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Nos resultó sencillo hacer planes. Creamos expectativas de futuro inmediato que se fueron como llegaron. Se esfumaron sin que nos acercáramos unos milímetros. Eso fue lo que más nos dolió.

 

La idea de dormir juntos en una habitación de hotel. Practicar sexo en la ducha. Sobre una silla de la cocina mientras la cafetera ardía en el fuego. En el sofá del saloncito acogedor de su piso de soltero, o hacer el amor en el suelo, a finales de diciembre. Cerca de la chimenea encendida, sobre una alfombra de oso de pelo blanco, con cabeza. Dormir hasta el amanecer. Despertar abrazados. Yo prometí amarle sin compromiso. Besar su cuerpo, su sexo. Él, Marcos, utilizaba su lengua. Sabía describir nuestro deseo con su mejor prosa. El efecto de sus palabras encontraba el resultado esperado. Narraba, a mi oído, al principio entre susurros, y gemidos al final, las escenas de sexo y deseo más bonitas que yo pude imaginar. Oírle me erizaba el vello. Después, levantaba mi falda, profanaba mi cuerpo. En un acto reflejo desabotonaba y bajaba la cremallera de su pantalón. Con sus embates y el bamboleo de mi cuerpo moríamos en nuestros brazos de una taquicardia controlada. Con mis manos sujetas al pelo de la alfombra, entre la carrera y los jadeos el oso parecía que recobraba vida en su intento por salvarnos. Nos matábamos de placer. Fuimos un corazón que latía pletórico, resistentes músculos cardiacos que se contraen con cada latido. Marcos, los ventrículos que bombean y yo, las aurículas que reciben la sangre.

 

Empecé a buscar una explicación a la pregunta que me hacía cada vez que pensaba en Marcos. Se había convertido en mi realidad soñada. Me dolió no poder seguir. Todo fue construido dentro de nuestra cabeza. Estábamos a solo unos miles de kilómetros de distancia dentro de un pequeño país sin fronteras, pero no supimos romper la barrera invisible de la fidelidad engañosa. Sabíamos que era peligroso seguir adelante. Torpes de nosotros, supimos amarnos. Ni él ni yo prometimos olvidarlo. Lo hemos comprobado con el paso de los años. No se puede. Lo nuestro es crónico. Sin tratamiento ni vacuna que cure el profundo beso que nos dimos en el centro mismo de nuestros corazones. Ahora que está escrito será eterno.