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Tic-tac, tic-tac…Escuchaba el sonido del reloj. Era lo único que se percibía en la habitación.

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Rápidamente me trasladé al pasado, a la época de mis abuelos, aquella donde ese repetitivo estribillo formaba parte del día y sobre todo de la noche. Acompañaba. Recuerdo estar en casa de mi abuela, rodeado de cachivaches, muebles viejos y grandes cortinas. El comedor, que entonces era la estancia principal, estaba presidido por un reloj de pared que no dejada nunca de funcionar. El tictac te acunaba después de comer hasta quedar completamente dormido en el sillón orejero por el cual todos nos peleamos. También ayudaba la penumbra de la sala que provocaba la tenue luz de invierno que se abría paso por la pequeña ventana. El mismo reloj te despertaba cuando daba las horas con un estruendoso repicar de campanas escondidas no se sabe donde.

Recuerdo el penetrante olor de la casa. No sabría muy bien como describirlo. No era desagradable pero tampoco olía a flores. Era espeso, una mezcla de madera, ropa, humo de la estufa de leña y a cerrado. La ventilación de la casa se hacía siempre por la mañana y lo justo que la higiene aconsejaba, porque había que refugiarse del frío mesetario.

En esa época mi madre descubrió que existían otras telas que no fueran el paño, la franela, la lana, el algodón, el terciopelo y la pana. Me compró mis primeros vaqueros. Andaba yo contento con ellos el primer día cuando observé que el resto de niños me miraban y se reían. Yo no comprendía muy bien el motivo de su guasa hasta que me encontré frente a un espejo: llevaba una perfecta raya planchada. Cuando intenté disuadir a mi madre para que no me planchara los vaqueros, me contestó: “¡Sí hombre, vas a ir por ahí de esa guisa!” La raya era siempre idéntica y tan marcada que al final quedaba una impecable línea blanca, como hecha con tiralíneas; como realizada por extrusión.

Mi abuela era de esas que te daba unos enormes besos sonoros y te abrazaba tan fuerte que te dejaba aturdido durante el resto del día. Mi madre, que conserva lo aprendido de pequeña, también lo hace con mis hijos. En su comedor resplandece un enorme reloj de pared que hace tic-tac.

¡Me gusta escucharlo!