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–¿Cuánto misterio pensó Teresa? mientras sus ojos recorren la habitación, a mano derecha una cómoda con cajones y encima un jarrón con margaritas naturales que desprendían olor a campo.
La cama de níquel, color plata en el centro de la habitación, dos mesitas a juego a cada lado, en una de ellas un perfume medio gastado, sin olor y en la otra la imagen en miniatura de la virgen de Fátima, termina el mobiliario con un ropero de tres puertas a los pies de la cama.
Mira por la ventana y divisa campos de olivos y dehesas, que bien había hecho en venir—piensa ella en el medio de aquel cuarto.
Con las maletas encima de la cama para ser abiertas y colgar la ropa que traía, Teresa pregunta a tía Mariquilla mirándola a los ojos– ¿cuéntame qué misterio quería mi madre que yo averiguara, con la ayuda tuya?
Y le cuenta la promesa que le hizo a su madre antes de morir. La buena mujer la abraza con ternura y con pasos rápidos trae de la cocina un taburete, abre una de las puertas del armario y el olor a naftalina se escapa por la ventana que esta entornada.
Teresa mira expectante como aquella mujer menudita tiene agilidad para subirse y arrastra un envoltorio en papel de celofán del fondo del armario. Poniéndolo en los brazos de Teresa, le dice –este es el vestido de novia que tu madre no estreno nunca. Con el paquete en sus brazos ella siente un escalofrió, ¿porque su madre nunca le hablo claro?

Teresa, vuelve a escuchar la voz de tía Mariquilla, ella misma envolvió el vestido de novia aquel día, guardándolo en el fondo del armario y una nota en la que decía que no se regalara a nadie.
Tía y sobrina lloran delante del paquete sin abrir. En la cabeza de Teresa se agolpan las preguntas, ¿porque llora ella delante del vestido de novia de su madre?, el cual su tía vuelve a depositar con mucho cuidado en el mismo sitio de donde fue sacado.
Ella se sienta en el borde de la cama, su tía abuela coge la silla que está cerca de la ventana, mirándola a los ojos, con las manos encima del delantal comienza a desgranar parte de la historia.
Las arcas de novias de las muchachas casaderas se abrieron buscando el mejor traje para aquel evento. La casa se vistió de fiesta, mis padres gastaron parte de sus ahorros en aquel casamiento.
Era mayor de sus tres zagalas como decía el abuelo en el bar de la esquina.
–Tu madre llevaba la felicidad reflejada en su rostro.
El ajuar, se expuso en una sala para enseñarlo a la familia del novio, a amigas y vecinas. Todo bordado por las manos maravillosas que ella tenía cuando usaba el bastidor.
Un día amaneció con una ventisca presagio de algo terrible…
Cerramos puertas y ventanas y en la salita de la costura allí pasamos las horas mientras la tormenta se abrió.
Ni un alma se atrevía a salir a la calle. Solo el pobre cartero en cumplimiento con su trabajo, no dejo al pueblo sin noticias.
Por debajo de la puerta hecho la carta, sin pararse a llamar.
El viento seguía silbando desde el Castillo a la fuente de Santa María. La tormenta no amainaba y las velas a Santa Bárbara se agotaban.
Mi padre, después de venir del campo y de dejar las botas en el sitio donde mi madre quería que estuvieran, para no manchar de barro la cocina cuando entraba por la puerta falsa que daba al huerto. Termino el café con leche y unas roscas caseras, que una de mis hermanas muy diligente le había puesto encima de la mesa.
Después echó andar hacia la entrada de la casa arrastrando las babuchas de cuadros blancos y grises. Quería asegurarse que la puerta de la calle tenía bien sujeto el tranco y la llave puesta.
Y allí, la encontró!, tirada encima de la alfombra que siempre se ponía cuando llovía y cubría medio zaguán.

Tu madre ese día tenía un terrible dolor de cabeza, estaba reposando en la cama cuándo el abuelo se la entrego.
Dos largos días encerrada en esta habitación, solo se escuchaban sollozos, suspiros largos, si acercabas el oído al otro lado de la puerta.
El abuelo con la paciencia que tenía y el amor por todas sus hijas, consiguió que tu madre accediera a salir.
Ella se abrazó a él, casi sin poder hablar por los sollozos, y nos confesó lo que la carta decía, la cara de mi padre palideció, sus manos se tensaron como nunca lo habían hecho.
Tía Mariquilla se levantó de la silla, abrazo a su sobrina, diciéndole, –vamos a comer algo, la conversación queda pendiente para otro día, y agarradas de la mano llegaron a la cocina. Después del postre que fueron unos melocotones de viñas recién cogidos del árbol, Mariquilla sigue con el relato.
En el bastidor quedaron abandonados hilos de colores. Pasamanerías, encajes hechos a bolillo, el aguar al completo quedo guardado en cajas de cartón, junto a su rabia, el odio que decía que sentía. Un sentimiento que está muy cerca del amor.
Después de preguntar Teresa a tía Mariquilla, si las cajas siguen aún guardadas, y la respuesta es afirmativa, la buena mujer continúa.
En el pueblo se habló en todas las reuniones de lo sucedido, hasta en la plaza de abastos. Mi hermana era orgullosa, no quería la piedad de nadie.
Elena cerró la hebilla de la maleta con una llave diminuta después de guardar cuatro cosas. Con el dinero que tenía ahorrado le ayudaría a vivir los primeros meses.
En el fondo del armario dejo sus ilusiones encerradas, y de puntilla salió de la habitación sin hacer ningún tipo de ruido. Todos dormían, casi sin respirar llega a la puerta falsa de la casa, donde un primo hermano la esperaba, él la ayudaría a escapar sin ser vista.
Dejó una nota encima de la cómoda, dirigida a todos los de la casa, en especial a mi padre que era la que más a entendía. Con el corazón destrozado ella tenía que poner tierra de por medio. Miro a su alrededor para que su retina todo lo guardara, ella sabía que tardaría años en volver. Casi escondida en el Diane seis, en el asiento trasero, levantó la cabeza un poco para mirar al Castillo de nuevo, hasta que las sierras lo taparon.
Casi pisando tierras catalanas se acaricia el vientre, allí estaba creciendo el fruto de su amor. Y para sus adentros juró que nunca le contaría a su bebe, que su padre las abandonó a un mes del casamiento.
Ella estaba muy confundida, tan pronto lo odiaba, otras veces soñaba con él.

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francisca

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