Ambrosio, Celedonio y Dimas nacieron el mismo año ( el año conocido como el de la cebada), a la misma hora del mismo día y en el mismo lugar. Bueno, con este último no se llegaba a un acuerdo en el pueblo, ya que a su madre, la Engracia, le costó parirlo más de lo habitual. Era tan inmenso el neonato que ni entre el doctor y dos de los hombres más fuertes del pueblo podían sacarlo. Tardó el muchacho en salir entero dos horas y media según los vasos de vino de Don Jeremías, el médico. En aquel lugar se contaban las horas así. Se sabía que el galeno era capaz de beberse unos veinte cada hora, y así haciendo la media lograban saber cuánto tiempo había pasado. Para Don Jeremías el tinto era como para un camello el agua, se comentaba que ya de bebé su madre se untaba el pezón con vino porque le sabía mal a la mujer que su pequeño tuviera que beber leche pudiendo disfrutar de algo mejor. El pequeño Jeremías, desde que tuvo la conciencia ya crecida, bañaba con él todo lo que se llevaba a la boca. Se casó con la Filomena, una mujer a la que sus padres debieron hacer durante un enfado, porque no podía ser más desfavorecida la muchacha. No es que el doctor no fuera agraciado, pero tuvo dificultades para encontrar esposa porque ninguna moza de ningún lugar, de los muchos que había visitado, se dejaba untar los labios con vino cada vez que tenía que ser besada.

En fin, que el bueno de Dimas defendía con vehemencia inusitada que él había nacido en el mismo instante que sus dos amigos, que no tenía la culpa de que su madre hubiera tardado tanto en expulsarlo.

– Una vez saqué la cabeza ya estaba en el mismo mundo que vosotros, les decía cada vez que salía a relucir el tema. A lo que Ambrosio y Celedonio siempre  respondían que nacer es salir del todo, porque si se está en un lugar no se está fuera hasta que ha salido todo el cuerpo.

Desde que surgió el debate se dividió el pueblo en dos sectores, los que apoyaban la teoría de Dimas y los que defendían la de sus dos amigos. Se discutía hasta el cansancio el tema ante la perplejidad de don Severino, el maestro, que no cesaba de repetir que el ser humano era un ejemplar aún en proceso de pruebas.

La hora del nacimiento era lo único que rompía los paralelismos entre ellos. Salieron de la casa de la Gumersinda, la comadrona, los tres a la vez en brazos de sus madres, bueno, Dimas no, a él lo sacó  su abuela Herminia, ya que la pobre Engracia se dejó ir en el último esfuerzo del parto argumentando que había parido un ser tan grande que no iban a caber en la casa en cuanto creciera. Y que era mejor irse en ese momento que no más adelante con el cariño a medio hacer.

Cuando eran bebés lloraban amenazando incluso el récord de Otilia, una mujer de la que se aseguraba que era la persona que más había llorado en aquel lugar. Decía don Indalecio, el cura, que posiblemente era la que más había llorado del mundo, pero que como nunca había sido medido su llanto no había posibilidades de demostrarlo. Lloraban, como digo, cada vez que notaban la ausencia de cualquiera de los tres y tuvieron que irse a vivir las tres familias juntas ante la imposibilidad de separarlos. El primer año en una casa enorme todos juntos. Tuvieron que arreglarse así mientras se les construían tres casas unidas entre sí, una para cada familia. Una edificación que tenía la particularidad de tener puertas por las que se podía acceder de una a otra vivienda y una sala gigante, en la del centro, donde dejaban a los pequeños turnándose cada día un familiar de cada casa para estar con ellos.

Se comieron la primera papilla juntos, echaron a andar justo en el mismo momento, incluso su primer beso lo dieron a la vez. Le habían pedido a tres muchachas forasteras, mayores que ellos, que les iniciaran en las artes amatorias desde el primero hasta el último paso y cuentan que se asombraron las tres meretrices, puesto que eso es a lo que se dedicaban, al comprobar que sus tres clientes gritaron al unísono y con la misma intensidad al culminar su aprendizaje.

Pero fue Ambrosio el alumno más aventajado, ya que a partir de entonces no hubo una sola mujer que él probara, que no volviera a sus brazos desesperadamente. Se decía en el pueblo que ni siquiera Héctor, un muchacho de rasgos apolíneos, sonrisa de niño y cuerpo de gimnasta que había nacido en ese mismo lugar, había besado a tantas hembras como él.

Tanto Ambrosio como Celedonio protegían a Dimas desde que la fuerza se les aferró a los brazos con el crecimiento y resultaba curioso ver como en su niñez  salían en su defensa cada vez que algún compañero de clase se metía con él llamándole, gigante, monstruo, ogro o incluso Polifemo que es como le llamaba el hijo del maestro. Dimas no sabía que significaba aquel nombre pero le dolía igual que los otros por el tono empleado más que por la palabra en sí. Se acurrucaba en toda su inmensidad y temblaba mientras sus dos inseparables amigos se debatían en una lucha de sopapos contra los otros niños a cuál más fuerte.

La infancia de Dimas fue difícil, sobre todo desde que descubrió el significado del odio en los libros, fue entonces cuando pudo saber que aquello tan horrible era lo que sentía su abuela hacia él.

Una noche en la que soplaba el viento que enloqueció a Onofre mientras hablaban en el parque, aquella era una frase que se repetía en el pueblo cuando hacía mucho viento y que ya nadie recordaba ni cómo ni porqué se acuñó, Ambrosio y Celedonio le preguntaron a Dimas la razón por la cuál siempre guardaba una distancia considerable con ellos desde hacía unos años

– Hace mucho tiempo que no nos abrazamos, Dimas, dijo Ambrosio.

– Es verdad, añadió Celedonio, los amigos se abrazan mucho.

A Dimas se le llenaron los ojos de un terror inclasificable y les suplicó que no se acercaran.

Ambos amigos se miraron entre ellos extrañados y se sentaron en el suelo frente a él sin dejar de mirarle y en absoluto silencio.

Mucho rato después el tiempo se cansó de esperar e hizo que Dimas pariera la historia que guardaba dentro desde hacía más de un año. Ni Ambrosio ni Celedonio se dieron cuenta, pero Dimas tardó en atreverse a contarla justo el mismo tiempo que tardó su madre en parirle a él y pudo acercarse al mismo dolor que sintió ella durante el alumbramiento.

– Vosotros sabéis que mi padre murió hace poco más de un año, ¿ verdad?

– Claro, Dimas, estuvimos contigo como siempre.

– Pues yo lo maté. Fui yo, maté a mi madre y luego a mi padre. Por eso me odia mi abuela.

– ¿ Que dices?, intervino Celedonio, tu madre murió en el parto y a tu padre le cayó un tronco talando y lo partió en dos.

– No, eso es lo que contaron, a mi padre lo partí yo de un abrazo, no medí mi fuerza, estaba tan contento aquel día…

Un llanto incontrolable le inundó el habla durante unos segundos y continuó. Mi abuela siempre me decía que yo tenía que estar en una jaula en algún Zoológico, que no merecía vivir con los humanos y cuando pasó eso dijo que me vendería al primer circo que pasara por el pueblo.

Cuando Dimas quiso darse cuenta sus dos amigos le rodeaban en un abrazo que calmó su terremoto interno.

– ¿ Qué te pides tú, Ambrosio? Dijo al fin Celedonio, yo elijo domador de leones.

Celedonio era de los tres el más reservado, meditabundo, lacónico y reflexivo. Tenía un mundo propio en el que se escondía de cuando en cuando y en su rostro se vislumbraba una tristeza que no desaparecía ni en sus momentos más felices.

– Guardo un secreto muy importante, les dijo a sus amigos una tarde.

¿Cuál? Preguntaron ansiosos.

No lo sé aún, pero sé que tengo un secreto dentro.

Huelga decir que los tres amigos no se separaban nunca, y que todo lo importante en el ejercicio de vivir lo descubrieron juntos y a la vez. Su boda, por supuesto, se celebró en la misma fecha con tres mujeres que conocieron el mismo día y a las que pidieron matrimonio a la misma hora. Es necesario especificar que sus tres esposas no fueron las primeras a las que les hicieron la petición, pero hasta que no coincidió que tres dijeron que sí, no decidieron contraer matrimonio e ir a ubicar su amor a una casa enorme donde pudieran convivir las tres parejas.

Pero todo cambió un día en el que compartían cervezas en el bar. Habían retomado una conversación que llevaban teniendo desde que eran niños. Dimas era un gran lector, devoraba los libros. Su obra preferida era “Los tres mosqueteros” de Alejandro Dumas y defendía desde que la descubrió que así deberían llamarse y que así deberían hacerse llamar. Celedonio y Ambrosio argumetaban que en esa novela el más importante era D’Artagnan y que la historia perdía sentido sin él.

– La verdad, dijo Dimas, no se puede con vosotros, que más os da, somos tres ¿no?

Hicieron el último brindis y se despidieron hasta el día siguiente.

Aquella mañana, Celedonio no amaneció con ellos en la casa y Dimas y Ambrosio se cruzaron sin ni siquiera saludarse. Coincidían en el bar, iban a los mismos sitios, pero ni un hola se decían, ni una mirada cómplice. La gente del pueblo no daba crédito, y como en aquel lugar no pasaba ni la vida a saludar ya tuvieron entretenimiento para rato. No se hablaba de otra cosa: ¿ Dónde estaba Celedonio? Siempre había sido un muchacho triste, siempre tan callado. No hubiera sido de extrañar que se hubiera…

Nadie quería decir el qué, pero todos pensaban lo mismo.

¿ Por qué no se hablaban Ambrosio y Dimas? ¿Qué había pasado la noche posterior a que se les viera juntos por última vez?

Fueron a preguntarle a sus esposas, pero ninguna  sabía que había ocurrido. Incluso ellas mismas les preguntaron a sus maridos: -Oye, ¿y a ti que te pasa con Dimas?, preguntó Laureana a su esposo. ¿ Dónde está Celedonio?

Lo mismo hizo Maruja con el suyo, pero tanto el uno, como el otro decían no conocer a los otros dos.

La esposa de Celedonio, la Robustiana, fue la única que aportó un dato:

-Llevaba un tiempo más raro de lo habitual, dijo.

Se armó un revuelo importante y se decidió que uno de los dos que seguían en el pueblo habían matado a Celedonio y que el que no lo había hecho sabía que el asesino era el otro y por eso no le hablaba. El uno no le habla al otro por no venderlo y el otro no le habla al uno para disimular sentenció la asamblea de sabios compuesta por el Nicasio, el Otiliano y el Pancracio que eran los que estaban más serenos aquella tarde. Y tal fue la algarabía por haber solucionado el caso que estuvieron celebrándolo hasta que no quedó más vino. Amanecieron todos al día siguiente más tarde de lo habitual, ya que alguien durante el transcurso de la celebración se había comido al gallo del corral donde se celebró la fiesta y por ende éste  no pudo despertar al pueblo.

Todo continuó y ya nadie volvió a preguntarse por qué los inseparables habían dejado de serlo, hasta aquel atardecer en el que alguien vio acercarse a Celedonio por la calle de abajo. En aquel lugar llamaban a las calles de una manera u otra según su ubicación. Habían pasado varios meses desde la desaparición del recién llegado y todos los habitantes fueron saliendo de sus casas para ir a verlo llegar.

Se fue directamente al bar, se sentó en su silla de siempre, entre la de Ambrosio y el tonel sobre el que lo hacía Dimas. Allí donde siguieron sentándose ambos sin hablarse durante la ausencia del primero.

La gente del pueblo al ver que Celedonio se metía en el bar se fueron de nuevo a sus casas a seguir con lo que estaban haciendo y los que estaban dentro del local dejaron de prestarle atención porque era de mala educación husmear en asuntos ajenos.

– No va a poder ser lo de Los tres mosqueteros, Dimas, dijo al fin Celedonio. Tendremos que conformarnos con ser Ambrosio, Celedonio y Dimas.

 

Nunca nadie en el pueblo supo jamás el motivo de la desaparición de Celedonio ni la razón por la que dejaron de hablarse Ambrosio y Dimas, pero aquella noche todos los lugareños se fueron a celebrar que Celedonio había vuelto, o que se volvieron a juntar. ¿ Que se hablaban? Bueno, nadie logró recordar al día siguiente qué demonios habían celebrado.

Nadie, absolutamente nadie siquiera sospechó que Celedonio poco antes de desaparecer había descubierto mediante una carta que llegó de la ciudad firmada por un tal anónimo, al que por supuesto él no conocía; con ese nombre me acordaría, pensó, aquel secreto que aún desconocía. Tenía un hermano gemelo, al que al nacer habían entregado sus padres a unos forasteros porque no lo esperaban y no tenían nombre pensado para ponerle.

Así que Celedonio se fue un día en busca de   D’ Artagnan más porque Dimas dejara de dar la lata que por curiosidad. No logró hallarlo, y nunca supo que su hermano, el mosquetero que les faltaba, respondía por Bernardo y era conductor de tren.

Como tampoco supo que Ambrosio y Dimas habían estado sin hablarse durante su ausencia, porque como los tres siempre habían estado juntos no supieron reconocerse en cuanto faltó alguno.

Nadie llegó a saber nunca todo lo que yo supe, es lo que tiene ser escritor.

Y ahora quisiera darles un consejo a los tres con todo mi cariño:

Dimas, Celedonio, Ambrosio, queridos amigos. Nunca le contéis a un escritor vuestros secretos, no podrá evitar hacerlos públicos.

 

Soy Jordi Hortelano, nací en Badalona un 9 de septiembre de 1972, actualmente resido en Barcelona. Inicié mi periplo como escritor el 17 de febrero de 2016 con la publicación de un relato con doble lectura, El secreto del seňor Evol. Su gran aceptación y mi actividad en Facebook con la publicación de poemas y microrelatos me ha introducido en mundos como el de la librería LibrUp, ubicada en la calle Rosselló 361 de Barcelona. Un espacio para autores indies, donde podemos vender muestros libros e incluso editarlos y publicarlos, y en la que se celebran eventos, como concursos de poesía, presentaciones, grabación de programas literarios y entrevistas. También gracias a mi pequeňo libro y mi actividad literaria en las redes, pude ingresar como columnista en desafíosliterarios.com, una página creada para dar cabida a escritores noveles que busquen una buena promoción y a lectores ávidos de letras emergentes. En ella escribo todos los martes a las 20:00h un relato o poema en mi columna Goteando letras. Una actividad que me ha proporcionado afortunadamente un amplio número de lectores y conocer a otros escritores de calidad. En esta página, también he podido vender mi libro y apuntarme al taller de Enrique Brossa, donde he ido ampliando mis conocimientos sobre la escritura e intentando mejorar en mis textos. Es corta de momento mi andadura en este nuevo mundo, pero ya he tenido el honor en menos de un aňo de ser entrevistado tanto en LibrUp como en desafíosliterarios.com, en dos cadenas de radio locales y formar parte de eventos como la firma de ejemplares el día del libro o el black friday. Y he tenido además el privilegio de ser miembro de un jurado en un concurso de poesía y contertulio en un programa literario llamado Letras perdidas. Ahora mismo estoy preparando la segunda edición con Casandra 21 de El secreto del seňor Evol, tras dos tiradas de cien ejemplares vendidas con Bubok y culminando dos libros más, una novela corta de humor y un recopilatorio de relatos y poemas. Además he escrito una novela titulada Mientras el tiempo descansa que publicaré más adelante. Tengo amén de todo esto, otros proyectos individuales y en colaboración con otras personas.

Últimos post porJordi Hortelano (Ver todos)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos