Buenas noches: ¡Qué recibimiento tan bonito! Igualito que en mi casa. Y es que, ser ama de casa es una cuestión muy delicada. Si lo buscas en el diccionario, te dan ganas de echarte para atrás.
Ama de casa, su definición es: señora y criada principal. ¡Toma ya! Lo de señora lo asume una enseguida. Tan pronto como tu marido asume lo de criada principal.
Pero la culpa es nuestra. Porque claro, una exhibe sus armas de mujer y, él deja que te lo creas, abusando. ¡Tonta de ti!, tardas en darte cuenta de que tus armas son ser una esclava.
Primero tu físico, porque anda que no hay competencia. Y los hombres, hombres, escasean. Y lo gordo es que se creen el sexo fuerte, ¡cuando no éramos más que espermatozoides y ya los superábamos! Por eso nacen más niñas. Pero todo tiene sus contraindicaciones. Ahora… no hay hombres para todas. Y, desde niña escuchas, tú, eso de: armas de mujer para conquistarle y luego para retenerle. Como le quieres, le preparas la comida, le das masajes, limpias la casa, lavas, planchas, coses… puntos suspensivos.
Me río yo de las armas de mujer. Cuanto más super-woman eres, más desastre es tu marido. ¡Como tiene criada! Él va marcando territorio. Y tú, recogiendo y limpiando.
Esclava hasta para entenderles. Y no por listos. Sino por listos. En general, benditas excepciones ¿ Y nosotras igual? Ja. Poco a poco. De aquí viene la frase de armas tomar. Cuando vosotros seáis tan eficaces. Pero de entrada, si te quieres llevar bien con tu marido y no ser una esclava, tienes que estudiar psicología y defensa personal. Sí, sí… estamos hablando de un hombre. No de los que maltratan. Vamos a imaginarnos con suerte. Un hombre inteligente. Que nos quiere, o por lo menos, que se quiere tanto a sí mismo que desea una buena relación de pareja. Contigo. Le convienes. ¡Ya sabes! Con tus armas de mujer, y no quiere vivir malos rollos. A pesar de todo… defensa personal.
Que acabas esclavizada, que te camela, que te desvives por él.
Cuando te pide las zapatillas o el pantalón, si le dices que lo coja él, te suelta, con naturalidad y cara melosa, para seguir manipulándote, que no están donde él los dejó. Claro, cariño, (porque lo de puñetero viene con los años) cariño, ¿no pretenderás que sigan las zapatillas en mitad del salón desde ayer? o los pantalones tirados en el servicio ¿no? Pero tú se los das
( y no por las armas de mujer, que te hacen más eficaz en todo), sino porque te acuerdas de la última vez que se vistió él solito. Parecía que habían robado en la habitación. Toda la ropa tirada por la cama, el suelo… bueno, todo no. Un calcetín colgaba de un cajón, y alguna camisa hacía equilibrio para no resbalar de la percha. Hasta había una agarrada por una manga.
-¿Pero esto qué es? Y te responde
– Es que no encontraba los pantalones que me puse ayer.¡ Hombre…! Están en la lavadora.
– Y ¿por qué los lavas?
Y te das un cabezazo, porque para colmo, tus hijos lo ven, y, no te imitan a ti, no. Lo imitan a él.
Por donde pasan los niños no queda nada en su sitio. Tú eso no lo puedes consentir… y lo recoges. ¿Dónde están tus armas? En hacerlo todo. Necesitas defensa personal. ¿Armas? tomad, usarlas vosotros.
Si es que parece que nos va la marcha. Yo, por lo menos, acabo ejerciendo absolutamente de todo. Hasta de médico…porque si tú no estás pendiente, no se toma la medicina. Y se ponen tan mimosos, cuando están malitos. Y claro, ¿qué haces? De madre. ¿Hay algo más esclavo que una madre? Pues toma, por si fuera poco, te conviertes en la madre de sus hijos. Nuevos tiranos. Y encima te echa la culpa de su mala educación. Pero ¿a quién imitan? ¡Ah! Tú eres la educadora.
Y para ahorrar les haces la ropa, o se la arreglas. ¿Cuándo pensaste en ser costurera?
¡Ah! , y si el dinero no llega, no es que su sueldo sea una mierda, es que no te administras. Economista y Secretaria, pues, ¿A quién le toca abrir la puerta? Armas de mujer ¡Vaya timo! Cuantas más armas, más esclava. Y ya no te libras. Aunque encuentres trabajo fuera, que sólo será si es compatible con tu ajetreada vida, nadie te liberará de los cargos anteriores.
¿Qué os voy a contar? Pues sí, os lo voy a contar, porque no os interesará, pero no veas como desahoga. ¡Qué vida esta! ¿Vida? ´¡Qué agonía! Yo me busqué un trabajo para escapar. Como hacía falta el dinero, tenía una excusa, de ayudante de cocina. Fregando y eso. ¡Qué alegría! Me hinché a currar, eso sí, pero…mi trabajo se pagaría. Jornada intensiva. Salgo a eso de las siete, reventada, pero digo, mira, me he ganado mi jornal, ahora a descansar. Como hace mi marido, cuando llega a las tres, que se tira en el sofá y, aquí me las den todas. Ja, para llegar al sofá. Casi me mato en la entrada, con los cochecitos de mi hijo, tirados por el suelo. Me di un batacazo que todavía me está doliendo. Para entrar, primero tuve que recoger ¡qué desastre! Era para verlo. Todo por medio. Todo, si hasta había cristales por el suelo. Mi hijo, dando volteretas, que se había cargado la vitrina. Y mi marido lo había dejado ahí, para que yo viera lo que había hecho. Manda narices. Y, mamá queremos merendar. Pero cómo ¿tampoco les has dado la merienda? Queríamos esperarte. Como estás cansada y sin ganas de discutir… a la cocina. ¡Buf! ¡Otro horror! Mi cocina, que sólo es un pasillo, llena de cacharros sucios hasta arriba. Y no quedaba, ni un cazo de la olla que había cocinado la noche anterior.
-Enseñarle a mamá quién se lo ha comido.
-¿Y ese perro?
– Con pedigrí, ahora que tú trabajas, podemos permitírnoslo.
– (Iba a gritar, pero no, leo psicología) – pues ya puedes devolverlo, porque mañana me despido. Buenas noches. Y que conste que no me quejo. Mejor ser mujer que necesitar una.