Se le abrieron antes los ojos que la vista, miró sobresaltado hacia ambos lados de su vida y se incorporó de un salto tan rápido que sorprendió incluso al cerebro que había de dar la orden.

Cerró los párpados tan fuerte que a punto estuvieron las imágenes que guardaba en la retina de morir aplastadas, respiró hondo como queriendo aspirar la vida en tan solo un instante y tomó una decisión, tenía que encontrarlas como fuera.

Se dirigió a la ducha sintiendo cada gota resbalándole unas prisas que no tenían ganas de correr, sabía que no era tan necesaria la velocidad de ejecución como hallar el momento justo para actuar. Lograr relajarse era definitivamente el camino más corto, y se detuvo a contemplar una gota de agua sobre el borde de la baňera viéndola temblar al mismo tiempo que temblaba en su mente aquel beso que se dieron en el baile al compás de una canción de Adamo. Bastante tuvo ella con gobernar las manos de su pareja, que ya fuera por cansancio o por picardía, más bien por lo segundo pensaba ella, le descendían de la cintura hasta las caderas igual que desciende un copo de nieve la ladera de una montaña. Ella agachaba la mirada tímida buscando que la sombra de sus ojos le escondiera la sonrisa que se había declarado en rebeldía contra su boca, él lograba que sus dedos se prendieran de las venas de los hilos de su falda. Las diminutas manos de ellas lidiaban contra las fornidas manos de él y parecía si se observaba la escena a cierta distancia que una estrella intentaba tan solo con leves empujones mover de sitio a la luna. Una escuálida carcajada producida por la mezcla de sorpresa y consentimiento se le fugó a ella de los labios en el momento en el que él le apretó una nalga, en un juego de manos en el que ganaron ambos. Ella quiso ofenderse pero su rostro no lo logró y le clavó una mirada que estuvo en desacuerdo con el decoro desde que le nació de los ojos, ni pudo ni quiso evitar el beso que los unió para siempre.

Salió con ese beso calándole la piel de la memoria y tras secarse con la parsimonia de una vida aprendida, se dirigió a la sala de lectura, una sala que ambos habían decidido habilitar usando la habitación vacía hacía cinco aňos de su ya no tan pequeña Núria. Cogió varios de ellos con el cuidado del buen lector, les acarició el lomo y los olió mientras un rayo de sol que se había adelantado al amanecer se comprimía en un escalofrío en el cristal de la ventana. Hojeó sus páginas y el aire escaso que levantaba  cada una de ellas al girar le trajo la brisa fresca de aquel verano en Cadaqués en el que el viento aún inmaduro iniciaba la odisea de hallar cobijo entre los cabellos de su amada, luego él con la paciencia que da el amor recién pintado iba recogiendo los retales de brisa que habían perecido en su pelo con la dulzura de las caricias inventadas para una sola piel.

Las horas pasaban como habían pasado siempre, sin pedir permiso, con esa mala educación que tiene el tiempo para con el ser humano y su decisión de encontrarlas se iba diluyendo tras el tic-tac implacable del reloj de pared. Tan solo quedaban unas horas para que ella volviera de su guardia nocturna y no había logrado la suficiente calma para buscarlas, así que decidió sentarse frente a su portátil y escribir, si no lograba encontrar la paz en la cadencia indeleble que emitían sus dedos al dar la orden a cada tecla no lo lograría de ningún modo. Mas no tardó mucho en ser invadido al escuchar el sonido del latido de cada una de ellas por el recuerdo de los susurros que le vivían en los oídos cuando al abrazarla sobre el lecho de la lujuria jadeaba la noche exhausta de placer y sudaban las sábanas amor a borbotones hasta inundar cualquier estancia de ganas de seguir aprendiéndose.

Y así fue como el momento entró de puntillas a la casa sacándole a él de sus pensamientos a través del sonido de una llave convenciendo de nuevo a la cerradura de que se dejara hacer. Ya estaba allí, seguramente cansada como siempre, se darían un beso partido en dos, de llegada el de ella, de despedida el de él,

< Luego nos vemos cariño.

<  Hasta luego amor.

El quicio de la puerta presentó la silueta de ella que se sorprendió al verlo salir de la sala de lectura.

< Vaya, veo que te han despertado las musas.

< No mi vida, no han sido ellas, me han arrancado del sueňo las ganas de encontrarlas.

< ¿Las ganas de encontrar el que?,  no andes con jueguecitos que no estoy de humor.

< No, cielo, no es ningún juego, buscaba las palabras para decirte cuánto TE AMO.

Ella sonrió como se sonríe cuando te enamoras, le miró y volvió a comprobar cuánto había acertado en su elección.

< Pues ya tiene guasa que un escritor no encuentre las palabras, bromeó.

< Sí, ja, ja, ¿pero sabes una cosa?

< Díme

< Que buscando las palabras he hallado otra cosa muy importante.

< Ah, ¿sí?,

< Sí, he descubierto que estás en todas las cosas del mundo.