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El fantasma del pan 10

Tras una semana de trabajo en el ferrocarril Pepe se presentó en casa con un paquete de comida. Andrea quedó sorprendida cuando lo vio entrar por la puerta sonriente y con la caja bien atada. Los críos se arremolinaron alrededor de los padres que la habían colocado sobre la mesa de la cocina. Los alimentos eran básicos, garbanzos, lentejas, habichuelas, arroz, harina, manteca, una cola de bacalao seco y una lata grande de sardinas en aceite. Aquello era una bendición para la familia que estaban muy necesitados. La mujer interrogó a su marido sobre aquello y él dijo que se lo habían dado en el economato de la ferroviaria con cargo al sueldo que cobraría al final del mes.

—Pero esto es mucho gasto… —protestó la mujer

—No te preocupes. El economato es más barato que la tienda, me lo han dicho los compañeros que llevan más tiempo en el trabajo. Además, los niños necesitan comer y nosotros también. Todavía faltan quince días para que me paguen y mientras podemos arreglarnos con esto.

—Sí, claro que sí… —dijo ella comenzando a guardar todo en la alacena que estaba completamente vacía. Por fín podría hacer un buen potaje para su familia y llenar con algo más que pan y tocino seco la capacha de su marido.

Pasaba el tiempo. Las noticias de la guerra llegaban al pueblo sobre todo por los contingentes armados que solían atravesar sus calles y el alboroto que esto suponía entre los habitantes, aunque cada vez se sentía más los efectos de ésta cuando, alguno de los jóvenes que luchaban en el frente, volvía a casa maltrecho o directamente le llegaba a la familia la desaparición de su hijo, hermano o marido.

Pablito había recuperado las ganas de jugar y bromear con su hermano. Se enzarzaban en peleas cada dos por tres sin causa aparente. Desde que su padre trabajaba en el ferrocarril no tenían que ir a mendigar y la madre pasaba más tiempo en casa, aunque ahora tenía que ir a la escuela, cosa que antes no había hecho y en realidad no les gustaba demasiado aquello de aprender letras y dibujarlas en la pizarra. Pero su madre insistía: «Leer y saber de cuentas le abriría muchas puertas en el futuro» les repetía cuando se hacían los remolones por la mañana. Además, tenían que llevar también a sus hermanas pequeñas y cuidarlas lo que les dejaba menos tiempo para disparar sus tirachinas contra pájaros, lagartijas o cualquier otro ser volador o reptante.

El fantasma que asustaba al niño atenazando su garganta, desapareció poco a poco, gracias a la pócima y el buen hacer de la hechicera que le curó de sus pesadillas y también al uso del hábito tanto que, estaba deseando llegase Navidad para deshacerse de él. Estaba harto de llevar faldas como las niñas ya que le impedían subir a los árboles y correr sin engancharse en cualquier arbusto que se encontraba en su camino.

Fué, precisamente cercana la Navidad, cuando una tropa de soldados llegó al pueblo y esta vez no pasó de largo sino que, ocuparon diferentes casas, el cuartel de la guardia civil, el ayuntamiento y la escuela. Los habitantes del pueblo se dieron cuenta de, que aquello que tanto temían, la guerra, había llegado y se quedaba. A partir de ahora, la historia iba a adquirir matices sangriento y diferentes que nada tendría que ver con «El fantasma del pan», o quizás ¿sí…?

Yo, por mi parte termino, la mía aquí.

 

Nicole Regez

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