero, lívido y con voz temblorosa intentó apaciguar los ánimos.

—Por favor… señores… —dijo titubeante— Aquí no pasa nada… ¡Aquí no…

—¡Tú te callas! ¡Gilipollas! —le espetó uno de aquellos individuos, al tiempo que sacaba una pistola y le asestaba con ella un fuerte golpe en la mejilla produciéndole un profundo surco, que de inmediato comenzó a sangrar.

—¡Rojos de mierda!… Venga… ¡A cantar!… Cantad conmigo: “Cara al sol con la camisa nueeva”… ¡O cantáis, hijos de puta, u os mato aquí mismo!…

 

Luis salió del campo de concentración después de acabar la guerra doblemente derrotado, en lo físico y en lo moral. Volvió a su ciudad y luchó para rehacer su vida, pero todo estaba contra él: el sistema franquista se prodigó en la represión de todos los que no habían participado de su “glorioso alzamiento”. Aguantó ofensas, injurias y penalidades de todo tipo. Conoció al amor de su vida, se casó y fundó ilusionado un hogar al que pronto llegaron los hijos, por los que se desvivía para alimentar y cuidar en un ambiente hostil y miserable.

 

Siempre se había contenido ante las arbitrariedades de aquel sistema carente de justicia y libertad, pero aquella noche no pudo aguantar más y, con un rugido de ira, arremetió contra aquellos que atentaban contra su dignidad… El estampido del disparo retumbó en sus tímpanos, al tiempo que sintió cómo las fuerzas le abandonaban y dio de bruces en el suelo, gravemente herido. Siguieron las detonaciones y Andrés y Oscar murieron en el acto. La atmósfera saturada de olor a pólvora y la sangre salpicada sobre las paredes, fue lo último que Luis percibió antes que se apagaran sus sentidos para siempre.

—¡Tú, capullo! No has visto nada… ¿De acuerdo? —Le gritaron al tabernero, que lloraba tembloroso.

—Hazte cuenta que esos no son más que sucias ratas de alcantarilla, sin derecho a vivir. ¡Como digas algo —le advirtió amenazante el que parecía llevar la voz cantante—, volveremos a por ti y mataremos a toda tu asquerosa familia!

Con movimientos enérgicos sacó el cargador de la pistola ya vacío y repuso uno nuevo mientras sostenía una socarrona sonrisa. Con rapidez levantó el brazo armado, apuntó a la frente del tabernero y disparó a bocajarro.

Mientras su compañero cambiaba también el cargador de su pistola, recogió los diecisiete casquillos y se marcharon. De repente la luz se fue y los relámpagos iluminaron la macabra escena. La calle permanecía solitaria y oscura. El empedrado brillaba humedecido a cada resplandor de la tormenta y se oía el repiqueteo de la lluvia, ahogado de trecho en trecho por los truenos.

Los dos individuos se fundieron en la oscuridad protegidos por sendos impermeables negros y, con parsimonia, se alejaron riendo felices, regodeándose por la proeza realizada.