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Al bajar del taxi y, mientras cruza la acera y se quita los guantes, escarba en su bolso a fin de encontrar las llaves del portal que se habían escondido entre sus cosas. Normalmente, en su casa no las necesita, siempre hay alguien que le abre; ahora, contiene la respiración observando el llavero. Su memoria le trae recuerdos de su padre, eran sus llaves, con aquella placa de una agencia de transportes en la arandela, un obsequio navideño, seguramente.

Se introduce en el viejo zaguán que aún conserva huellas de su origen a pesar de las desafortunadas reformas que se le han hecho, y, abriendo la puerta de un moderno, aunque modesto ascensor, sube hasta el tercer piso. Allí comienza de nuevo a trastear el llavero con dificultad, debido a la penumbra en que se encuentra el rellano, a pesar de estar prendida la luz. Se abre la puerta que enfrenta a la que quiere tener acceso y unos pequeños y arrugados ojos, pegados al rostro de una encogida mujer, sonríen gozosos después de unos segundos.

Justo lo que ella quería evitar, encontrarse con los antiguos vecinos, no en vano eligió esa hora tan temprana.

– Elenita, ¡Qué gusto verte!

Hace años que le llaman Elena y el diminutivo le sabe a pan con chocolate

– Hola, Doña Engracia, he venido a entregar las llaves, van a limpiarlo, lo queremos vender.

– ¡Qué lástima, hija!, con lo que yo os quería a todos, pasa un poco y cuéntame algo.

– No puedo, están al llegar, pero todo en orden -dice intentando desasirse de la vecina- ¿Ricardo bien? -pregunta, sintiéndose obligada a hacerlo, iban juntos al colegio

– Pues sí, eso dice, se fue a vivir a Holanda con un trabajo fijo y viene poco.

– Bueno, perdone, ya hablaremos en otro momento, tengo que entrar antes al apartamento.

– Pasa luego, hija.

Abre la puerta y la vista le hace retroceder, la sensación de abandono es evidente: papeles que decoraban las paredes cuelgan desprendidos como hojas marchitas y el suelo no se deja ver por la capa de polvo, sólo unas pisadas que denotan una visita reciente: el tipo de la agencia, seguramente, para valorarlo.

Mira sus zapatos de ante negro y observa que están muy sucios. No le importa, continua su viaje en el recuerdo, algo que no había previsto al ofrecerse a entregar las llaves. No podía escabullirse otra vez, dejándolo todo en manos de su hermana.

Hay una banqueta de baño, olvidada por su deterioro, que le invita a sentarse mientras observa la pequeña cocina, sin dar crédito a que se trata de la misma en la que ellas merendaban y hacían los deberes mientras, su madre, planchaba y oía los seriales en la radio. No la recordaba así.

Se levanta decidida y abre la puerta de la habitación que compartía con su hermana. Ahí sí se apoya en el dintel de la puerta y contempla la marca en la pared que dejó el cabecero de su cama. Cierra los ojos y piensa en el póster del Dúo Dinámico, antecesor del de los Beatles, de las veces que los besó antes de acostarse, y su rostro se ilumina con una infantil sonrisa y, por un momento, recuerda sus primeras sensaciones a flor de piel al pasar por la habitación de sus padres, y se ve pidiendo un sitio junto a ellos, tiene miedo. Su madre la abraza y la duerme con cariño.

Entonces recuerda cómo aquella mujer guapa y risueña se convirtió en la anciana solitaria que terminó su vida sola, en esa casa; cómo sus brazos perdieron la capacidad de abrazar y aumentó la necesidad de ser abrazada por quienes no encontraban el momento de hacerlo; cómo sus manos sarmentosas tejieron hasta el final bufandas que no gustaban a nadie.

Se niega a seguir pensando. Ya pasó -se dice- pero sale de la casa, sabiendo que, esos fantasmas que su acomodada vida había silenciado, volverán de nuevo para no dejarla dormir.

Gemma Olmos Jerez
Mayormente soy yo. No me gusta ser otro pero sí ponerme en lugar del otro. Intento aprender y a veces lo consigo. Amo a mis amigos y me siento correspondida. ¿Para qué más??
Gemma Olmos Jerez

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