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El baño

Llegué a casa un viernes por la tarde desbordado por el trabajo, a la vez que acalorado y con la piel pegajosa como si fuera envuelto en capas y capas de la maldita miel del súper. No había nadie en el piso; ni rastro de mi mujer ni de mi hijo; lo cual me alegró. Por fin un poco de soledad. Eso era lo que necesitaba. Me desabroché la corbata y la coloqué con un cuidado exquisito, como si estuviera representando la función de teatro que horas antes figuraba ante mi jefe. Después de despojarme de ella, sentí que volvía a respirar y eso me condujo a quitarme la ropa hasta quedar totalmente desnudo. Me sentí tan bien y tan gozoso de estar así en mi casa, que me serví una copa de vino. El primer trago me supo a gloria y el segundo hizo que ya me dieran ganas de ponerme a tararear a Sinatra. Con la segunda copa en la mano y con una felicidad desmedida corrí hacia la bañera; quería sumergirme entre pompas de jabón y saborearlas como si de algodones de azúcar se trataran, antes de que mi familia volviera a casa a romper ese momento que había creado en tan poco rato y que tanto añoraba. Dejé el grifo del agua caliente correr y para no estar esperando a que la bañera se llenara me puse a mirarme en el espejo. La verdad es que no me veía tan mal; a mis cincuenta y tres años se me podía considerar un hombre apuesto como diría mi madre. Apenas una lorza rodeaba mi cintura, pero no era especialmente gruesa ya que si metía tripa apenas se notaba. Me acerqué más al espejo y me toqué la papada, empecé a hacer estiramientos con la boca pero por más que gesticulaba apenas se tensaba, entonces recordé a mi hermano; al cumplir los cincuenta se dejó barba. Seguro que si me la dejaba crecer disimularía la carne que me colgaba del cuello y que me hacía parecer a una vieja y pellejuda avestruz. El baño ya casi lo tenía listo cuando empecé a hacer posturas delante del espejo, como si fuera un tío de esos de gimnasio con la apariencia de un croassan y que del esfuerzo que hacen al levantar las pesas, les brillan tanto la frente como si se las hubieran barnizado cuando mis ojos se posaron en mi pene; así dormido no parecía gran cosa, era algo similar a un gorrioncillo envuelto sobre si mismo y buscando el cobijo de su madre pero que cuando levanta el asta la cosa cambia convirtiéndose en un pirata con pata de palo. La copa ya la había terminado y fue cuando decidí que a partir de ahora se acabó el vino, ahora bebería ron porque era un bucanero; era malo y peleón. En eso se me ocurrió que necesitaría un parche.

Oí el ruido de la puerta un rato más tarde, no se cuánto tiempo llevaría metido ahí dentro, pero el agua la sentía helada y mi piel estaba completamente arrugada. Escuché las voces. Cada vez estaban más cerca. Mi mujer y mi hijo no estaban solos; pude diferenciar a la perfección la voz chillona de mi cuñada junto a la de mi sobrina. Cuanto más se acercaban más me dolían los tímpanos. Abrieron la puerta del baño: ahí estaba mi mujer y su hermana; tan elegantes, tan bien peinadas y con sus zapatos de charol a juego. Me sentí como una pasa; arrugado, viejo y fofo. La culpa la tenía yo, no debí haberme demorado tanto rato jugando con las pompas de jabón, si hubieran sido tan solo unos minutos, en esos momentos hubiera estado en la cocina con una copa y preparando una cena suculenta. Pero sobre todo y lo más importante; iría vestido, ya que en esos momentos me sentí muy vulnerable.

-Solo es un momento, amor, no sabía que te estabas dando un baño -me dijo.

-Vale, vale. -Respondí queriendo que mi con voz sonara con carácter pero a mi me sonó aflautada y pequeña.

No quise darle importancia a la escena en la que me encontraba en aquellos momentos, solo, que no se que tenían que hacer en el diminuto baño mi cuñada y mi sobrina. El vaho lo inundaba todo y sentía que me empezaba a dar todo vueltas.

-Mira, Lola, mira que maravilla. Pero cógelo fuerte que no te de miedo que no muerde…Ja, ja,ja.

-¿Puedo encenderlo?

-Por supuesto – respondió mi esposa.

-¡Madre mía¡ Como suena y como se mueve; parece tan real.

No tenía ni idea de que hablaban. Intenté alargar el cuello cual flamenco ahora si, ahora si; pensé en los estiramientos para mi papada, pero por más que lo intenté no podía ver nada de lo que estaban hablando mi mujer y mi cuñada.

-¿Qué haces, tito?

Mi sobrina se plantó ante mi con su voz chillona; como la de una gallina clueca.

-¿Qué se traen entre manos esas dos?, ¿ de que hablan tu mamita y tu tía? Mira, mira a ver que se cuentan bonita y luego se lo explicas al tito.

-¡El pajarito¡ ¡El pajarito¡ Al tito se le ve la cosita.

Enseguida me vi rodeado por cuatro pares de ojos. La espuma había dejado de existir y en esos momentos era un pollo mojado y humillado. Ahí no había ni pata de palo, ni parche y por supuesto tampoco tenía ron.

-Amor, más te valdría salir del agua. Vas a quedarte helado -fue lo que me dijo

Me acercó la toalla pero yo no me moví. Los cuatro pares de ojos estaban ahí; expectantes. Esperando algo.

-Pero, ¿no te dará corte verdad? Toma la toalla que tampoco hay nada que ver -insistió.

Los seis pares de ojos se convirtieron en unos cuchillos calientes y punzantes que traspasaron mi cuerpo de un lado a otro con sus miradas y por los agujeros que dejaban a su paso iban saliendo chorros de agua; algunos grandes otros pequeños… Me había dado cuenta que no era un pirata; me había convertido en un fakir.

Esme