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 “Tienes una petición de amistad”.

 

Anunciaba el simbolito de Facebook.

Rhona no era de hacer mucho caso a aquellas solicitudes, pero desde que había decidido dedicarse en serio a su vocación, necesitaba toda la publicidad posible, así que no se lo pensó dos veces; aceptó.

La persona que le pedía amistad era un hombre de mediana edad y que en su foto de perfil no se veía nada mal. No lo conocía de nada, aunque tampoco le dio demasiada importancia. Era raro el día que no se asomaba alguien a su perfil, algunas personas se quedaban y otras sencillamente chafardeaban. A ella ya le iba bien que mirasen y compartiesen sus trabajos. Le iba bien toda la publicidad que de alguna manera le ofrecían las redes sociales, había dado un paso al frente y aunque estaba aterrorizada por lo que había hecho, no se arrepentía en lo más mínimo.

Después de casi treinta años de matrimonio había decidido que había llegado la hora de realizar su sueño, necesitaba darle un aliciente a su vida. La rutina y el aburrimiento habían deteriorado tanto su matrimonio que ya no se sostenía por ningún lado, la culminación había llegado cuando le dijo a su marido que quería dedicarse a lo que siempre le había gustado. Quería saber si era capaz de realizarse como artista. Cuando se casaron dejó de lado su sueño de pintar y esculpir, de crear, Daniel la convenció para que se dedicase a su “familia” le dijo, y al llegar las hijas ya le fue imposible negarse, pero ahora sus hijas se habían independizado y ella tenía demasiado tiempo libre.

Cuando vio el momento oportuno habló con Daniel, no era fácil hacerlo, siempre había prioridades por delante de ella, así que cuando le comunicó que había pensado habilitar como estudio-galería el pequeño local que había heredado de su padre, Daniel se puso furioso.

—Vas a descuidar tus deberes como esposa.

—Por eso no te preocupes, estoy segura que podré compaginarlo.

—Es absurdo que a tu edad pretendas dedicarte a emborronar lienzos o doblar hierros oxidados.

—Siempre ha sido mi sueño, creo que ha llegado el momento —dijo con la voz apagada, sin responder a sus críticas. Se daba cuenta que estaba perdiendo la batalla.

—Necesitas un psicólogo —fue la escueta respuesta que obtuvo de su marido.

Salió del comedor con lágrimas en los ojos y se encerró en su habitación, en eso le llegó un whatsapp, era de Lola, una de sus mejores amigas, le preguntaba si ya había sido capaz de comunicarle a su marido la decisión que había tomado.

La respuesta había sido una llamada llena de lágrimas e ira.

—Te anula como persona ¿no te das cuenta? —Decía Lola.

—No es eso, sabes que su trabajo es muy importante para él, los auditores tienen mucha responsabilidad y cuando llega a casa quiere que todo esté perfecto.

—No te engañes, lo estás justificando —matizó Lola—, para él solo eres su criada, ¿desde cuándo no hacéis el amor?

—¡¡Lola, por dios!!

—Si quieres seguir como hasta ahora, tú misma.

—Nada me apetece más que hacer mis pequeñas obras de artesanía, pero no sé, no quiero que me abandone.

—Tranquila, eso no va a pasar, dónde va a encontrar a otra tonta que lo aguante. Piénsatelo y mañana hablamos, no te agobies —sugirió su amiga, dejándola con sus palabras resonando en la cabeza.

Aquella mañana al levantarse tomó la decisión más importante de su vida. Daniel estaría toda la semana fuera, así que se puso manos a la obra, llamó a Lola y a Maia, sus amigas de toda la vida, y entre las tres acondicionaron el local, aquel sería su estudio, dejaron la parte delantera como exposición ya que tenía una cristalera enorme y serviría de pequeña galería. Daniel de momento ni siquiera tenía por qué enterarse, y cuando lo hiciera, sería un hecho consumado.