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baobab photo

Photo by jurvetson

Nací en un precioso país de curiosos árboles estrambóticos cuyas raíces parecieran estar del revés mirando hacia las estrellas. Siempre amé a los baobabs, no por la sombra que ofrecían, pues por su vanagloria fueron malditos por los dioses y fue su copa arrogante enterrada bajo tierra. Los adoraba por los recuerdos que me traían de mi madre cuando caminaba cerca de ellos en busca de agua bajo el ardiente sol. Sus extrañas ramas me hacían pensar si su estado se debería a padecer algún tipo de mal. Eran tan viejos como los tiempos y tan altos como los cielos. Desde su altura parecían pedir perdón por su gran soberbia, alzando sus escuálidas ramas en un intento suplicante de misericordia. Mi mente no cesaba de preguntarse cuánto dolor habrían experimentado, cuánto sufrimiento habrían visto  para que sus ramas se retorcieran de esa forma tan grotesca. ¿Realmente fue su arrogancia? ¿Sería por su vanagloria? ¿Eran merecedores de tal castigo? El dolor y el sufrimiento tienen muchas formas de moldear nuestro entorno, de doblegar las consistencias, de desafiar las voluntades. Este árbol está experimentado en algún tipo de amargura.

Fue allí bajo un baobab donde yo también me retorcí de dolor cuando la cuchilla oxidada y sucia mutilaba mi carne. Entonces supe por qué los baobabs se retuercen de dolor.

“Cada año a 3 millones de niñas se les practica la ablación. ¡Manifestemos nuestra repulsa!”

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