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Cómo puedes decir algo así, cuando ni siquiera me conoces —contestó ella por fin.

Por eso precisamente me encantaría conocerte. Mejor dicho, me hubiese gustado conocerte hace unos cuantos años.

—Te tengo que dejar. Se ha hecho muy tarde. Buenas noches y feliz navidad de nuevo —se excusó Rhona. No podía seguir con aquella conversación, estaba demasiado alterada.

Buenas noches, y feliz navidad para ti también. Un beso.

Y por primera vez le envió un emoticono de esos que se envían en las conversaciones de Facebook, un conejito que tiraba un beso con forma de corazón.

 

Durante la siguiente semana Jaime no volvió a dar señales de vida, Rhona llegó a pensar que la última conversación había sido algo fruto de la época en que estaban, o que se hubiese pasado de copas y dijo lo primero que le vino a la mente.

Llegó fin de año y Daniel le comunicó durante el desayuno que lo celebrarían fuera de casa.

—No quiero que vuelvas a hacerme quedar en ridículo delante de mis invitados —le dijo con toda la crueldad de la que fue capaz.

—Tranquilo, no lo haré. Para eso ya estás tú que eres un maestro. Fuiste tú el que me avergonzaste a mí la otra noche, por si no te habías dado cuenta.

Rhona se negaba a darle la satisfacción de que notase lo mucho que la hería, por eso con toda la dignidad que pudo reunir dio media vuelta y se fue a la cocina. Una tila le calmaría los nervios y le daría tiempo a serenarse antes de decirle a su marido que tenía unos recados que hacer. Había quedado con sus amigas y a él nunca le cayeron bien, así que mejor no dar tres cuartos al pregonero.

Había quedado con Lola y Maia para hacer las últimas compras antes de reyes, y tomar el último café del año. Rhona quería añadir algún complemento a los cuantiosos regalos que tenía preparados para las chicas, ya que, como cada año, todo le parecía poco para ellas. Y aunque el motivo real fuese ese, el secundario era que no podía callar por más tiempo. Quedaron en la granja de siempre, donde los cafés sabían a gloria y no solo era por el café que servían, era por la compañía, mínimo una vez a la semana se encontraban las tres amigas para desayunar y ponerse al día. Rhona decidió que aprovecharía esa mañana para ponerlas al corriente de su secreto.

Llegaron, se abrazaron, se besaron, como cada vez que se veían aunque hubiese sido el día anterior, hasta que Maia se separó un poco de ella y le espetó a bocajarro.

—¡Nena! ¡Te ves genial! ese brillo en los ojos hace mucho tiempo que no te lo veo, tú nos ocultas algo.

Rhona se quedó sin habla y un calor subió por su vientre hasta la cara haciéndole sudar a pesar del frío.

—Tranquila, cariño, ese rubor lo achacaremos a la menopausia. —Salió Lola a defenderla.

—Sentémonos, por favor —pidió Rhona—, lo cierto es que sí, tengo algo que contaros y espero que me deis vuestro consejo.

—¡¡Por fin te has desecho de tu marido!! —Celebró Maia con alegres palmadas.

—Frío, frío —contestó Rhona intentando ganar tiempo a la vez que sonreía.

Se sentaron. Pidieron capuchinos y unos cruasanes para las tres. No sabía por donde empezar así que las dos se acodaron en la mesa mirándola fijamente, esperando lo que para ellas sería una bomba.

—Alguien me tira los tejos —soltó de golpe y se tapó la cara con las manos.

—¡¡¡¡Qué!!!! Cuenta, cuenta —dijeron las dos casi a la vez.

—Antes de que empieces, creo que necesito algo más fuerte que un café —bromeó Maia haciendo ver que llamaba al camarero.

—¿Quién es? ¿Lo conocemos? ¿Es guapo? —Asaetó a preguntas Lola.

—Por favor, esto es muy violento para mí, no me lo pongáis más difícil.

—Tranquila, cariño, empieza por el principio, tenemos toda la mañana —concedió Maia—. No tengo trabajo hasta esta tarde, tengo que enseñar un diseño, espero que a la clienta le guste y no me haga modificarlo mucho —se quejó haciendo un mohín y frunciendo el entrecejo.

—Pues yo tengo todo el tiempo del mundo —celebró Lola—. No tengo guardia hasta pasado mañana.

—Pues yo estoy en dique seco, desde que Jaime me habla no soy capaz de hacer nada decente, de verdad, estoy hecha un lío.

—Así que se llama Jaime… hmmm me gusta ese nombre —bromeó Maia.

—Deja que hable antes de que se arrepienta —cortó radical Lola.

Después de aquella pequeña tomadura de pelo por parte de sus amigas, intentó ponerlas en antecedentes de lo que le sucedía desde hacía más de medio año, les explicó que en un principio pensó que era alguien que se sentía tan solo como ella, pero la noche de navidad le había dicho que le gustaba, les dijo, y les tendió el móvil para que leyeran la conversación.

—Que suerte, yo en una página de contactos y no me sale nada que valga la pena —se quejó Lola—, y tú sin buscar, ¿por que ha sido sin buscarlo, deduzco?

Las tres habían tenido matrimonios bastante nefastos, por eso siempre se habían apoyado las unas a las otras. Maia era diseñadora de modas y desde el primer momento se dio cuenta que su marido pasaba demasiado tiempo en el taller, incluso le gustaba pasearse por la sala de pruebas, con el consiguiente cabreo de alguna clienta o el agrado excesivo de otras. Lola, algo más joven que ellas dos, era la más resuelta, era médico y especializada en  psicología, se había separado a los dos años de casada con un bebé de meses, una jabata, había sacado a su hijo adelante sin ninguna ayuda y estaba orgullosa de ello, pero se sentía sola y aunque no quería una relación estable, sí le apetecía encontrar a alguien con quien salir de vez en cuando a tomar un café, o algo más si les apetecía a los dos. Por eso estaba en una página de contactos para mayores, pero todo lo que pululaba por allí tampoco era que valiese mucho la pena. Ella era una mujer culta y no buscaba solo un revolcón, para eso cualquier compañero del hospital le servía, ella necesitaba alguien con quien mantener una conversación interesante de vez en cuando y un abrazo cuando sintiera sus fuerzas flaquear.

 

 

—¡Pues claro que no he buscado nada!, aparte que no hay nada… solo hablamos por Messenger —aclaró Rhona.

 

Después de hablar casi una hora, sus amigas estaban boquiabiertas, de ella no hubiesen imaginado nunca algo así.

—¿Qué piensas hacer? —Preguntó Lola, después de un largo silencio por parte de las tres.

—No lo sé, os lo he contado porque estoy hecha un lío, es algo que me supera.

—¿Pero a ti te gusta? —Esta vez fue Maia la que preguntó.

—Ese es el problema, no lo sé. Lo paso bien en nuestras charlas. Me dice cosas bonitas que hace mucho tiempo no me decía nadie, en definitiva, me hace sentir viva —confesó ella.

—A ver que te parece; estamos en fiestas y ya sabemos que en estas fechas todo el mundo es cariñoso, a veces de más. Deja pasar las fiestas y cuando volváis a hablar le preguntas sus intenciones —aconsejó Lola, a lo que Maia estuvo de acuerdo.

—Bien, dejaré pasar estos días y veré que pasa.

—Pero nos mantienes informadas, ¿eh? —insistió Maia, guiñándole un ojo.

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Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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