La casona se elevaba sobre una montaña. En el interior el grupo de personas celebraba un ritual extraño. Hombres y mujeres desnudos y maniatados permanecían en el centro mientras a su alrededor, seres que no parecían humanos les infringía  tormentos terribles. La sangre corría en regueros empapando el suelo y haciéndolo resbaladizo. Tridentes, látigos, fuego…. cualquier medio era válido para conseguir que aquellos cautivos cumpliesen las extravagancias sexuales que les pedían realizar sus captadores. Desde un ventanal la claridad del amanecer iluminó una escena espeluznante. Poco a poco, de los maltrechos cuerpos se elevó una neblina que fue tomando la  forma  humana de los que yacían. Con paso cansino se dirigieron hacia una puerta de salida sin ser conscientes de lo que había pasado.

 

Salir de aquella casa resultó una tarea difícil y peligrosa pero el deseo de escapar de allí nos imprimió la fuerza suficiente para hacerlo. Desde el sótano subimos mediante un juego de poleas que teníamos que manejar ya introducidos en una caja de madera. En el exterior nos esperaban los compañeros para ayudarnos, sujetando una escalera en precario equilibrio hasta descender a ras de suelo. Cuando salí de allí caminé sin rumbo fijo deseando alejarme cuanto antes de la pesadilla que habíamos vivido en aquel lugar.

Sabía que aún no estaba en mi mundo real, permanecía sumergida en el momento que me aterrorizó hasta el límite de mis fuerzas y  que no recordaba en su totalidad. Vi pasar a uno de mis captores que se introdujo en la panadería, una tahona antigua de los años treinta. Le seguí dispuesta a saber porqué me habían secuestrado. Debía procurarme una personalidad diferente e inventar alguna historia para que no me reconociese, pero cuando entré al lugar donde amasaba el pan, no dio señales de haberme visto con anterioridad.

—¿Qué desea señora?

Una muchacha muy joven se acercó a mi limpiándose las manos en el delantal.

—Necesito dos kilos de harina.

Mientras preparaba mi pedido, observé el interior del obrador. Solo dos hombres y la chica se hacían cargo del lugar. No repararon en mí, ni siquiera el que yo conocía. Se acercó a una de las artesas donde se amasaba el pan e hizo ademán de saludarme aunque el gesto no llegó a materializarse. Creí ver  una sensación de reconocimiento por cómo me miró pero siguió con su tarea como si nada. Era él quien me había ayudado a subir en el cajón y escapar de aquel lugar horrible. ¿No hacía ni siquiera dos horas que habíamos estado cara a cara y no me reconocía…? Esperaba, que por lo menos  preguntase cómo estaba.

Al ver su reacción, pensé que me habría equivocado, y olvidando el paquete de harina me dirigía hacia  la salida cuando la muchacha se acercó con el encargo preparado. Le pagué lo que me pidió y me marché, confundida.

El lugar por donde caminaba era el mismo en el que tenía mi residencia, pero estaba muy cambiado y mucho  más antiguo. La calle estaba sin asfaltar y las tiendas no tenían el brillo ni la luz al que estaba acostumbrada. Parecían cuchitriles donde las cosas permanecían en estantes de madera basta en un caótico desorden.

Pasé por delante una frutería que exhibía sus productos en la calle para comprar unas manzanas. Me sorprendió ver a la mujer que nos había proporcionado la idea y las cajas suficientes para construir nuestro medio de escape cuando la casa ya estaba medio disuelta en el barro que había brotado del suelo. Nos traía las frutas y verduras para comer durante nuestra estancia en ella cuando aún era una mansión dorada y reluciente y  no sabíamos el mal que nos acechaba. Al desbaratarse el hechizo que nos mantenía prisioneros, vino personalmente con un montón de cajas de madera y nos habló del modo más fácil para escapar de allí.

—Buenas tardes— saludé.

—Buenas— contestó levantando la cabeza de un cuaderno que garabateaba tras el mostrador cochambroso.

Esperé en vano,  unas palabras por parte de ella que me sacasen de lDesde mi ventana es un libro de relatos de fantasíaa sensación de irrealidad que me embargaba, la de sentirme reconocida pero olvidada y aunque nos miramos fijamente la una a la otra, no pareció saber quién era yo. No dije nada porque tuve una sensación intemporal, fuera de mi espacio vital.

—¿Qué desea?— dijo saliendo de detrás de la mesa.

Sin quitar mis ojos de su cara pedí

—Necesito unas manzanas, tengo que hacer una tarta.

—Las puede elegir usted misma, están ahí en el estante—dijo señalando hacia un rincón

No fui capaz de contener mi curiosidad y preocupación

—¿No nos hemos visto antes?— pregunté.

—Pues no— contestó ella— Llevo cuarenta años con este puesto de fruta viviendo en la  misma calle y jamás la había visto.

No quise insistir. Elegí cuatro manzanas y se las dí. Ella las pesó y después de pagarle salí de nuevo a la calle cada vez más extrañada.

¿Qué pasaba con aquella gente? Tenía la sensación de pertenecer a una época diferente a ellos, pero yo les había visto hacía solo unas horas, y durante todo el tiempo que permanecí en la casa. Uno había sufrido conmigo las consecuencias de una mala elección y la otra nos había salvado de una muerte cierta. ¿Es que lo habían olvidado?

Cada vez más intrigada y desconcertada seguí caminando por la acera. Me paré frente a la librería. Mostraba entre otros la novela de una joven y prometedora autora Agatha Christie. No conseguí ver el título pues estaba tapado por un folletin de la época. Di un salto hacia atrás cuando  unos ojos oscuros bajo cejas muy gruesas me miraron con atención tras la puerta de cristales. No me había dado cuenta de que me observaban. Se llevó la mano al sombrero y saludó. La primera persona que daba signos de saber quién era y  no le conocía de nada. Tuve miedo de entrar y descubrir algo más.

Me separé bruscamente de la vidriera. Necesitaba tomarme un café o la cabeza me estallaría en mil pedazos.

El local era muy diferente a los otros negocios que había visto. Presentaba un ambiente más  moderno, con grandes vidrieras y mucha luz. Tres mujeres conversaban animadamente frente a unas tazas humeantes de chocolate. Habían participado como yo del ritual mágico que nos tuvo prisioneras durante una semana.  Fueron las primeras a las que ayudamos a salir de allí. Vestían de una forma rara, con trajes largos y pañuelos en la cabeza. Cierto es que en la casa solían llevar  disfraces extraños para despistar a la Maga si eran sorprendidas fuera del lugar asignado para los invitados, pero los vestidos que lucían se parecían a los atuendos  musulmanes de las mujeres. La más joven de todas me miró y al instante pude ver en sus ojos una sensación de reconocimiento. Quise acercarme para ver cómo se encontraban,  cuando al unísono se levantaron y salieron del local después de que la muchacha acercara su cabeza a la de más edad y le murmurase algo que no llegué a oír.

Me quedé mirando cómo se iban y pensé que quizás querían olvidar los momentos angustiosos vividos en aquella cárcel de oro,  engañosa y sutil, por lo que desistí de seguirlas.

Aspiré aire con fuerza y pedí un café al camarero que se acercó a mi mesa. El envolvente aroma me devolvió la vida. Había echado de menos esta tonificante bebida. La puerta se abrió. Una mujer joven entró y se dirigió a mi mesa.

—¡Hola Ágatha!

—¿Me conoces…?— pregunté.

—Sí y sé por lo que estás pasando. Quieres una explicación ¿verdad?

—Pues…..— comencé a decir más que intrigada y deseosa de saber qué era lo que pasaba allí.

—Has visto al panadero, a la frutera, y las mujeres del bar. Sólo el librero es el único que  ha dado señales de saber quién eras

—¿Cómo sabes eso…?

—Si te lo dijera, todavía estarías más preocupada, así es que, por el momento, es mejor que mantenga el secreto. Pero te voy a explicar algo. Toda esa gente que has visto ha olvidado su vida anterior contigo y sigue su camino como nuevas personas.

—Pero….

—Lo entenderás cuando comiences a olvidar….

—¿Por qué tengo que olvidar…?

—Estás viviendo en un pasado que no te pertenece. Tienes que olvidar, y a medida que lo hagas recuperarás tu presente.

—¿Esas personas que vivieron la magia conmigo ya están en su presente?

—No. Todavía quedan resquicios en sus mentes de algo que les pasó, por eso tienen una sensación de reconocimiento contigo aunque no saben quién eres. Físicamente están en su tiempo, en este que tú vives todavía y te empeñas en mantener…. Debes olvidar….

—Pero…. yo no quiero…. necesito que me ayuden a recuperar a mis hijos… ellos quedaron allí… no se salvaron…

—Estás en un error, Agatha. Ellos se salvaron, no murieron en la casa porque eran los únicos realmente puros…. Sois vosotros los que estáis muertos… Eres tú la que está muerta Agatha Christie y tienes que olvidar….

No creí las palabras de aquella mujer que me abordaba sin ni siquiera presentarse…

—¿Quién eres tú…?

Pareció vacilar un momento pero, al fin dijo:

—Soy tu. Pero tienes que olvidar para que yo pueda vivir en mi presente sin pesadillas.

 

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Nicole Regez

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