Aquel día, se detuvo justo al inicio de las escaleras que bajaban a la calle, las había subido tantas veces y tantas veces las había descendido. Pero no, ese día, cada escalón le parecía un Everest y todo el tramo el infinito, miró a mi hermana con el alma derruida en los ojos y todo su cuerpo se negó a hacer el camino tantas veces recorrido. Su futuro había rodado un instante antes escaleras abajo, y no quiso que su presente corriera la misma suerte, se dio media vuelta y volvió a entrar en casa arrastrando los aňos a cada paso.

Mi hermana me llamó, al otro lado de la línea el dolor se aferraba a sus cuerdas vocales:  “Hay que llevarlo, no ha querido bajar”.

Cuando llegué, él tenía el sufrimiento tatuado en la mirada, ya no podía más.

Lo subimos a mi coche, entre mi cuňado y yo y se le fue derramando la vida en el asiento de atrás. Había llegado el momento de sacrificarlo, él lo sabía, nosotros lo sabíamos.

Lo dejé en la puerta con mi cuňado y mi hermana, yo no tuve valor para entrar con ellos, lo miré por última vez y sus ojos se fueron conmigo para siempre, repletos de despedida. Subí al coche y en cuanto arranqué empezó a llover a cántaros, la visibilidad no era buena a través de la luna delantera y decidí parar hasta que escampara, no recuerdo cuánto tiempo estuve, pero lo cierto es que en cuanto me sequé las lágrimas, me di cuenta que no había llovido ni un instante fuera de mis ojos, la lluvia nació y murió en ellos aquella tarde.

Tributo a Golfo, el último perro que tuvo mi familia.

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