Clica para calificar esta entrada!
[Total: 0 Promedio: 0]

Pasaban las horas como humo de tabaco, desvaneciéndose en el aire. Frente a él una pantalla que se le antojaba infinita, miraba fijamente hacia ese lugar donde las miradas se exilian de los ojos y posaba sus dedos sobre el teclado  notando como cada uno de ellos no lograba sentirse a gusto sobre cada una de las teclas.

Al lado del pc un grupo de folios esperaban ansiosos ser conquistados por la pluma hábil de su dueño. Una pluma de pulso dulce, muñeca firme y sueňos de tinta que solían derramarse sobre un papel ahora tan blanco como la mente de su amo. El escritor la cogió y posó la punta sobre la hoja para iniciar su andadura por las venas de una nueva historia, pero no pudo siquiera hallar el movimiento que obligara a su mano a inaugurar el baile de las palabras sobre el vientre de uno de sus folios.

Abandonó ese refugio donde se encerraba a crear, consideraba que escribir por escribir era empañar la virginidad de la superficie escogida para plasmar sus letras  y prefirió abandonar el campo de batalla esperando refuerzos. Salió de la habitación, buscó en el estuche un disco de Duke Ellington y en cuanto las notas empezaron a bailar a ritmo de Jazz se preparó una copa y se sentó en el sillón cerrando los párpados  para ver mejor las cosas que importan de verdad. Estuvo un buen rato disfrutando del sonido del piano que sesgaba el silencio con un corte limpio y elegante y cuando sintió que su alma empapada ya estaba preparada para gotear letras volvió a ese paraíso que había creado para llevar a cabo su pasión más férrea, escribir. Tomó asiento de nuevo para volver a repetir paso por paso la ceremonia del creador ante el preparto de su obra, pero no supo encontrar en la yema de sus dedos la fertilidad suficiente como para preñar aquella pantalla ni el abono necesario para sembrar su semilla sobre el papel.

Su capacidad creativa cojeaba, tenía todas las herramientas necesarias y disponía del lugar apropiado donde utilizarlas pero le faltaba el convencimiento de culminar con éxito su empresa. Se incorporó de nuevo y abandonó la estancia, esta vez para acercarse a la librería que había adquirido en una tienda de muebles exclusiva, y leer a Don Gabriel García Márquez, sabía que con un solo tramo de una de sus novelas, el que para él era el genio de las letras, le iba a proporcionar el material suficiente para recuperar la ilusión por escribir.

Hojeó “La hojarasca” y se paró en la página que el viento le indicó. Ya no pudo dejarlo, en cuanto inició su andadura por las entrañas de las letras del genio no pudo menos que leerselo desde el principio. Cuando lo hubo terminado, horas después, lo depositó en el hueco que había dejado libre en la estantería y se sintió insignificante, una mota de polvo sobre la pureza absoluta del arte del que en su opinión era el Dios de la literatura. Esta vez leer a Don Gabo no le había servido, cada vez tenía más claro que las musas le habían abandonado y decidió sentarse en el sofá a esperar que alguna de ellas tuviera a bien pasarse por su casa y besar sus dedos.

Entretuvo su tiempo en contarse cuentos con ínfulas de historia, barajando posibilidades que pudieran agradar al lector, se olvidó incluso de su nivel de exigencia para consigo mismo, tenía que darle a sus seguidores algo que masticar con los ojos, debía escribir un texto para desafiosliterarios.com, tenía una columna semanal y no quería fallarles, por pocos que fueran tenía que satisfacer su avidez y agradecerles como fuera su fidelidad. Pero aún así, viendo que la inspiración había hecho las maletas para abandonarle, decidió entrar al cuarto donde siempre escribía para apagar el ordenador y dejar desierta su columna, sentía que escribir cualquier cosa era engañarles a ellos y engañarse a si mismo. Al acceder a la estancia y acercarse a la pantalla vio un grupo de letras reunidas en el centro mirándole con cierto aire de desaprobación, frunciendo el tronco una “t” y una curva una “a”. No tardaron el resto de letras del alfabeto en formar frente a él con la mirada desafiante hasta que una por una se fueron colgando de la pantalla para dejarse caer suavemente sobre el cúmulo de folios que aguardaban ser usados ya pálidos por el olvido. Jugaron sobre ellos sin dejar la más mínima huella en ninguna de sus pisadas y en un descuido, aprovechando que la estupefacción le estiraba al hombre la barbilla, se le subieron a los brazos y a la cintura para ir esparciéndose traviesas por todo su cuerpo. Muchas le escalaron el torso hasta la mente mientras algunas de ellas, las más inexpertas, chocaban con la nuez al llegar al cuello ante las risas de sus compaňeras. Otras las más sutiles, le resbalaban divertidas por los brazos hacia los dedos haciendo un tatuaje  sobre sus huellas dactilares.

Inmediatamente, tras la primera avanzadilla otro pelotón de letras repetidas, escudadas por muchos signos de puntuación ejecutaron un proceso idéntico que sus compañeras de avanzadilla y así fue el hombre siendo  invadido por innumerables letras que en equipo lograron moverle los pies hasta la silla y  doblarle las rodillas hasta lograr sentarlo frente a la pantalla. Una vez lo lograron vio el escritor como muchas de ellas formaban una cadena para tirar de una cuerda que levantaba sus dedos sobre un teclado mudo sin una sola letra sobre su piel. Los sostuvieron levitando sobre ellas, con arduos esfuerzos eso sí, alguna letra no lo resistió y cayó desmayada, y las primeras que se habían levantado en rebedía fueron posándose hasta quedar de nuevo impresas sobre cada una de las teclas. Fue entonces cuando fueron destensando las cuerdas las demás hasta que cada uno de los dedos de él estremeció con sus caricias a cada una de las letras que le esperaban ansiosas para explicar esta historia.