Soňaba el sol con largas noches aquella tarde, ardía la vida sobre el asfalto y hervía la gente encima de la tierra como hierve la sangre cuando el deseo es frecuente. Las grietas que el calor producía en el paisaje dejaban ver el sudor resbalándole al día por la frente. Buscaban los transeúntes cobijo en cualquier sombra despistada, las terrazas de los bares sufrían de estrés y la fuente en el parque padecía el acoso de unos chiquillos de piel brillante, sin camiseta, que hacían cola para refrescarse durante un descanso del partido al mejor de veinte goles. En la reanudación del mismo, mientras las gotas se acumulaban en las nucas de los muchachos, corrió el balón hasta detenerse en una de las patas de uno de los bancos donde acostumbraban los viejos del barrio a esperar algo que esperar. Sobre ese trono crepuscular, bajo una caja desplegada de cartón, tiritaba un anciano de vida raída en posición fetal, a tan sólo una letra de la posición fatal. Tras el esférico como sucede siempre apareció un niňo y lo recogió  sin prestar atención a ese cúmulo de tiempo olvidado que temblaba como una lágrima tiembla en cualquier mejilla. Tal vez si se hubiera detenido un segundo, quizá si la euforia del partido no le hubiera robado la serenidad a aquel niňo, hubiera visto como encima del indigente que ocupaba el banco, una sombra levitaba aislada de la canícula, amparando la decrepitud de aquel pobre diablo. Se acabó el partido y la fatiga se llevó a los muchachos con el último rayo de sol, mientras el hombre del banco  envuelto en aquella invisibilidad de quien no se preocupa de ser visto se derretía en espasmos de momento casi imperceptibles, y se adelantó la tos a su voz y a su aliento, y con esa tos expulsó recuerdos que llevaban toda una vida sin salir de su guarida. Y se vio aquel hombre pobre convertido en niňo, persiguiendo una bola hecha de trapo con su pandilla, en una calle tan angosta como el tiempo que sabía que le quedaba. Se siguió con la mirada de la nostalgia tirando piedras a las niñas durante sus paseos matutinos, mientras presumía de su puntería ante sus amigos del alma, que intentaban por todos los medios igualar su pericia en el lanzamiento. No le importaba la llantina que les provocaba a aquellas niňas tan pesadas que se pasaban el día entero riendo y tocándose el pelo sin mesura.

< ¡Toma!, le he dado a Elisa en toda la canilla, proclamaba alborozado antes de tirar la siguiente piedra con mayor precisión si cabe. Mirad, mirad como corren, ja, ja, ja.

No le importaban tampoco los capones que le esperaban en la casa al recibir su progenitor las quejas de los padres de las niňas, solo le importaban los momentos compartidos, las risas, las emociones, le daba igual quedarse sin su cena preferida y sin ir a pescar con su abuelo, bueno esto sí le dolía, pero consideraba que era el precio a pagar por tanta felicidad. Siguió el vuelo de una piedra desde aquel banco, con la vista agónica y la vio chocar contra el tejado de Elisa aňos después, hasta que ella asomaba su cara de diosa por la ventana de su habitación y le lanzaba un beso ajeno al vértigo desde su sonrisa nerviosa, antes de sellar sus labios con el dedo índice implorando silencio. No perdió de vista el beso y lo vio tras un “sí quiero” en el altar de la ermita tras el pasar de los años. Un beso que se transformó en caricia sobre el pelo de su amada tras muchas noches de boda, y una caricia que pasó a su vez, un par de ilusiones después, a recolocar el flequillo de su pequeño vástago tras unos cuantos capones de castigo. Y se vio abrazado a la rutina jurándole amor eterno, hasta que pudo peinar los sueños de su pequeña nieta para tras un instante de desconcierto verse temblando sobre el banco del parque, sólo, como siempre había vivido, hasta que los recuerdos decidieron volver a hacerle compañía.

Volvió a recordar la casa donde vivía, incluso la ciudad , no estaba lejos, ¿pero cuanto tiempo llevaba sin memoria?, eso ahora era intrascendente, solo le quedaba cerrar los ojos después de ver cada uno de todos esos crueles e inoportunos recuerdos, colarse entre los tablones que formaban aquel lecho improvisado para acabar aplastados por toda una vida.