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Agosto había llegado a Bilbao.  El calor en el bocho era agobiante por lo que, al alcalde,  se le ocurrió habilitar un sector de la ría como zona de baños. Se eligió el tramo entre el puente del Ayuntamiento y el del Arenal, convirtiendo el paseo en una especie de playa urbana con hamacas y chiringuitos. Turistas y residentes agradecieron la iniciativa, pero en pocos días comenzaron los rumores. Extraños sucesos ocurrían en el agua que hacían salir a los bañistas zumbando de allí,  muertos de miedo. Los mirones y paseantes también pudieron descubrirlos y el cuchicheo tomó forma, creciendo como una bola de nieve.

 

Se murmuraba que:

Estelas de agua surcaban velozmente el caudal, sin que se pudiese divisar quién o qué las producían.  Los mubles huían despavoridos y los patos alzaban el vuelo perseguidos por algún enemigo invisible. Surgían remolinos del fondo sin que hubiese razón para ello, arrastrando pelotas, barcas hinchables y algún nadador despistado que conseguía salir a duras penas…. y alguna que otra cosa  más,  que cada cual añadía a lo que escuchaba y repetía a su vez.

 

Todo eso era demasiado raro, decían los bilbaíno. Un espacio tranquilo como la ría  por el que solo navegaba alguna trainera y el barco turístico hasta Portugalete, no podía tener esos cambios de humor sin un motivo. Algunos creyeron divisar la imagen de una serpiente marina; otros dijeron que se trataba de un tiburón despistado y hasta hubo quien sugirió algo sobre los cangrejos del río diciendo que podrían haberse convertido en  gigantes a causa de algún vertido químico, atacando  a peces y patos para alimentarse. Otros más escépticos dijeron que  todo había comenzado al acotar la ría para convertirla en una piscina al aire libre. Pero nadie podía afirmar con rotundidad, ninguna de estas posibilidades.

Con la Aste Nagusía a la vuelta de la esquina, el alcalde de la ciudad quiso acallar los rumores para calmar a la población y evitar que las habladurías se extendiesen perjudicando las celebraciones. Se puso en contacto con las autoridades, tanto marinas como terrestres,  a fin de que tomasen cartas en el asunto para averiguar las causas de aquellos avistamientos.

 

Los buceadores encargados de descubrir qué o quién producía los sucesos en la ría, no encontraron nada extraño.  Examinaron palmo a palmo su recorrido desde el puente de San Antón, pasando por el Guggenheim, hasta la misma bocana del superpuerto en Santurce. Se ayudaron de unos robots de alta generación manejado a distancia desde el barco turístico que dejó de funcionar como tal durante unos días. Emplearon los sistemas de radar más modernos no dejando un solo rincón sin explorar siendo el resultado negativo.

No descubrieron nada anómalo en todo el recorrido a pesar de haber divisado las largas estelas de agua,sufrido los remolinos y comprobar la huída de peces y patos aterrados del enemigo  invisible. También las gaviotas comenzaron a inquietarse y se arremolinaban sobre las aguas piando con insistencia y lanzándose en picado hacia el caudal.

El consistorio, mediante un mensaje difundido por los medios de comunicación, solicitó a los vecinos tranquilidad pues no había nada de qué preocuparse. Aún así, se suspendieron los baños y  las orillas de la ría se vieron ocupadas por grupos de Ertzaintzas vigilantes día y noche. Querían descartar que los sucesos fuesen bromas de algunos gamberros pretendiendo asustar a los vecinos y reivindicar, al mismo tiempo, la no utilización de un espacio con tanta solera para bañistas domingueros y turistas. Las playas estaban cerca de Bilbao y se contaba con suficientes medios de comunicación para desplazarse hasta ellas.

 

Los preparativos para las fiestas siguieron su curso con más o menos normalidad y por fin llegó el día  más esperada por todos los bilbaínos, el que daba comienzo a  Aste Nagusía. Nueve días en que la capital se vestía de fiesta. La comida y la bebida se consumía en abundancia. La diversión estaba asegurada por los numerosos eventos convocados. Bailes populares, conciertos, teatros, corridas de toros, sokatira, concursos gastronómicos, Marijaia, Gargantúa, Gigantes y Cabezudos, comparsas….Bilbao bullía de actividad. Las txoznas instaladas en el Arenal lucían espléndidas aunque alguna  cuadrilla aún daban retoques de última hora en luces, banderitas o avituallamiento. Todo tenía que estar perfecto para cuando Marijaia apareciese en la plaza del Arriaga. La bienvenida por parte de los bilbaínos de tan excelso personaje se había preparado concienzudamente a lo largo de los últimos meses. El pregonero desearía felices fiestas a oriundos y visitantes; la txupinera daría inicio de éstas, lanzando el txupín; Marijaia saludaría con los brazos en alto desde el balcón del Arriaga  después de haber sido recibida por las autoridades con todos los honores debidos a su alcurnia y abolengo.

Y llegaron las seis de la tarde del día veinte de agosto.  El Arenal y sus alrededores  presentaba un aspecto impresionante. La plaza del Arriaga estaba llena a rebosar. El Gargantúa colocado en una de las esquinas tragaba niños, a una velocidad endiablada, por su bocaza abierta de par en par. Marijaia  con los brazos en alto exhibía una sonrisa de felicidad. Ya se había lanzado el txupín de comienzo de fiestas. Todos cantaban a voz en grito el estribillo de bienvenida a la mayor protagonista del acto. Una canción que sonaría, durante todas las fiestas, en cualquier rincón de la ciudad.

 

                  Marijaia bera …  gure Marijaia…  Bilbora etorri da… Aste Nagusira…

 

Los que estaban sobre el puente del Arenal y los que miraban el espectáculo al otro lado de la ría fueron los primeros en percatarse de la subida del agua. La marea estaba baja, pero inexplicablemente, unas olas serpenteantes recorrieron el caudal elevando visiblemente su nivel.Desde mi ventana es un libro de relatos de fantasía

Avanzaba tan rápido que, en pocos segundos, llegó hasta el mismo borde del canal. La gente comenzó a gritar y quiso huir temiendo una inundación pero, una fuerza extraña se lo impedía manteniéndolos pegados al suelo.  Los que se encontraban más alejados del borde ni siquiera se enteraron de lo que estaba pasando. De pronto, un ruido chirriante y ensordecedor se elevó sobre sus cabezas y todo el mundo  volteó su mirada hacia la ría.

Las luces se apagaron. La música dejó de sonar e, inexplicablemente, la gente dejó de gritar y cantar. Un silencio sepulcral se extendió por la zona.  La actividad se paralizó, como si el momento hubiese quedado congelado en el tiempo. Desde el fondo del canal y a la altura del Arriaga emergió una nave de aspecto extraño. La claridad lechosa  que emanaba de ella daba  un aura de irrealidad a todo el conjunto. Se escucharon las sirenas de la Ertzaintza y en un plis plas, las orillas de la ría se vieron rodeada por agentes con sus armas en posición de ataque. A pesar de que habían recuperado la capacidad de moverse, la multitud se mantuvo en su lugar para saber lo que ofrecía aquel insólito e inesperado espectáculo.

Cuando la escotilla de uno de los costados comenzó a abrirse, se escucharon los gatillos de las armas en posición de ataque. Las autoridades esperaban una  desbandada pero no se produjo, daba la sensación de  que la curiosidad en la gente era más fuerte que el miedo.

Una especie de rampa se extendió hasta posarse sobre el borde de la plaza. Desde el interior, comenzaron a salir unos seres larguiruchos y semitransparentes que, a duras penas, se mantenían en posición erecta. Un grito de asombro horrorizado se extendió entonces entre los presentes y algunos comenzaron a correr. El caos amenazaba con formar una escabechina entre los que antes habían permanecido curiosos ante la aparición de la nave, pensando que era parte de los eventos festivos; alguna sorpresa de último momento preparada por una de las comparsas. Otros se acordaron de los últimos sucesos en la ría y creyeron que su fin estaba cerca.

De repente una voz chillona y falta de modulación, intercalando extraños glub, glub, entre palabras se escuchó con claridad:

 

—Habitantes de la tierra somos amigo y venimos en son de paz. Nuestro hogar está muy lejos, en lo más profundo del Océano y hasta nosotros llega, todos los años,  ecos de vuestros cantos y festejos durante esta semana.

Después de unos cuantos glub, glub, glub… que le hicieron recuperar el aliento siguió su arenga.

—Este año, hemos estado observando los preparativos y al ver que no resultaba peligrosa para nuestro pueblo, decidimos venir a festejar con vosotros… si nos lo permitís.

Una musiquilla comenzó a brotar del artefacto al mismo tiempo que bailaban luces intermitentes en la parte superior. Los seres seguían bajando por la pasarela, ocupando el lugar que se quedaba vacío, al formar la Ertzaina con sus armas una barrera protectora, dispuestos a defender la seguridad de los bilbainos y bilbainas. El estupor en la multitud dio paso a una carcajada generalizada cuando reconocieron la música que surgía del artefacto y vieron moverse a los humanoides, al ritmo pegadizo de la canción de Marijaia.

Un clamor general se elevó aplaudiendo la llegada de los intrusos. La txupinera lanzó un nuevo txupín. Las fanfarrias volvieron a sonar. La Ertzaintza se retiró de la plaza a instancias de la gente. Ésta se mezclaba con los recién llegados, que aunque un poco resbaladizos, se les podía agarrar de los hombros o las manos.  A pleno pulmón y acompañados por las luces y música de la nave, cantaron el himno de Aste Nagusía saltando y bailando por toda la ciudad.

 

Aquel año las fiestas de Bilbao fueron especiales. Los habitantes del mar hicieron buenos amigos entre los oriundos que aceptaron invitaciones para conocer su ciudad submarina. Se hermanaron los pueblos y hasta surgió algún que otro romance, imposible de llevar a término por la diferencia de texturas corporales. La nave permaneció atracada en la ría y pudo ser visitada por los niños, siendo una atracción más y quitando algo de protagonismo al Gargantúa. En fín, fué una Aste Nagusía muy sonada y acudieron multitud de foráneos para conocer a los extraños visitantes que, desde el fondo del océano, habían venido a celebrar las fiestas de Bilbao, animados por el gran ambiente que les llegaba desde la ciudad hasta su hogar en el fondo del Océano.

FIN

 

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