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Los días pasaban pero Ramiro no aparecía, el radio de búsqueda se había ampliado a muchos kilómetros a la redonda, abarcando varios pueblos bastante distantes entre sí, pero con la esperanza que alguien lo hubiese visto o encontrado, que lo hubiese llevado a su casa y él no supiera decirle exactamente dónde vivía, algo bastante inverosímil ya que lo normal si encuentras a alguien perdido es llamar a la policía, aunque sabemos que hay gente muy rara por el mundo, por eso tampoco descartaban que pudiera pasar, y no cerraban ninguna posibilidad por remota que esta fuera.

Los perros rastreadores tampoco fueron la solución, iban del centro del pueblo hasta un par de calles más abajo de su domicilio, allí se sentaban y se perdía el rastro, eso les hacía pensar que se había subido en algún coche.

Los voluntarios al final dejaron de acudir, ya no sabían dónde más buscar, se había peinado el bosque de arriba abajo, se habían empapelado las ciudades y pueblos de los alrededores y seguían sin tener noticias de Ramiro.

Había pasado más de un mes, los llantos habían disminuido, las ojeras se habían acentuado, las noches sin dormir se sucedían una a otra, la vida continuaba.

La excedencia que le concedieron a Yolanda en el trabajo había terminado y también debía volver a la universidad, por muchos apuntes que le pasaran los compañeros, llegó el momento en que tenía que asistir de nuevo a las clases. Lo que ella y los voluntarios podían hacer, estaba hecho, ahora tocaba hincar codos y sacar el año, igual cuando despejase un poco la cabeza le venía algo, una idea, un recuerdo, algo que sirviese para poder tirar del hilo y saber por fin qué había pasado con su hermano, cuanto más tiempo pasaba más lejos estaba la posibilidad de encontrarlo con vida.

—¿Algo nuevo sobre mi hermano?

—Buenos días, yo también me alegro de verte.

—Buenos días, lo siento, tengo los nervios a flor de piel, al fin y al cabo solo vengo a interesarme por mi hermano, a ver si hay alguna novedad, no vengo precisamente a hacer vida social.

—Lo sé, te pido disculpas, ya te he dicho muchas veces que no hace falta que vengas todos los días a comisaría, si hay alguna novedad te avisaré, quiero que te quede claro que no hemos dejado en ningún momento aparcado el caso, pero seguimos sin tener ninguna pista.

—Prefiero venir, así te recuerdo que no lo voy a dejar que se diluya en el tiempo y sea uno más de los muchos casos sin resolver que hay.

—Cómo quieras, a mí también me encanta verte.

Al decir esto se arrepintió, estaba banalizando un problema muy serio, pero era la pura verdad, cada vez que la veía, algo dentro de él se revolucionaba. De pronto parecía que hacía mucho calor dentro del despacho, se pasó el dedo por el cuello de la camisa haciendo entrar un poco de aire fresco, pero no fue suficiente, la boca se le secó y hasta una sonrisa bobalicona acudió a su rostro mientras su cerebro dejaba de funcionar, no había forma de que le diera una orden coherente, los ojos se le habían quedado clavados en una pequeña peca que tenía Yoli junto a la naricilla respingona, que tantas noches le hacía soñar con ella.

Había pasado por comisaría como cada día, sabía que no era necesario que lo hiciera, pero había algo que la impelía a hacerlo, necesitaba hablar con Alex todos los días, “seguro le molesta que venga, pero no pienso dejar de hacerlo, que haga mejor su trabajo”, se mentía Yolanda a sí misma, y qué era aquello de que le encantaba verla, ja, pensaba, estaba segura que no le apetecía en lo más mínimo, se daba cuenta que nunca sabía qué decir, pues ella sí sabía qué decir y lo diría bien alto, aunque ahora que lo pensaba, en realidad, no tenía mucho que decir. Pasar cada día por comisaría se había convertido en un hábito, aunque no quisiera hacerlo, los pies la llevaban hasta allá.

—Está bien, si no hay novedades me voy que tengo prisa.

—He terminado mi turno, si quieres te acompaño —se ofreció con tal de estar una rato más cerca de ella, aun cuando aquello en realidad supusiera un suplicio para él.

—Pues si me alargas al juzgado, se me ha estropeado el coche, así que me harías un favor.

—¿Al juzgado?

—Sí, tengo un juicio, soy la tutora legal de Ramiro.

—¿Puedo saber sobre qué es el juicio?

—Es algo desagradable que pasó hace tiempo, unas jovencitas del instituto intentaron abusar de él.

Al escuchar aquello se la quedó mirando con los ojos muy abiertos, estaba recogiendo el escritorio, dejó de hacerlo para escuchar la respuesta, le pareció muy fuerte que no le hubiera dicho nada de aquel suceso.

—¿Puedo saber por qué no me lo habías dicho?  Yolanda, por favor, pensé que tenías dos dedos de frente.

—¿Qué quieres decir con eso? Es algo que pasó hace tiempo.

—¿Tú dices que estudias criminalística? Pues desde ahora te digo que vas a suspender, sobre todo en práctica.

—No es necesario que seas tan desagradable, eso fue en verano, no tiene nada que ver con el caso.

—Y eso lo has decidido por tu cuenta, ¿verdad? Todo puede estar relacionado, si no lo está, perfecto, pero ¿y si lo está? Me vienes cada día a decir que no hacemos nada y resulta que me estás ocultando información.

—No te estoy ocultando nada, no me regañes más, está bien, no lo pensé. ¿Entonces me llevas o cojo un taxi?

—Te llevo, y si mi presencia no es demasiado molesta te acompaño durante el juicio.

—Puedo soportarla.

Habían llegado al Peugeot 206 cabrio de Alex, cosa que sorprendió a Yoli, que no pensaba que podía tener esa clase de coche. Como hacía frío todavía, la capota estaba subida, el biplaza en color negro estaba impoluto, otra sorpresa para ella, aunque dado su aspecto no debería haberlo sido, le abrió la portezuela como todo un caballero y al ponerse al volante le dijo que se pusiera el cinturón.

—Siempre lo hago, pero ya se por qué te hiciste policía, veo que te gusta dar órdenes.

—Es una costumbre —se limitó a afirmar—, por el camino me puedes ir poniendo al día con el caso por el que vamos al juzgado.

—Está bien —concedió—, fue a finales del curso pasado, Ramiro siempre hace el mismo recorrido, se para en la cafetería de Maruja, le recoge unas cuantas mesas y ella le pone un café con leche y un cruasán, por mucho que le digo que no lo haga, ya has visto como es ella, dice que es como un hijo más y siempre lo consiente. Luego suele ir a la peña futbolística, también lo miman en exceso, pero es que él se hace querer, siempre está dispuesto a ayudar en lo que sea, recoge las pelotas, limpia las botas de los jugadores, y ellos a cambio le dan regalos; una camiseta, una pelota firmada por ellos, que ya ves, no es un equipo de primera que digamos, pero para él son los mejores, son sus ídolos. Aquel día venía para casa, era la hora de comer y cuatro chicas se le acercaron, no era la primera vez que se mofaban de su minusvalía, le hacían llorar con sus bromas de mal gusto, pero no habían pasado de ahí… hasta ese día.

Ese día lo acorralaron y le hicieron desnudarse, y cosas que me avergüenzo solo de pensar, no imaginaba tanta maldad en unas criaturas tan jóvenes.

Al ser un pueblo pequeño no había juzgados así que tuvieron que desplazarse a la ciudad. En el coche estaba sintonizada una emisora de radio de esas que ponen música mezcla de novedades con otras de años pasados, otra sorpresa para Yoli, no esperaba que le gustase ese tipo de emisoras, lo imaginaba escuchando música clásica, o como mucho las aburridas noticias, como las denominaba Ramiro, sonrío al pensar en su hermano, no sabía por qué, pero así era. Estaban llegando cuando empezó a sonar la última canción de Malú, A Yoli se le encogía el corazón, no sabía si era fruto de los nervios por el juicio, o por tenerlo tan cerca, y aquella canción la destrozaba, a ella también le gustaría ser invisible en aquel momento. Alex estacionó el coche lo más cerca que pudo, que no fue demasiado. Aceleraron un poco el paso, aunque no era tarde Yolanda estaba en tensión, lo atribuía al inminente juicio, que aunque el abogado, compañero en el bufete de su cuñada, le había dicho que estaba ganado, ella no tenía nada claro, sí que había unas pruebas contundentes, puesto que las chicas habían grabado todo con el móvil y se lo habían pasado unas a otras, solo aquello, decía el abogado, era concluyente.

Alex escuchaba atentamente, dando vueltas en su cabeza a toda aquella información que le había hurtado sin pretenderlo, pensaba en cómo nos comportamos las personas de idiotas cuando las circunstancias nos superan, estaba seguro que de otra forma no se le habría pasado por alto algo tan supuestamente importante. No podía estar seguro de que estuviera relacionado, pero tampoco podía descartar ninguna vía.

Llegaron a los juzgados, les estaba esperando Marcos, el abogado compañero del bufete de su cuñada, un hombre de mediana edad, afable en el trato y seguro de sí mismo, se acercó y saludó, miró a Yolanda y esta le presentó a Alex, el inspector que lleva el caso de la desaparición de mi hermano, dijo ella.

—Encantado —le tendió la mano el abogado estrechando la del policía, ya sabemos que abogados y policías son como agua y aceite, no suelen hacer buenas migas, aunque en este caso la valoración pareció positiva por ambas partes.

—Pobre muchacho, supongo que siguen sin novedades —comentó el abogado.

—De momento sí, pero es que nadie me había informado de este juicio ni de lo que había pasado —contestó Alex mirando fijamente a Yolanda.

—Habéis investigado a toda la familia, igual es que no hicisteis las preguntas adecuadas —contestó Yoli levantando el mentón y clavando la mirada en el policía.

—Para mi desgracia te voy a tener que dar la razón, quizá no estoy haciendo bien mi trabajo.

Alex se apartó de ellos y se metió directamente en la sala en que se celebraba el juicio, aunque para ello tuvo que hacer algo que detestaba, tirar de credenciales.

En pocos minutos se concentró toda la gente del juicio, Juan y Javier llegaron juntos, con el tiempo justo, habían pasado por casa de Yoli antes de ir hacia los juzgados, la estaban llamando pero al no contestar al móvil se asustaron, sabían que tenía el coche averiado y no habían concretado la noche anterior, así que pensaron pasar a buscarla, debieron pensar conociéndola como la conocían que ella no esperaría al último momento para llegar al juzgado.

Yoli y Alex entraron en la sala de los primeros, los nervios por lo que estaba por suceder le atenazaban las tripas a la joven, sus hermanos llegaron junto a ella, se pusieron cada uno a un lado, apoyándola, haciéndole saber que estaban allí. Ella lo agradeció, era lo que necesitaba en aquel momento. Después del rifirrafe que había tenido con Alex, tenía los ojos algo vidriosos, y se maldecía por ser tan sensible, por qué tenía que afectarle tanto algo que dijera un policía, se preguntaba, aunque intuía la respuesta se negaba a contestarla, en aquel momento no estaba para jueguecitos. Se repetía cien veces al día que solo podía estar por y para esclarecer la desaparición de su hermano, lo demás en aquel momento era secundario en su vida, el problema era que últimamente se lo tenía que repetir muy a menudo.

El juez hizo acto de presencia, Yolanda se dio la vuelta buscando a Alex, no era consciente de haberlo hecho, pero allí estaba, con la mirada fija en ella, al girarse se topó con sus ojos, aquellos ojos de mirada limpia y transparente que ella interpretaba bondadosos y hasta la fecha nada le hacía pensar lo contrario. Sentado detrás, casi al final, estaba David, el padre de la niña que dio la voz de alarma, era la más jovencita de todas y la que no pudo callar el secreto de sus amigas, ella quería pertenecer al grupito, pero no era como ellas, por suerte, puesto que, qué se hubiese asustado, hizo que la policía actuara rápidamente. Se presentaron en el instituto y requisaron los móviles, allí estaba grabado todo, por eso comentó el abogado, era imposible perder aquel juicio. David la miró con cariño, dándole ánimos, había sido un gran apoyo durante la búsqueda, y cuando dejaron de buscar, puesto que no se halló ninguna pista y el hombre avergonzado como estaba de que su hija hubiese participado, aunque solo de forma visual, en aquel despropósito, se ofreció para ayudar en la medida de lo permitido, cosa que agradeció Yolanda, en aquellos momentos necesitaba todo el apoyo que fuese posible, había días que le costaba mucho tirar hacía delante.

Fueron llegando las jóvenes acompañadas de sus padres, medio instituto estaba allí, unos por imputados, otros por curiosos, cada niña con sus padres y un abogado que las representaba a todas. En primer lugar llamaron a declarar a la mayor de ellas, Rebecka con k, se hacía llamar así, acababa de cumplir los diecisiete y se podría decir que era la cabecilla del grupo.

—Señorita Rebeka —llamó el fiscal—, ¿puede explicar por qué tenía en su móvil la grabación de los abusos a Ramiro Duperly, y cuál fue su participación?

—Yo no hice nada, ni siquiera estaba con ellas, solo… esto… pasaba por allí.

—No es eso lo que se aprecia en el vídeo, parece más bien que sea usted la instigadora —prosiguió el fiscal.

Rebecka empezó a sollozar, pero el fiscal no se creyó del todo ese llanto, ni siquiera bajó la mirada, la mantuvo al frente, desafiante.

—Está bien, voy a creer por un momento que es verdad lo que dice y sencillamente pasaba por ahí, ¿cómo explica su intervención?, porque lo que yo veo es que usted le baja los pantalones a Ramiro.

—Eso no es así —gritó al tiempo que se levantaba del asiento.

—¡Protesto! —dijo el abogado.

—No ha lugar —denegó el juez— prosiga señor fiscal.

—Conteste, ¿por qué le bajaba usted los pantalones a Ramiro? —volvió a formular la pregunta.

—No era eso lo que hacía —contestó Rebeka nerviosa— solo, yo solo quise ayudarlo, de verdad, ¿usted cree que yo pueda ir bajando los pantalones a nadie? Y menos a un pobre desgraciado como ese.

—Ese pobre desgraciado como usted lo llama tiene nombre y fue violentado por ustedes cuatro.

—Yo me fui, yo ni siquiera lo toqué —contestó un tanto agresiva con el fiscal.

—Vaya, ahora resulta que ni siquiera lo tocó, cuando antes solo pasaba por allí, para solo estar de pasada su participación en el vídeo es bastante extensa ¿no cree?

En el juicio se aclararon muchas cosas, pero ninguna de ellas hacía pensar que hubiera alguna relación con la desaparición de Ramiro, eso pareció tranquilizar a Yoli tanto como a Alex, ella se sentía mal por no ser capaz de ver más allá de sus narices. Él tampoco estaba mejor, le había gritado y eso no se lo perdonaba, ¿qué le pasaba con ella? Mejor no contestaba, total, ella lo odiaba, y lo entendía, tanto tiempo que había pasado desde la desaparición y ni siquiera tenía una mísera pista por donde empezar a hacer algo útil.

David se acercó al finalizar el juicio, abrazó a Yolanda y le dio un beso en cada mejilla, acto que dolió sobremanera a Alex, no le gustó, era un gesto muy natural, pero no le gustó, aquella familiaridad le molestaba, no sabía bien por qué, el hombre en todo momento había colaborado y parecía buena gente. Sabía que eran amigos pero los celos lo atenazaban, celos, sonrió, de quién y por qué, si no quiere más que perderme de vista, se dijo.

Terminaron las despedidas y David se alejó un tanto con su hija, la jovencita al final no estaba imputada, era la que había dado la voz de alarma y en el vídeo se veía claramente que ella no quería participar y se había mantenido al margen. Su padre la había llevado al juicio para que se diera cuenta de lo que hubiera pasado si ella no hubiese tenido la valentía de decir que no, esperaba que le sirviera de lección para saber lo que no debía hacer.

El juicio quedó visto para sentencia, pero el abogado estaba contento de cómo se había desarrollado el proceso, sabía que no era mucho más lo que se podía hacer, al ser menores se irían a casa con una multa y una amonestación a los padres, pero bueno, por lo menos en algo se había hecho justicia, pensaba Yoli.

Salió de la sala con sus hermanos, todo el tiempo habían estado a su lado, los padres de alguna de las niñas la miraban con rencor, algo que no pasó desapercibido a Alex, sobre todo los de la cabecilla del grupo, Rebeka, una joven rebelde de familia acomodada, aunque venida a menos, pero que seguían viviendo en una burbuja de superioridad y sin ser capaces de decir no a nada de lo que pidiera su hija, única para mayor gloria suya. Los padres parecían sacados de las primeras páginas del Hola, rígidos como estacas, vestidos con sus mejores galas, pero sin un ápice de compasión en sus ojos ni en sus gestos, incluso con su hija, todo era frialdad, estaban allí porque al ser menor de edad no habían podido delegar, lo habrían hecho con gusto, no eran capaces de tener empatía, y según pensó Alex, la rebeldía de aquella chica era una manera de llamar la atención, de buscar un cariño que sus padres parecía que no sabían cómo darle.

Al salir de los juzgados David estaba esperando a Yoli en la puerta, le dijo que iba para el pueblo y si quería que la llevase, continuó diciendo que así les ahorraría desviarse de su ruta a sus hermanos, que seguro tenían que volver a sus trabajos, quiso convencerla ya que a él no le costaba nada, puesto que se había tomado el día libre, quería que Aina viera con sus propios ojos que hacer daño tenía consecuencias. Alex se lo miraba desde la distancia, no era quien para involucrarse en la conversación, pero si alguien se fijaba bien, casi se podía ver como le salía humo por la cabeza, de pronto David se había convertido en su enemigo público número uno, estaba coqueteando descaradamente con Yolanda, ¿pero es que ella no se daba cuenta?

—Gracias, pero he venido con Alex —contestaba en aquel momento Yoli.

Alex soltó el aire retenido en los pulmones de tal manera que pensó que se había oído saltar la válvula de escape en toda la comarca. Sonrió, no era su condición ser desagradable con la gente, todo lo contrario, pero el tal David se le había atravesado desde el primer momento, era demasiado perfecto.

—¿Nos vamos? O prefieres que me vaya con David si tienes algo que hacer —replicó Yoli, dándose cuenta de la mirada que le había echado al pobre hombre.

—Vamos, vamos, te estaba esperando, te he traído y no pienso dejarte tirada, no soy de esa clase de gente.

—¿Todavía estás enfadado? Supongo que te habrá quedado claro en el juicio que el suceso no tenía nada tiene que ver con la desaparición de Ramiro, así que era irrelevante que te dijera algo o que no, tampoco lo hice a conciencia, estaba segura que no tenía nada que ver una cosa con la otra y no se me ocurrió. Esperaba que se te hubiera pasado el enfado a estas horas.

—¿Quién ha dicho que yo esté enfadado? —soltó un bufido que corroboraba la teoría de Yoli.

Subieron al coche en silencio, la tensión era notable, siguieron prácticamente todo el camino sin abrir la boca, Yoli se moría de ganas de empezar una conversación, a Alex le pasaba otro tanto, pero el orgullo por parte de ambos lo impedía. Llegaron a su destino y la dejó en la puerta de la casa, ella estuvo tentada de decirle que pasara, quiso preguntarle si le apetecía un café o incluso darle las gracias invitándolo a compartir su mesa, pero no lo hizo, lo que hizo fue ahogar las mariposas que revoloteaban en su estómago cada vez con más fuerza.

Alex no se bajó del coche, Yoli apenas se despidió, hizo un amago de invitarlo, algo que a él le sonó bastante a compromiso, adujo que tenía prisa, aunque antes le hubiese dicho todo lo contrario, pero no sabía si le sería posible mantener el tipo delante de ella, cuando a ella parecía molestarle tanto su presencia. Como tenía tiempo libre, se puso a investigar a los padres de Rebeka, la joven cabecilla del grupo, le habían parecido muy altivos para estar su hija implicada en un caso tan serio, no era poca cosa el abuso a menores, ya que aunque Ramiro no era un niño, su mentalidad si lo era.