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La vida se le iba en torrentes, despacio. Descendía el laberinto de casas a toda prisa, desorientado, cerrándose puertas y ventanas a su paso. La música estridente, usurpadora de espacios, y los ladridos de los perros, hacían telón de fondo. Por instantes se detenía para intercambiar disparos, atrayendo miradas curiosas, escondiendo nerviosas, obligando al miedo y la prudencia a arrojar a los individuos al piso; a otros, ocultarse desesperados, conmocionando el ambiente, subrayando lo cotidiano.

Optó por colgarse la insignia policíaca en el pecho para atraer simpatías y propiciar la apertura de alguna puerta en socorro. Pero su vestimenta civil y su presencia espontánea sembraban dudas, y la cantidad de contrincantes imponía pavor.

Ya sin balas y a punto de perder el conocimiento, se detuvo determinado a esperar su hora final, tomando, con pausas, prolongadas bocanadas de aire, creyendo a cada una, su último aliento.

Giro su cabeza al escuchar un ―No te metas en peos María―. Y quedó frente a una silueta femenina, que con la puerta entre abierta movía su mano invitándole al ingreso. Sin pensarlo y ni dudarlo, creyendo delirar, corrió hacia su oportunidad. Al ingresar, tan sólo alcanzaba a seguir la voz que lo exaltaba e inquiría que ―quien tuviera el valor de combatirlos y ponerles freno contaría con su apoyo―.

Un mueble de cocina le fue señalado como su refugio en caso de que su ubicación detectaran y se atrevieran a penetrar la morada. Una vez dentro, luchaba por acomodarse en el apretado lugar y mantenerse consciente, espantaba pensamientos de reproche por ser tan imprudente y colocarse en esa situación. Deseaba que lo siguiente que hiciese su salvadora fuese notificar a sus colegas para que viniesen en su auxilio y librarse de esa. Fue arrebatado de sus pensamientos al escuchar el fuerte golpe que derribaba la puerta.

Con la certeza que les brindaba el hilillo de sangre que dejó, los perseguidores precisaban se revelara en que parte de la casa se ubicaba su fugitivo, apuntando con un arma a la cien de la valiente y ahora desafortunada. Pero el temor no invadía el cuerpo atropellado, y se reforzaba en entereza. Arremetieron insultos, bofetadas, jalones de cabellos y empujones. Desde la cocina el refugio se había vuelto cautiverio y la debilidad no permitía salir y cambiar la situación con la entrega.

Las bofetadas fueron sustituidas por patadas, cachazos, y la entereza se resquebrajaba con gemidos de dolor y lagrimas, pero no se producía la delación. La insignia chocaba de un lado a otro en un esfuerzo débil e inútil devenido en desespero por salir del reducido espacio. Desde el exterior de la vivienda se escuchaban voces que tímidamente solicitaban dejar en paz a la victima voluntaria.

Con la presión de actuar con prisa, algunos de los intrusos comenzaron a inspeccionar la casa exclamando la cobardía de quién allí se ocultaba, exhortando a la salida si en verdad las tenía cuadradas. No escuchaban los golpes que como último recurso, al no poder pronunciar palabras, se producían en el interior de la cocina con la intensión de orientarlos.

La búsqueda fallida, y la resistencia femenina, encendieron la furia sin conciencia que llevó a halar el gatillo, introduciéndose la bala en el cuello de aquel cuerpo macilento, por ética, por compromiso. Tras el disparo, una sensación de dolor y pena invadió el cuerpo cautivo, entumeciéndolo aún más. Lagrimas brotaron por sospechar el destino injustificado de quien osó ayudarlo, queriéndola reemplazar.

Voces cómplices notificaron de la presencia policial, ocasionado el rápido y sigiloso abandono del lugar.

El sector, huérfano de legalidad, se impregnó enrarecido de azul y cascos, tornándose aun más sombrío, con motos desafiando las empinadas escalinatas. El ruido musical hizo pausa para darle espacio a la curiosidad en procura de devorar detalles de la agitación policíaca que sacaba los cuerpos ensangrentados y medio conscientes, trasladándolos hasta una ambulancia.

En el interior, los dos cuerpos que luchaban por mantener la vida almacenada se tomaron de la mano. Susurrando, la voz femenina con acento de súplica resopló: -¡Haznos la vida más segura! Seguido, se aflojó la mano y colgó sin vida al extremo de la camilla. Los paramédicos se precipitaban a restaurársela sin eficacia, al tiempo que la ambulancia marchaba a toda velocidad, despejando caminos al ritmo de su sirena.

Llegó a la lucidez sin abrir los ojos. Escuchaba el pip pip traducido por la maquina que registraba sus latidos. Ya con la certeza de aún continuar vivo, repasaba lentamente lo acontecido. El efecto aún presente de la anestesia le impedía experimentar el dolor de las cirugías necesarias para remover las cuatro balas que se habían incrustado en su cuerpo. Pero le dolía el alma al recordar el resultado fatal. Por primera vez experimentaba una punzada que no había conocido hasta ese momento en su interior, punzada que propiciaba su conciencia recién despierta. Voces conocidas le estimularon a abrir los ojos. Cálidas frases y apretones de mano le colmaron para darle ánimo.

En la letanía de su recuperación fue conociendo detalles de su heroína. Se enteró de la gran concurrencia a su funeral por ser apreciada trabajadora social. Se retorcía silencioso al percatarse que una vida de tanta dignidad, tanta labor y tanta entrega, había sido dada a cambio de la suya. Acentuaba la punzada, repitiéndose desde el fondo sin cesar aquel: ¡Haznos la vida más segura!

Desfilaron por esa habitación parientes, colegas, autoridades del estamento jurídico, políticos y simples espectadores, portando buenos deseos, consuelo, promesas, salutaciones. Una vez a solas, el alma entró en crisis. Le invadió una sensación de asco, surgieron reproches, el deseo de haber quedado muerto en ese lugar, ideando fórmula para hacer justicia ante la injusticia de continuar vivo. El afán desquiciado por lograr el objetivo se vio interrumpido por visitas azules, que a la espera de la soledad, ansiaban indagar los detalles de lo acontecido.

La reunión de secuaces en la habitación aclaró lo existente. La criminalidad de la zona se negaba a seguir pagando cuotas para obrar sin freno, y que los representantes de la legalidad no fustigaran a ninguno de sus miembros. Con desatino y bravura habían decido eliminar al cobrador consuetudinario, sin importar las consecuencias.

Pero su alma flagelada ante la imposición de su conciencia no quería saber ya de esos pasos, no quería mirar ese pasado que atormentaba por las consecuencias. Sus compañeros al verlo taciturno y con la mirada extraviada decidieron abandonar la habitación y dejarle para que se recuperara, sin advertir la metamorfosis interior que se obraba sacudiendo cada fibra.

Una vez dado de alta y en servicio. Su alma resuelta se conducía uniformada por otro sendero, el establecido en las normas, los libros, los reglamentos, considerados antes letras muertas, conceptos sin sentidos, huecos. Esa decisión le apartó de sus colegas secuaces y aproximarse a los abnegados, éticos. Acarreando consigo la actitud celosa y rencorosa de los primeros, y la actitud prudente y reticente de los segundos, por su fama sin comprobación e ignorando la disposición de cumplir aquel encargo.

Con la investigación a cuestas por lo sucedido y el temor de sus secuaces de una traición, por comportarse distinto, surgía el estiércol de sus obras pasadas. Victimas de ese ayer, antes amenazadas para que guardaran silencio, hoy eran obligadas, por sus mismos amenazadores anónimos, a dar información, incluso falsas.

Suspendido de sus funciones, y ante la posibilidad de sanciones penales, se vio con la angustia del impedimento de cumplir. Sin rendirse, se dio a la tarea de buscar organizaciones sociales que tuvieran su misión como meta. Encontrando tan pocas y las pocas, con escaza proyección o recursos, y casi disueltas.

No obstante, en la determinación de su empresa había comenzado a armar sus ideas, en procura de darle solución a los problemas que padecía el sistema, de reforzar las debilidades y de potenciar su rendimiento.

Consultaba a cuanta persona creyera podría ayudar con el tema y se mantenía de biblioteca en biblioteca. Esas acciones reforzaban las sospechas de sus ahora detractores y les impulsaba a idear acciones que le obligaran a abandonar su mal entendida faena.

Amenazas anónimas comenzaron a sorprender su agenda, bien a través de llamadas, grafitos en las paredes de su casa y disparos fallados adrede. Pero imitando la acción que le compró cuotas de vida, se mantenía incólume, sumergido en sus investigaciones, sus razonamientos, reclutando colaboradores, revitalizando espíritus aletargados por el pesimismo y el desaliento.

Pronto la intriga llegó para deshacer lo poco que había hecho. Bastó con mostrar su pasado para ahora cargar con las evasivas y el desprecio sus colaboradores y adeptos. Añadido a eso, eran inminentes los cargos penales por lo que se había expedido una orden de arresto. Sus detractores, para no darle más larga a la zozobra que los embargaba, habían decidido poner punto final a cualquier posibilidad.

Por un antiguo secuaz con el que llegó a tener mayor afinidad, fue notificado de su infortunio, y su alma se sumergía en pena.

Viajaba en un porpuesto sin rumbo fijo, considerando sus opciones, sabía que era el chingo o el sin nariz, y sin posibilidad de cumplir lo que se había trazado. Pensó en huir, pero era contrario a los principios recién adoptados, y defraudaría al ejemplo que estaba imitando. Sumergido en cavilaciones la tragedia cotidiana le sorprendió. Dos hampones se levantaron de sus asientos, dirigiéndose hacia el chofer, blandiendo armas. Convidaban a los pasajeros a que se despojaran de sus pertenencias. Dos puestos delante de él contempló el movimiento lento y escurridizo de un joven cuyas botas bien pulidas y su acción imprudente delataban ser un novato de la policía. Detrás de ese joven, realizaba movimiento otro hampón que había quedado estratégicamente inadvertido presto a dispararle.

Sin pensarlo ni dudarlo se abalanzó sobre el novato sirviéndole de escudo. Éste, con torpes pero rápidos movimientos giró, respondiéndole con certero disparo al hampón agresor, lanzándose luego al piso, logrando atinar fortuitamente a otro de los hampones en la parte delantera, sin poder evitar la inmediata huida del tercero.

Considerando la situación fuera de peligro, el novato se dirigió hacia su salvador, tratando de ayudarle colocándole la mano en el pecho, procurando evitar que continuara fluyendo la sangre. Con la vida escapándosele irremediablemente tomó al novato por el cuello de la camisa musitándole:¡Se buen policía! ¡Hazle la vida más segura!

Luis Duque
© Derechos Reservados
Imagen tomada de la Red

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