El jueves pasado se celebraba el día de la Independencia Brasilera. La verdad; yo no sé nada de historia, por lo que, solo a modo de efemérides recordaré que, también en este año, se conmemora el primer viaje en avión atravesando el atlántico sur. Lo realizaron dos portugueses; Carlos Viegas Gago y Artur de Sacadura Freire, con motivo de la celebración del primer centenario de la Independencia de Brasil. Como decía, no soy muy aficionado a la historia; por lo que, mi escrito, nada va a tener que ver; ni con la Independencia de Brasil, ni con el aventurado viaje, sin embargo; hago referencia a ellos porque, gracias a tales efemérides, dispuse de unos días de vacaciones. La mañana del jueves amenazaba tormenta, sin embargo, no lo dudé ni un momento; levanté a Lola, preparé la maleta y pusimos rumbo a Natal.

Habíamos preparado este viaje para descansar en el más estricto sentido de la palabra, los objetivos se limitaban a: dar paseos por la playa, comer ostras, acabar la cerveza del lugar y dormir. El augurio se presentaba dudoso debido a la oscuridad en que se manifestaba el día; pero, como ya comenté, eso no fue óbice para cumplir el plan establecido. Contra todo pronóstico llegábamos a Natal sobre las doce de medio día, por lo que, nos dirigimos a la Posada Azurra que se ubica a tres pasos de la orilla del mar. Puede que este dato cale en la opinión del lector, con respecto a las ganas de moverme que manifestaba. Ciertamente, el objetivo sería descansar. Pasaríamos la jornada tumbados bajo una sombrilla. El día quiso ser benévolo con nosotros y aunque llovió un poco, permitía cumplir el propósito y la enmienda. Por la tarde, recorrimos la multitud de tiendas de recuerdos que atiborran el espacio disponible.

El relato que voy a contaros ocurría en el segunda día de estancia; cuando íbamos a cenar, en la noche del viernes. Después de la comilona en la playa, no teníamos muchas ganas de cenar por lo que decidimos, tomar una hamburguesa; más por cumplir con el orden establecido, que por hambre. Estábamos sentados en el espacio de un restaurante; cuando se presentó un niño, que no debía tener más de ocho años, ofreciéndonos una flor de paja de palma. El niño no estaba mal aliñado aunque vestía una camiseta de algún equipo local de fútbol que debía pertenecer a uno de sus hermanos mayores; pues, la camisa, le llegaba al tobillo. Cuando aceptamos su propuesta llegó un segundo niño; éste, un poco mayor, se ofrecía para ayudar con la manualidad. La elaboración de la flor necesitaba su tiempo, por lo que intentamos entablar conversación con los niños, mientras Lola, denotaba una tremenda ternura.

— Hola, ¿cuántos años tienes? Pregunté al más pequeño.

— Tengo ocho años. — Respondía tímidamente.

El mayor, mucho más suelto en la plática, se incluyó en la conversación asegurando que tenía doce años. Ambos iban trenzando aquella paja de palma, dando sentido a sus ágiles dedos en su trabajo manual.

De nuevo pregunté al más pequeño:

— ¿Cómo te llamas?

— Oliver. — Contestó casi sin voz.

— ¿Y tú, cómo te llamas tú? — Interrogué al más vivaz.

— Daniel. — Respondía con el más absoluto desparpajo.

Los niños estaban nerviosos, daban a entender el riesgo a que corrían al interactuar con dos desconocidos mayores de edad. Sin embargo, no levantaban el culo de la silla; a la vez, que nos miraban con el rabillo del ojo. Pasados unos minutos llegaba la cena que habíamos pedido como vianda. Sin dar tiempo a la huida de los pequeños, les pregunté:

— Habéis cenado.

— No. — Dijo el mayor.

— Sí. — Respondía el pequeño.

— ¿Os gusta la carne? — Les pregunté.

— Sí. —Dijo el mayor.

— No. — Aseguraba el más pequeño.

Entre la confusión de sus respuestas, Lola, decidió pedir dos raciones más de aquella carne empanada. Los niños cambiaron la cara; se complacían en responder todas nuestras preguntas en un talante de confianza y agradecimiento, mientras degustaban aquella comida ciertamente occidental. Les pregunté entonces por su escolarización, a lo que ambos me respondieron satisfactoriamente. Oliver, cursaba el cuarto curso del Ensino Medio; mientras que, Daniel, estaba en el octavo curso. Lola avivada por su curiosidad investigaba donde vivían, a lo que los infantes reseñaban el final del paseo; a los pies del Morro do Careca. Nos refirieron que eran ocho hermanos, seis chicos y dos chicas. Al parecer, se levantaban de madrugada ayudando a pescar a su padre. Después de esa tarea acudían a la escuela para terminar el día, recorriendo el paseo; haciendo flores de paja de palmera para los turistas.

Cuando hubieron comido su parte se despidieron, señalando el mayor, un tremendo corte en un pie; que al parecer, se causó en la mañana mientras pescaba moluscos en el acantilado cuando ayudaba a su padre. En ese momento; le advertí, que debía acudir al médico para que le tratara aquella lesión. Me refirió que, su familia, no tenía los quince reales que costaba la pomada de cicatrización; busqué en el bolsillo hasta que alcancé un billete de veinte reales que puse en su mano.

Aquellos muchachos se alejaban de nuestro lado; volviéndose continuamente a despedirse; insistiendo que, en nuestro próximo viaje, nos enseñarían a pescar. Mis lacrimales se mojaron ostensiblemente cuando definitivamente se alejaron. Seguramente, aquel, debía haber sido su día de suerte. Para nosotros también lo fue. Aquellos niños nos dieron la oportunidad de enseñar el alma.

No los olvidaré; quedaran conmigo junto a mis recuerdos, Daniel y Oliver, dos amigos en un mundo tan diferente al nuestro, nos regalaron su tiempo. Mientras tanto; compartían su vida, su familia y aquel entorno tan extraño a nuestros ojos. La mirada de occidente; ciega en tantas ocasiones, se manifestaba en los ojos de dos seres, que tenían la suerte de hacer felices a dos niños del otro lado del mar.

jcruzescritor

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