Se acaban los días de verano, esos en los que luce el sol con intensidad y en los que las tardes son casi interminables. Sentada en el paseo junto al mar, Eva observa el ir y venir de las olas, dejándose arrullar por su rumor, mientras el sol comienza a ocultarse en el horizonte.
Millones de gotas de agua salada que se comunican entre ellas en ese lenguaje mágico que llega hasta sus oídos como un susurro. Pequeñas perlas bañadas por la luz del sol que juega con ellas convirtiéndolas en espejos diminutos, que juntas forman una gran superficie en la que se refleja. Agua cristalina que en ocasiones se enturbia y golpea las rocas con toda su fuerza, pero que esta tarde le regala a Eva su serenidad.
Su fragancia llega hasta ella discretamente, se acerca con timidez para, poco a poco, contarle sus secretos. Trae consigo aromas que no son suyos, pero que ahora le pertenecen, cómo los de aquella tarde de mediados de agosto, en la que María y Carlos se encontraron junto a él. Sentados uno al lado del otro, disfrutaban mientras les acariciaba los pies con suavidad. Fue testigo de una pasión que se encendió en sus ojos y que se fue adueñando de ellos, mientras sus labios se buscaban cada vez con más ansia. Sus manos temblorosas exploraban el cuerpo del otro buscando una calidez que, a medida que se paseaban por una piel que les recibía expectante, se encendía cada vez más.
Es portador de agua que no es suya, pequeñas gotas que se unieron a él, que le hablaban de un dolor inmenso que traía un corazón rasgado por la tristeza. La tristeza que Ana derramaba sentada en el muelle aquella tarde de otoño tras despedirse de su padre. Un hombre bueno, un guerrero que no dejó de blandir su espada hasta el último momento, hasta ese instante en el que entregó su vida, no sin antes dejarle todo el amor que albergaba en su corazón.
Portaba las risas de los niños que los días de verano, cuando el sol calentaba con toda su intensidad, acudían a él a refrescarse. Algarabía que por momentos solapaba su rumor, saltos, chapoteos, algún que otro llanto por el primer contacto con él. Era suyo el asombro de aquellas pupilas de Juana, quien a sus ochenta años, se acercaba a él por primera vez quedando maravillada por su magnificencia.
El sol deja los últimos destellos de esa tonalidad de colores que van desde el rojo hasta el naranja mientras Eva seguía allí, embelesada, mirándolo.
Allí está él, con su incesante vaivén, con el arrullo de su rumor, con la intensidad de su aroma. Él, el gigantesco azul, bello y mágico lugar lleno de algo más que millones de gotas independientes que juntas hacen que exista.
Photo by jacilluch

Begoña de la Rosa

Begoña de la Rosa

El susurro del mar es mi nana favorita mientras me dejo atrapar por sus idas y venidas incesantes. Soy parte de su bravura en los días de tormenta y remanso de paz en las tardes de verano en las que el sol coquetea con la luna antes de sumergirse lentamente entre sus aguas. La exquisitez del aroma del chocolate, su fuerza y su cuerpo forman parte de mí como lo hace el aire. Sin oponer resistencia soy presa de su embrujo como lo soy de las palabras, que se agolpan en mi pensamiento pidiendo a gritos a mis manos que las deje volar. Y como un soplo de aire fresco que entra por la ventana las libero y permito que viajen por un folio en blanco que en pocos segundos recibe parte de lo que soy capaz de crear.
Begoña de la Rosa

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