Era muy niño cuando oyó a su padre decir: “No sé por qué me odia tanto, si nunca le he hecho ningún favor”. En aquel momento no lo entendió, pero tampoco dio importancia a la aparente contradicción. Sin embargo, la frase se le quedó grabada en la memoria, algo le decía que contenía alguna útil e importante enseñanza.

Con el tiempo, transitando lentamente por los vericuetos del aprendizaje, aquel niño creció y comprendió la inmensa verdad y profundo alcance de aquella aparente paradoja. La compleja dimensión de ciertos comportamientos del ser humano.

Heredero del tesoro paterno de mayor valor, siempre fue más feliz dando que recibiendo. No era ni es generosidad. Puede que sea una refinada forma de egoísmo. En cualquier caso, leal fidelidad a la memoria del mejor padre.

Así, aquel muchacho que sigue aprendiendo a ser un hombre, se entregó al hábito de conducta de dar honestamente y dejándose la piel para poner toda la carne en el asador, hasta quedarse en los huesos.

Quizá por eso inspiraba confianza a su alrededor y, sin interés por preguntar nada, recibía confidencias, confesiones, juicios, secretos y miserias de los demás. La triste antropofagia del todos contra todos… Él, ella, yo, nosotros, vosotros, ellos… La feria de la deplorable y mediocre envidia proyectada, la crítica y el comadreo que busca alianzas siempre en contra. Prejuicios y perjuicios. Jugar a juzgar y condenar. Practicando lo mismo que ellos desaconsejan en permanente paradoja.

Y así, se quedó en los huesos, dándolo todo. Y los que usaban y celebraban su existencia, su compañía y lo que con y de ella recibían, trituraron el esqueleto para, con la cal resultante, blanquear el exterior de sus muros, esos que dicen que el Nazareno llamó sepulcros. Los mismos muros que antes se ensuciaban los unos a los otros. Sonriendo siempre, eso sí, faltaría más.

Y aquel lejano niño, por fin, comprendió en toda su plenitud la frase de su sabio padre… que, amorosamente, también le previno: “Te darán todas en el mismo carrillo, aprende, pero no cambies”.

Lo que no mata, hace más fuerte. Curte, ciertamente, pero sin necesidad de dejar de ser un romántico.

 

CATEGORIA: Reflexiones desde el Rincón del Nómada.

 

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Francisco Rodríguez Mayoral
Soy un madrileño universal que se impregnó de luz mediterránea en Barcelona y Cataluña durante la mitad de su vida. Ahora resido cerca de Madrid, después de haberme embriagado de naturaleza en el pueblecito Revilla de Pomar de la Montaña Palentina. Mis pasiones son mis tres hijas, mis cuatro nietas, el amor, la pintura y la lectura. Mis aficiones incurables, la fotografía, la música, pensar, escribir y las tertulias interminables con amigos. Mi mayor vicio adictivo, la curiosidad insaciable que me arrastra inevitablemente a buscar nuevas respuestas a las viejas preguntas y a plantearme nuevas preguntas sobre las viejas respuestas. Diletante autodidacta y heterodoxo en la práctica de la pintura artística y la redacción de textos y construcción de poemas.
Francisco Rodríguez Mayoral

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