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La verdad seňora, como se lo explico, tal vez no me crea, ciertamente entiendo que esto que le digo, le suene a leyenda o algo parecido.
Oí un crujido, como si los huesos de un mundo indefenso se hubieran partido, crepitaba el viento agrietando un cielo que miraba herido, y rugió un lamento como ruge el Norte cuando está perdido. Recogí mi dicha, la escondí en mi pecho y ví mi presente colgado de un rayo de sol ya deshecho, cuidé los latidos que estaban maltrechos, los puse a resguardo, noté que en mi sangre volcanes en llamas quemaban mis sueňos y me tembló un beso, ebrio de deseo, en el firmamento de unos ojos nuevos repletos de anhelos. Y sentí que el hielo de cada recuerdo se tornaba fuego, no supe evitarlo, llegó el huracán, despeinó mi vida, revolvió la nada que yacía a mi lado, despertó mi instinto, se llevó mi llanto, borró mientras tanto todo el desconsuelo. No quise esquivarlo cuando vi la fuerza con que iba llegando, arrasando todo lo que iba encontrando, desordenó tanto lo que halló ordenado, dejó tan bonito el caos perpetrado, que me he enamorado. Y es así seňora, como pasó todo, conocí a su hija y oí aquel crujido, como si los huesos de un mundo indefenso se hubieran partido.