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Dos semanas antes de navidad, Daniel organizó la primera fiesta prenavideña. Rhona estaba acabando de preparar la mesa cuando su marido se acercó y miró despectivo el detalle que ella había puesto dentro de los platos.

—¿Qué es eso que has puesto como servilletero? —Preguntó Daniel con rabia.

—Es un detalle, para tus invitados… los he hecho yo ¿No te gustan? —Preguntó nerviosa, viendo la reacción de su marido.

—¿Qué significa esto, Rhona?, ¿sigues haciendo tus chorradas? No creas que me vas a dejar en ridículo con eso que tú llamas artesanías. ¿Desde cuándo, Rhona?, ¿desde cuándo me estás viendo la cara?

—Daniel, por favor, no te lo tomes así.

—Contéstame, desde cuándo, es fácil —insistió.

—Hace unos meses, estoy sola todo el día, no hago daño a nadie. —Casi temblaba al contestar.

—Pensé que habías entrado en razón.

Daniel se dio media vuelta y se fue al estudio, cerró la puerta y se puso a revisar unos documentos. Rhona sabía que cuando se enfurecía era mejor no molestarlo, se enjugó las lágrimas y siguió preparando la cena para los diez invitados de su marido.

La cena transcurrió con una tensa calma por parte de Daniel, con los invitados era una balsa de aceite, con ella solo miradas reprobatorias. El problema se acució cuando una de las señoras, esposa de uno de los socios de Daniel, elogió sobremanera el detalle que Rhona había preparado, Daniel casi la fulminó con la mirada.

—¡Oh!, me encanta, que preciosidad de servilletero, me tienes que decir dónde los has comprado, tengo que hacer unos regalos y esto sería perfecto —dijo otra de las invitadas.

—Gracias, me alegro que te gusten, los hago yo, desde siempre me ha gustado la artesanía y el reciclado de metal, así que me animé a hacer mis pequeñas piezas, tengo una página en Facebook con mis diseños, si te apetece puedes pasar y ver lo que hago —se atrevió a comentar Rhona, aunque más parecía que estaba pidiendo perdón, mirando de reojo a Daniel.

—Desde luego, son divinas, ¿me venderías alguna?

—Claro, cuando quieras quedamos y te las enseño, y también las puedo hacer por encargo.

—¡Daniel! Qué callado te lo tenías, tu mujer es toda una artista y no nos habías dicho nada. —Comentó maravillada la invitada, pesando que elogiándola ganaría puntos con él.

—Eso dice ella, se lo tiene muy creído eso de emborronar lienzos y hacer cuatro bagatelas —dijo intentando disimular la rabia que sentía.

—Lo es, Daniel, lo es, y son piezas preciosas, con un estilo único y de eso entiendo. —Corroboró ella.

Daniel quiso zanjar el tema, le molestaba que Rhona, fuese el centro de atención con sus estúpidos servilleteros.

Terminada la cena, los invitados pasaron a la sala a tomar el café y las copas, en ese momento, Daniel fue tras ella a la cocina y le montó el gran pollo, diciéndole en un tono bajo y amenazante que nunca se había sentido tan avergonzado de ella en su vida, que no volviera a pasársele por la cabeza hacer algo semejante en ninguna otra de sus reuniones, ni con sus invitados.

Rhona estaba escuchando a Daniel sin entender su comportamiento, qué daño hacía ella con su afición, ¿por qué le molestaba tanto que a la mujer de su socio le gustase su trabajo? No  podía entender un comportamiento tan egoísta. La cabeza le daba vueltas, no podía dejar de preguntarse por qué tenía que pagar un precio tan alto por mantener su matrimonio. Daniel nunca ponía nada de su parte, nunca valoraba sus iniciativas o sencillamente zanjaba los temas con un rotundo no. Se fue dejándola con la palabra en la boca, así que, en cuanto pudo, subió y se sentó ante al pequeño escritorio que tenía para ella en un rincón del dormitorio, ya que en el estudio de su marido era impensable colocar su ordenador; por muy portátil y pequeño que fuese, a él le molestaba. Eran las dos de la madrugada y estaba rendida, pero no tenía sueño, estaba muy nerviosa y no hubiese podido dormir.

Daniel se había quedado en el despacho con dos colegas a tomar la última copa y tratar un par de temas, le dijo, ya que nunca le explicaba sus negocios y ella con el tiempo había aprendido a no molestarse por su falta de sensibilidad.

Encendió el ordenador, por tener una compañía, aunque solo fuese virtual y mandó un mensaje a cada una de sus hijas, quería felicitarlas por las fiestas y no quería llamarlas por teléfono, no quería molestarlas y que notasen la tristeza de su voz, así que el mensaje era optimista, los problemas que ella tuviese con su padre no tenían por qué perjudicarlas a ellas.

Abrió el correo electrónico y dejó sendos mensajes, y ya de paso, echó una ojeada al Facebook, redactaría un mensaje de felices fiestas a todos los clientes que tenía agregados como amigos. Justo abrió la página cuando en  unos segundos saltó el Messenger.

 

Tiene un mensaje nuevo.

 

Felices fiestas con antelación, ¿Todavía levantada? —Saludó Jaime.

—Felices fiestas para ti también, hemos tenido invitados y no podré conciliar el sueño, y ¿lo tuyo?, ¿también es insomnio?

Casi, pero no, lo mío es trabajo. Tengo que entregar unos informes y tenía que terminarlos sí o sí, y mañana no voy a poder, se me presenta un día bastante complicado.

Rhona no esperaba volver a hablar con Jaime y menos en esos días, se quedó bastante sorprendida, tanto por la hora, como por la felicitación, cada vez tenía menos idea sobre qué pensar del extraño personaje.

¿Has hecho negocio? Son días de regalar, espero que tengas lista de espera. —Retomó la conversación Jaime.

—Para nada, jajaja.

Le hizo reír el comentario.

Se está perdiendo el espíritu navideño —se quejó Jaime.

Los regalos navideños son un invento de los centros comerciales, están en decadencia.

—A ver, a ver, explícame eso.

Pues es simple, la gente con la crisis va justa de dinero, así que se escudan en que es una fiesta comercial y nadie quiere ser convencional.

Lo has definido a la perfección.

Es una pena, a mí me encantan las fiestas por muy comerciales que sean jajaja. —Confesó Rhona.

De verdad, nunca había oído una definición más perfecta.

—Será leído —corrigió Rhona de buen humor.

Caray, voy a tener que vigilar, señorita Rottenmeier, jajaja —le siguió el juego Jaime—. En tu caso a mí también me gustarían los días comerciales.

No es por vender, apenas soy una aficionada, es que soy muy romántica y me encanta más, regalar, incluso, a que me regalen.

¿Qué me regalarías a mí? —Preguntó de pronto Jaime—. No se trata de que me lo regales ¿eh? Que los tiempos que corren no están para extravagancias.

Ufff, que complicado, no te conozco lo suficiente, a ver, déjame pensar… una entrada para el teatro.

—¡Ah! Me encanta, y ¿Qué obra iríamos a ver?

¿Iríamos? Yo no, a mí el teatro musical no me va demasiado, te regalaría una entrada para el Gaudi, hacen “El hombre con el que sueñan las mujeres cuando sueñan con hombres” jajaja.

O sea, a ver si lo entiendo, me invitarías al teatro a ver una obra que a ti no te gusta. ¡¡Pues muchas gracias, señora!!

Perdón, perdón, creo que no pensé bien el regalo, lo cambio por una exposición fotográfica, ahí si te acompañaría.

—Eso me gusta más.

—Y tú a mí ¿qué me regalarías? —preguntó ella sin pensar, arrepintiéndose al momento de su atrevimiento.

—Pues a ti creo que te regalaría un libro.

—Me encanta leer ¿Cuál?

—Los hermanos MacCabe 3 No te enamores de tu enemigo.

—No lo conozco, pero el titulo promete jajaja, lo tendré en cuenta. —contestó Rhona intrigada por el significado del título.

Lo de la exposición me encanta, sería un placer acompañarte, además, con un interlocutor se hacen más interesantes que si uno va solo.

Me gustaría, pero tengo poco tiempo libre —se excusó Rhona—. Se me ha hecho tarde, te tengo que dejar, buenas noches.

Buenas noches, me encantaría conocerte, eres una mujer muy interesante. —Se despidió Jaime.

Quisiera presentarme, mi nombre es María Teresa Mateo, nací en Sabadell provincia de Barcelona allá por octubre de 1960, por lo tanto soy de signo Libra, dicen que el símbolo del equilibrio, dejémoslo ahí. Soy catalana hija de andaluces, de Córdoba concretamente. Nunca destaqué en ningún deporte, ni fui brillante en mis estudios, aunque en mi defensa debo decir, que creo ser la única criatura en el mundo, que hace pellas en clase para irse a leer a la biblioteca. Acabé mis estudios sin pena ni gloria, empecé a trabajar en el negocio familiar y nunca dejé de leer, ni un solo día, la lectura fue (y sigue siendo) mi pasión, hasta que empecé a escribir; Y empecé por casualidad, todo el mundo me incitaba a la locura, yo creí estar más cuerda que ellos, hasta que ganaron la batalla. Aparte de escribir y leer, hago otras cosas: Tengo un negocio de perfumería y estética, estoy casada, y tengo dos hijos.
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