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Se sentía solo. Profundamente aislado y desamparado. Nunca pensó que eso le pudiera ocurrir a él, siempre tan rodeado de gente que le seguía, que le adulaba y que lo aclamaba. En los últimos años se había llegado a sentir como Dios y lo que es peor: se lo había creído. Le gustaba esa sensación de poder infinito cuando dominaba las masas con sus arengas. Disfrutaba instalándose en un lugar alto desde donde pudiera ser visto por la muchedumbre y dirigirse a ellos con un atrevimiento que ni él mismo sabía de donde salía, pues nunca se había caracterizado por ser muy valiente. Pero cuando se sentía protegido por la multitud no había meta imposible ni montaña lo suficientemente alta que él no pudiera superar. No existían miedos que lo pudieran paralizar. Se olvidada de todas las frustraciones infantiles y dejaba de ser el pusilánime anónimo que siempre fue. En esos momento era invencible, indestructible e impune. En esos momentos era un héroe.

Ahora estaba allí encerrado, aislado del mundo exterior. Tenía que enfrentarse otra vez a sus monstruos interiores. Los días de gloria habían quedado atrás de un plumazo. Allí dentro ya nadie lo escuchaba ni seguía sus consignas. Ni siquiera su compañero de celda. Todavía sentía la vibración en su cuerpo cuando la turba rugía con sus exaltados discursos. Se preguntaba qué estaría sucediendo afuera. Si todavía se acordarían de él. Solo habían pasado dos días, pero sentía tanto frío en el cuerpo que parecía llevar una década allí encerrado.

Hablaba solo. Daba vueltas alrededor del los escasos nueve metros de la celda como dirigiéndose a una multitud invisible. Repetía las mismas soflamas que encendían a sus fieles seguidores pero estos ya no le escuchaban. Se dirigía a una pared huérfana de ornamento.

¡Compadre! deja de dar vueltas, me estás mareando.

Es que me siento como un gato encerrado.

¡Anda la hostia, si eres un lumbreras!. Pues claro que estás encerrado, pero más que un gato pareces un oso.

No puedo dormir.

Ni me dejas a mí y eso me jode mucho y me pongo malo y entonces puedo ser muy agresivo…Ya sabes. ¡Para de un puta vez, colega!

Bueno tranquilo, que yo soy pacífico…

¡Me vas a comer lo que yo te diga… No me toque los huevos!

Se sentó en un rincón con las piernas encogidas sobre su pecho. El compañero de celda se incorporó cuando comprendió que aquel tío era tonto de base. Creyó que había llegado el momento de ponerlo frente al espejo de la realidad.

¡Mira, tronco! Esta celda es tan pequeña que hasta nuestros pensamientos colisionan. No podemos ni parpadear sin molestar al vecino. Así que si ríes, lloras, hablas solo o te haces una paja me afecta. No sé cuanto tiempo estaremos juntos ni sé si podré soportarte, así que hazte a la idea de que soy como tu novia, tu madre o tu hermana. No tienes a nadie más. Si me jodes, te jodo; si me robas, te mato; si quieres follar, te buscas otro culo y si quieres un amigo con quien hablar tendrás que hacerlo con algunas de las ratas que corren por aquí. ¿Ha quedado claro?

Tú no sabes con quién estás hablando.

Me importa una mierda quién seas y lo que hayas hecho. Aquí tu buenas palabras de pastor evangelista no te servirán para nada…

¿Y tú porque está aquí?

Por matar a un charlatán vendedor de crecepelo como tú.

No me asustas, yo soy un héroe para los míos.

¡Ah, claro, por eso está aquí!

Estoy aquí injustamente. Las masas me aclaman…

Tú estás mal de la cabeza. Los héroes no buscan su destino y casi todos están en los cementerios…Tú eres un payaso.

Los días fueron pasando y seguía sin aceptar su situación. Era tal la confusión mental que tenía, que era incapaz de aceptar la realidad. Era difícil admitir que aquello para lo que había estado trabajado durante toda su vida, en realidad, no dejaba de ser una ilusión. Había repetido tantas veces el mismo discurso basado en anhelos y esperanzas que hasta él se lo llegó a creer. Quizá por eso era tan convincente para los suyos, quizá por eso tanta gente se acercó tanto al abismo, aunque al final el único que cayó fue él. Siempre había sido así. Lo había leído en infinidad de libros de historia, pero le gustaba tanto aquel papel de paladín popular que se dejó llevar por ese delirio.

Apenas le llegaban noticias del exterior. Una de las pocas le sumió en una profunda depresión, aunque antes de llegar ahí tuvo que pasar por la inevitable frustración. Se encargó de dársela su compañero con toda la mala leche del mundo. Le vino a decir que pronto habían buscado un recambio para seguir arengando a su multitud.

No tardó en darse cuenta que todo seguía igual, pero sin él. Que el mundo seguía girando y que ya no era imprescindible. Que los fieles cambiaban rápidamente de mesías sin inmutarse. Que pasaría al olvido inmediatamente. Que los que líderes reales nunca salían perjudicados y que utilizaban los mismos argumentos ficticios, que los habían llevado hasta el precipicio, para justificar ahora el paso atrás en el último momento. Pero para él era tarde, ya se había despeñado. Ahora entendía aquella famosa frase: «A rey muerto, rey puesto». Comprendió que había sido devorado por el propio movimiento y él era una víctima necesaria para poder seguir con el mismo. Había sido un mero instrumento.

Su compañero de celda dormía en la litera de arriba. Era un privilegio de los más veteranos. Era la que proporcionaba un poco más de intimidad si eso era posible en aquel cubículo. Nadie se podía interponer entre él y el techo. El inconveniente era que tenía al descubierto la espalda, pero como en este caso se trataba de un preso aparentemente incapacitado para la violencia física, no le preocupó. Por eso le desconcertó cuando tiró con fuerza de él y lo lanzó contra el suelo. El trompazo que se dio lo dejó medio inconsciente. Siguió recibiendo patadas de las que se intentaba proteger cubriéndose la cabeza con los brazos.

¡Desgraciado hijo de puta, te voy a matar! —gritaba desde el suelo.

¡Vamos, cabrón, levantate y defiéndete!

En un descuido, el veterano se revolvió y se puso de pie con agilidad felina. Sacó una navaja de su calcetín y le plantó el filo sobre el pescuezo. Apretaba tanto que le cortó le flujo sanguíneo. Si seguía así pronto brotaría la sangre por el tajo que se comenzaba a vislumbrar.

¿Te has vuelto loco? ¿Qué cojones te pasa?

¡Acaba lo que has empezado! Rájame el cuello, maricón.

Si no te callás lo haré, chalado hijo de perra.

¡Mátame, joder!

¡Que te calles! —estaba totalmente confundido—. ¿Por qué quieres que te mate?

Como tú dijiste prefiero morir como un héroe que vivir olvidado.

El preso veterano comenzó a reír a carcajadas. El aspirante a héroe notaba con cada espasmo como la navaja le apretaba más. Cerró los ojos esperando el desenlace final que él mismo había provocado, pero este no llegó. Cuando paró de reír su compañero se le acercó al oído y le susurró:

Que te follen. No lo vas a conseguir.

Al día siguiente salió en un rincón de la sección de sucesos del periódico local la siguiente nota breve: «Activista aparece ahorcado en su celda. Responde a las iniciales M.H.P. Todo apunta a que se quitó la vida al no poder soportar el encierro».