Cuando era niña le gustaban los días de lluvia, pegar su frente contra el cristal de la ventana y observar el recorrido del agua entre las tejas árabes de las casas, al otro lado de la avenida.
Había días más especiales que otros y ella aprendió a apreciarlos en aquel invierno lluvioso como no se ha conocido otro, y en el que, merced a la operación de su pierna,  pasó observando la vida desde la acogedora salita, convertida ahora en su paraíso particular, donde reposaban sus libros, sus dibujos,  y hasta su querida colección de muñecas.
Su madre,  una encantadora mujer muy de su casa, no podía ocuparse de ella en todo momento debido al tiempo que empleaba en realizar sus quehaceres, aficionándose la niña ese invierno a la lectura de los libros que le prestaban sus amistades, aunque, la mayor la parte del tiempo, su preferencia estaba fuera, observando el exterior y deleitandose con sus descubrimientos.
En algunas ocasiones,  arrodillada ante los cristales del amplio ventanal,  trazaba con su dedo un sendero inventado para encauzar las gotas de lluvia que, ellas, sumisamente, seguían sin protestar.  Lo más curioso era cuando pasaba por su calle algún coche fúnebre, carrozas extremadamente lujosas, tiradas por parejas de hermosos caballos muy blancos, en contraste con la negrura de los penachos de plumas y los ropajes de los cocheros, destacando del conjunto el colorido de las coronas que colgaban a los lados de la carroza.
Otras veces observaba cómo las mujeres entraban y salían del taller del zapatero de la esquina, que sabía mucho de poner remiendos, y cubrir así los agujeros de las suelas, pudiendo ser usados una temporada más.
Aquella pareja, de una edad madura, trabajaba muy bien, él siempre con unos pequeños clavos que situaba entre sus dientes para remachar los zapatos y ella sacando lustre y disimulando cicatrices en la gastada piel, a base de betunes y tinturas.
También veía pasar a las mujeres de la parroquia cuando transportaban una pequeña hornacina conteniendo una imagen, la cual depositaban o recogian en casas de las familias de los feligreses abonados, y que lucían durante una semana en sus hogares, siendo ésta una excusa para recibir visitas de vecinos y parientes que pasaban a contemplarla. El fervor estaba en la calle en un país donde su máximo dirigente paseaba bajo palio y las asociaciones católicas vigilaban el recato y candor de las féminas de la reserva espiritual de Europa.
Pero, aconteció un hecho que la niña no comprendió bien, consistiendo éste en que, de repente, por la puerta del zapatero ya no entraban ni salían las mujeres de días pasados, que se paraban a charlar y que daban vida a aquella esquina. Incluso las que vivían en el mismo lado de la calle, preferían hacer el trayecto, evitando pasar por allí. Poco a poco, a los zapateros,  les fue faltando el trabajo y acabaron por cerrar el pequeño negocio.
Tiempo después, la ya mujer en que se había convertido la niña, supo que, por aquellos días de su obligado encierro, corrió la voz de que el zapatero y su pareja no estaban casados como Dios mandaba, así que, en bien de la moralidad y a fin de no corromper su honestidad, las mujeres del barrio dejaron de solicitar sus servicios. Faltaría más.
Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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