El profundo sopor que antecede a la madrugada se extendía por la ciudad junto al halo espeso y dulzón de las alcantarillas.  Los pasos de Mario resonaban en las calles desiertas donde, a través de las ventanas despejadas de cualquier cosa que impidiese la entrada del aire fresco, se colaba el idioma de los sueños llenando el silencio de gritos, suspiros y llantos de niños. De pronto, la carcajada siniestra proveniente de uno de los pisos a su derecha le puso los pelos de punta…
—¡Maldita sea! —dijo, dando un respingo y mirando a su alrededor. Imaginó un atacante fantasmal tras él, como si su oído le hubiese jugado una mala pasada y no estuviese seguro desde donde había salido aquella terrible risotada.—Nunca voy a acostumbrarme a ésto. ¡Mierda de trabajo!

 Bajó su mano hacia la cintura asegurándose de que la porra seguía en su lugar.  Habría preferido encontrar una pistola, pero no les estaba permitido llevar armas, aunque también es verdad que él jamás había utilizado una y no sabría si lo haría en caso necesario.

Mario había venido del pueblo a la ciudad en busca de trabajo. Él era jornalero como su padre y el padre de su padre y el padre del padre de su padre… toda la vida el oficio de su familia había sido el de cuidar la tierra, una tierra que pertenecía a otros, no a ellos. Pero no era tan fácil conseguir un empleo y menos con la escasa cultura que tenía pues apenas había ido a la escuela cuando era niño. Un primo suyo trabajador en una empresa de seguridad, le dijo que necesitaban gente despierta para vigilar las calles, un trabajo sencillo, parecido al de los antiguos serenos. Mario nunca temió la oscuridad en el campo, así es que pensó: «En la ciudad tampoco  tendré miedo».

Un gato se cruzó en su camino haciéndole trastabillar. Huía aterrorizado  maullando enloquecido, con los pelos de punta y el rabo erizado y tieso como la escobilla del WC. Tras él, una rata casi de su mismo tamaño lo perseguía rechinando los dientes y galopando como si fuese un caballo en miniatura.
—¡Joer, vaya bicho…! -chilló saltando para atrás. La reacción instintiva de asestarle una patada fue demasiado lenta, y su bota solo encontró el aire delante de él. Los dos animales se perdieron en la oscuridad y el grito lastimero del gato resonó en sus oídos como una advertencia.

 ¡Dios, cómo odiaba a las ratas…! Les tenía pánico desde que era un crío. Jugaba con cualquier animalejo que se encontraba en el campo y se lo llevaba a su habitación que compartía con Daniel, el hermano mayor. De pequeños todo lo hacían  juntos, sus hermanas eran unas perfectas desconocidas para ellos. Les encantaba asustarlas con lagartijas, ratoncillos o cualquier otro bicho rastrero o alado que les hiciera gritar de  miedo y subirse a las sillas de la cocina. Claro que eso pasaba cuando fueron pequeñas pero después… ¡Ay, después…! María que solo era año y medio más joven que él, se armó de valor y harta de las bromas de sus hermanos un día, todavía no sabía cómo lo hizo y quien le ayudó, aunque siempre sospechó de Daniel, le hizo un gorapillo a la sábana de su cama y le dejó un regalito dentro. Su hermano y él siempre se iban juntos a dormir, pero aquella noche le sorprendió que se hiciese el remolón dejándole ir por delante. Como era invierno y tenía frío, se  metió entre la ropa tapándose hasta la cabeza. De pronto sintió que algo le mordisqueaba los dedos de los pies, quiso apartarse pero el doblez de la sábana lo impedía mientras lo que fuese aquello que estaba en su cama le subía por las piernas olfateando y dando alguna que otra dentellada. Desesperado hacía esfuerzos por deshacerse del enredo de ropa cuando vio los ojillos rojos y brillantes de la rata que estaba ya en su pecho pugnando como él por escaparse de allí. Los gritos ya habían alertado a su madre que apareció con la escoba preparada para matar a escobazos a quien estuviera importunando a su hijo. Tras ella, su dos hermanas y Daniel intentaban  controlar las carcajadas sin apenas conseguirlo cuando por fin, niño y rata en un revuelto de sábanas, cayeron al suelo escapando cada uno por un  lado. La madre pensó que el animal se habría colado en la cama al calor de la casa, pero Mario supo que no había sido casualidad, quisieron asustarle con el bicho que más miedo le daba, aunque más que miedo les tenía fobia. Aún fue peor cuando descubrió la enorme voracidad de estos animales lo que aumentó su terror hacia ellas

Esto ocurrió ya de mayor y con el primer trabajo que le dieron como vigilante en el extraradio, cerca de un vertedero de escombros. Aquel día encontró un bulto sospechoso entre unos cascotes, ladrillos y tejas rotas. Tenían orden de avisar a la policía cuando encontrasen algo que se saliese de lo normal y aquello tenía toda la pinta de serlo. Cuando desataron el saco, que olía terriblemente mal, apareció el cadáver de un hombre horriblemente desfigurado. De vez en cuando sufría movimientos espasmódicos como si estuviese todavía vivo, pero no, no estaba vivo, sino que media docena de ratas se había colado en el fardo, (eso pensaron que ocurrió porque otra opción hubiera sido demasiado terrible) y saciaban su apetito voraz. El espectáculo era dantesco y más de uno vomitó por la impresión, entre ellos, él.

 Mario miró su reloj, las cuatro de la mañana, todavía faltaban un par de horas para que la ciudad comenzase a despertar. Sintió unos pasos a su espalda y se volteó para ver quién era. A veces se encontraba con los operarios de la limpieza. Comenzaban su jornada temprano, pero aún era demasiado pronto. No vio a nadie, el callejón estaba desierto. De nuevo escuchó pisadas fuertes pero esta vez tan cerca que sintió sobre la nuca el hálito de una respiración. El olor le pareció nauseabundo, de cloaca y todo su cuerpo se tensó preparándose para el enfrentamiento con algún mendigo borracho de los que pululaban por esa zona. Unas manos huesudas con uñas como garfios le aferraron por los hombros. Mario se quedó paralizado y mudo  de terror. Pasaron unos segundos sin que el atacante hiciese nada especial, con lo que el hombre alcanzó su porra para golpear a quien fuese que le sujetaba con tanta fuerza. Intentó darse la vuelta consiguiéndolo a medias. Conforme su cuerpo giraba, la garra se aflojó del hombro y consiguió voltearse por completo viendo al enemigo con el que tendría que enfrentarse.

El cuerpo peludo de una criatura de su tamaño se fue haciendo presente frente a él. Tenía largos brazos que acababan en dedos huesudos con uñas como garras; las piernas ligeramente dobladas hacia adelante por las rodillas tan delgadas como sus extremidades superiores y que se aferraban al asfalto como si temiese caer de un momento a otro; pies enormes y membranosos, parecidos a los de pato; la cabeza tenía aspecto ratonil, con nariz chata, orejas puntiagudas y un largo hocico rematado, con lo que parecía ser, una barba de chivo. Los ojos de un blanco plata brillante le daban a su extraño cuerpo, un aspecto  más terrorífico aunque parecían tranquilos y sin maldad.  Mario no sabía qué hacer. Aquello no le atacaba ni retrocedía, solo le miraba fijamente. Calculó sus posibilidades frente a la criatura desconocida, cuyo cuerpo le recordaba muchísimo a sus odiadas ratas, pero en gigante y optó por lo más sencillo: Echar a correr, si aquello le perseguía ya pensaría en algo… o no.

Alcanzó la entrada de la comisaría más próxima volviendo de vez en cuando la cabeza para ver si el bicho le seguía, pero nadie iba tras él. Entró como una exhalación en el cuartelillo y se encontró una actividad que no era normal en un día corriente.  

Casi sin respiración comenzó a contar a uno de los policías, que casualmente era Juan amigo suyo que estaba de guardia lo que había visto, éste intentaba entenderle entre el ruido que allí había, mientras atendía una llamada de teléfono de las muchas que sonaban, al igual que sus compañeros.

—¿Que has visto una rata enorme…? —le preguntó este con un auricular en la oreja,  otro en la mano y cara de incredulidad.

—Una rata exactamente no, era… era… como una, pero diferente.

—Eso mismo están reportando algunas personas, pero no les creímos. ¿Estás seguro…? ¿No te habrás tomado una copita de más…?

—Me conoces de sobra, Juan, y no jugaría con estas cosas…

—Pues entonces estamos teniendo una invasión de extraterrestres ratoniles—dijo Juan colgando los teléfonos.

 Ahora fue Mario el sorprendido.

—¿Extraterrestres…? Me tomas el pelo porque no te lo crees, ¿verdad…?

—No, no… Es que desde hace una hora  más o menos no han parado de sonar los teléfonos avisando de que un extraño objeto ha aterrizado en las afueras de la ciudad y que de él han descendido ratas enormes que andan de pie paseándose por las calles. Más o menos como lo que tu me has descrito…. Hemos avisado al ejército, por si ellos sabían algo, aunque no nos han creído diciendo que no les gastemos bromas. Espero que no sea demasiado tarde.

En ese momento, las luces de la comisaría se apagaron y un enorme silbido sonó  por encima del edificio. Todos se asomaron a las ventanas al tiempo de ver, cómo un disco brillante pasaba zumbando sobre ellos y se perdía en el cielo cuajado de estrellas en un santiamén. Quizá los extraterrestres ratoniles pensaron que los habitantes del planeta con los que habían querido contactar, no tenían conciencia de que no eran los únicos habitantes del Cosmo y que había más entes diferentes poblando el espacio. Por eso salían corriendo cada vez que intentaban comunicarse. Quizás fuese mejor no hacerlo todavía.

 

Nicole Regez

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