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Caía la noche después del gran partido. Caminaba cabizbaja tras la terrible derrota. ¿Por qué seremos tan competitivos? -Pensaba mientras caía una lágrima de fracaso profundo sobre su camisa. Nos gusta ser los mejores en todo, en el trabajo, en el juego y hasta en el amor. Pero, no siempre se cubren las expectativas. La lluvia había embarrado la pista y perdió completamente la concentración cuando aquella terrible tormenta descargó sus maldiciones sobre la cancha. Palabra que rimaba perfectamente con revancha. Sí, no le quedaba otro remedio, tenía que hacer algo para que su magullado orgullo se repusiera. Ella nunca mataría por colaborar con desafiosliterarios.com, pero es más que posible que moriría por no poder hacerlo, igual que por recuperar su amor propio perdido tan estúpidamente en aquella pedida de mano tan inusual. Sentía como la sangre le hervía a borbotones. Y ahí su decisión se hizo firme. Iba a hacer que el marcador girara drásticamente. Su oponente le había ganado en detalles, en afecto, en atenciones, y ella quedó con ese sentimiento de frustración espantoso por no estar a la altura. Allí en medio de la pista, con raqueta en mano, frente a docenas de espectadores, delante de las cámaras, su amor le pidió en matrimonio y ella no le supo contestar, solo huyó. Ahora no se lo podía perdonar. Pero tomaría cartas en el asunto. Su venganza sería dulce, muy dulce. Se propuso ganarle en todo. Ella sería la que amaría más.