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Raquel entró con sigilo y con miedo. Corrían tantas historias sobre aquel lugar, leyendas urbanas según la Dra. Casagrande, que habían construído una imagen dantesca de la cuarta planta de aquella institución. Nunca antes la había visitado a pesar de estar tentada en numerosas ocasiones. Los diferentes empleados, visitantes y residentes relataban espantosos y espeluznantes sucesos. Ninguno se había podido corroborar, pero dado el delicado equilibrio emocional de los que allí moraban, era fácil aceptarlos como verdaderos porque se precibía como una opotunidad de protesta y resitencia ante la posibilidad de establecerse allí de forma permanente. Era la ocasión para reprochar las decisiones de los familiares ansiosos por quitarse el problema de encima. Era como una guerra psicológica que empezaba el mismo día que los hijos resolvían que ya no podían atender a sus padres nonagenarios en condiciones normales en su propia casa. Casi siempre se llegaba a esa conclusión después de varios meses, incluso años, de entradas y salidas del hospital como consecuencia de caídas accidentale, deterioros funcionales, inestabilidad mental, ausencia súbita de signos vitales o una simple gripe que a esas edades era capaz de provocar un quebranto definitivo.

Le sorprendió no encontrar ningún enfermo por los pasillos, con los ojos desorbitados y desgreñados, gritando y enarbolando sus batas y pijamas como armas peligrosas, mientras los celadores intentaban contenerlos y devolverlos a sus respetivas habitaciones. Se adentró por los pasillos com la misma tranquilidad que lo hacía en el primer piso. Las enfermeras que encontraba por el pasillo vestían igual y la saludaban con una sonrisa si cabe más cariñosa. Incluso los gritos sordos que salían de las habitaciones se parecían, pero en este caso no entendía nada de lo que decían. A medida que avanzaba se le desmontaba la idea preconcebida que tenía y eso la reconfortó un poco pensando que su abuela no estaría tan mal allí. Sí percibió que hacía más frío pero pensó que sería para tener más controlados los gérmenes teniendo en cuenta el delicado equilibrio de los inquilinos. Para todo encontraba una respuesta con la que pretendía calmar los remordimientos que sentía.

Cuando entró en el cuarto —no podía tener otro nombre aquel habitáculo indecente— se le vino abajo todo el optimismo que se había generado durante el trayecto inicial. Cuantro paredes, sin ventilación y sin ventanas, ocupadas por dos camas entre las que apenas quedaba un pasillo donde se tenía que entrar de perfil si no se querías quedar trabado. Aquel cuchutril no debería tener más de diez o doce metros cuadrados.

Encontró a su abuela bajo una montaña de mantas con los ojos cerrados y completamente inmóvil por el peso de aquel ropaje. La besó con cariño mientras se le derramaba una solitaria lágrima que se aposentó sobre el rostro de Elena. Esta reaccionó con una emocionada sonrisa a la vez que le indicó que se le acercara al oido.

¿Cómo estás Raquelita?

Triste, muy triste, abuela.

Estoy bien aunque no lo parezca.

¿Por qué lo hiciste?

¿A qué te refieres, hija?

Al espectáculo… A decir que habías sido tú quien había matado a tus compañeras.

En ese momento entró la enfermera con energía como dando por concluido el «modo noche» como si a la mayoría de los enfermos de allí les importara o supieran distinguir si era de noche o de día.

¿Eres familiar de Elena?

Si, soy su nieta preferida.

Pobrecilla, lo que le ha pasado.

Todavía no me lo creo.

Poco importa ya. Ahora no habla ni se comunica. Está en su mundo, en otra dimensión inaccesible para nosotros. Pero le vendrá bien tu compañía.

Vendré cada día, se lo prometí.

Puedes venir cuando quieras, pero ya ves que el espacio es muy limitado.

¿Por qué hace tanto frío aquí?

Ja, ja, ja. Ya sé a qué te refieres. Las malas lenguas dicen que para adaptarse al frío de la muerte que en muchos casos es inminente aquí.

¡Qué crueldad!

La verdad es que llevamos semanas con la calefacción averiada.

No sé qué pensar. Tiene muy mala fama esta planta.

No te precupes, bonita. Son chismes y habladurías infundadas. Tu abuela va a estar bien cuidada aquí. Ya lo verás. Ahora déjame un momento que tengo que tomarles las constantes.

Salió al pasillo y comprobó que había un poco más de movimiento. Se le ocurrió caminar por ellos para echar un vistazó al resto de habitaciones y comprobó que todas eran iguales con la diferencia que en algunas la vida exterior podía entrar todavía por unos pequeños ventanucos. Cabizbaja no podía dejar de pensar en el día anterior cuando su abuela se autoinculpó de los crímenes. No lo entendía, pero ademas sabía que era imposible, que ella no había sido. ¿Por qué lo hizo? Esa pregunta no dejaba de atormentarla.

Ya estoy aquí de nuevo. Puedes abrir los ojos.

Tenemos que ser muy discretas o nos descubrirán…

No te preocupes ahora estamos solas.

Acércate.

Elena le dio un cariñoso tirón de orejas acompañado después de un beso silencioso.

Ya sabes que no me gusta que vayas diciendo por ahí que eres mi nieta favorita.

Pero lo soy, ¿no?

Pero eso no se dice, queda mal.

Yo nunca miento y hablando de mentiras me vas a decir de una vez por qué montaste aquel drama que te ha llevado aquí.

Deberías saberlo, Raquel.

No entiendo.

Lo he hecho por ti. Para protegerte.

Protegerme a mí. ¿De qué?

De ti misma y de la justicia.

Pero ¿qué dices? ¡A ver si te has vuelto loca de verdad!

Dijiste que habías sido tú. Lo vi en tu mirada.

¡¿El qué hice yo?!

Pues eso, matarlas para evitar que me eharan de la habitación. No te culpo lo has hecho por mí, es mi culpa.

Definitivamente estás loca. ¡Yo nos las maté!

Vamos no me tomes el pelo —Elena abrió esta vez los ojos completamente.

¡Yo nos las maté, ni tú tampoco!

Entoces, ¿a qué te referías cuando dijieste que habías sido tú?

Yo presioné a la dirección y a la doctora para que no te trasladaran a otra planta. Para que te dejaran allí, para que no te dieran el alta porque aún no estabas recuperada del todo. Ellos me decían que necesitaban la cama porque había gente más necesitada esperando. Fui infinidad de veces a su despacho implorando comprensión, incluso lo perseguí hasta su casa. Y lo mismo hice con la Dra. Casagrade.

¿Qué..qué… me estás contando mu…mu…muchacha? —tartamudeó Elena.

Creí que habían decidido cerrar la habitación por culpa mía, por haberlos presionado tanto y que te enviarían a casa sin estar bien del todo. Por eso me puse histérica…

Elena ya no pudo contestar. Lloró todo lo que no lo había hecho durante años. Se derrumbó por completo cuando comprendió la dramática situación y lo que era peor: había emprendido un camino sin retorno. Pasadas unas horas dejó de llorar. Se secó las lágrimas ceremonialmente ,miró a su nieta y la abrazó como si fuera la última vez que lo haría. Se le acercó al oído y le dijo:

Quedas liberada de visitarme. Ya estoy muerta.

No dijo nada más. Se dió media vuelta en la cama y dejó que la mirada se le perdiera en la pared. Era blanca y sin ninguna decoración pero a ella ya no le importaba porque así iba a dejar su mente. También dejó de hablar. Raquel la abrazó desconsolada. Se tumbó en la cama junto a su abuela y no dejó de abrazarla hasta que las interrumpió la Dra. Casagrande.

¿Cómo está tu abuela?

Raquel se incorporó y se secó como pudo el mar de lágrimas que brotaban de sus ojos.

Vealo usted misma —contestó con cierta insolencia.

No llores, tu abuela estará bien. Yo me ocuparé de que así sea.

Mi abuela no se ha vuelto loca, ella no ha matado a las ancianas, es incapaz de hacerlo… Tiene que sacarla de aquí.

Nada me gustaría más. Todo está en manos de la policía… Pero su confesión no ayuda y además desde ayer que se ha quedado como en un esatado de ausencia total. No habla, no se comunica de ninguna manera. Siempre está con la misma postura. Está como cataléptica.

No sé que significa esa palabra, pero no es verdad. Ahora mismo está llorando.

Es una acto reflejo. Suele pasar.

La convesación fue interrumpida por una llamada que entró en el teléfono móvil de la doctora.

Debería venir a mi despacho inmediatamente —le habló al otra lado el director del centro.

Estoy con una paciente. ¿Es urgente?

Mucho. Ha vuelto a ocurrir.