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Protagoniza este relato un niño del que no sabemos su nombre. Le rodea un halo entre mítico y nostálgico pues se ubica en un entorno casi irreal: un mundo rural donde anexo a su casa hay un gallinero, se desconoce el agua corriente, se visten ropas diferenciadas para la misa del domingo y la vestimenta diaria para acudir a la escuela de su admirada maestra puede inspirarse en un clásico de Mark Twain sin problema alguno.

El texto me sedujo completamente en su tercera página (19 del libro) en un párrafo brillante reproducido en la contraportada: “Según cuenta el hortelano, una vez cada cierto tiempo se reúnen todos los sueños en asamblea y deciden a quién de entre todos los humanos le contarán el secreto del señor Evol … (sigue)”.

El niño cae por la madriguera de conejo en un viaje al más puro estilo Lewis Carroll, onírico e incluso algo alucinógeno, con la guía del recuerdo del consejo de su padre y su propio sentido común para orientarse en el bosque mágico de su sueño en pos del señor Evol.

Subrayé en el capítulo II un tramo descriptivo excepcional (página 34) y creo que dejaría boquiabierto a más de un profesional, pues ahora es el momento de comentar simplemente que este libro fue su primera obra publicada hace ya un año. Lo dedica a su madre (entre otras personas), quien también aporta las ilustraciones.

El libro se lee de un tirón. Es corto, es el motivo evidente. Es interesante y atrapa, es el motivo principal. Pero su mérito radica en algo más allá de la magia que destila la historia. Creo que pocos relatos trascienden el manido costumbrismo, el escribir una y otra vez sobre lo conocido. Hortelano consigue que nos identifiquemos con el niño, su viaje, sus preguntas. Construye una historia de carácter universal, y ese es un mérito que muy contadas lecturas pueden ofrecernos actualmente sin artificiosidad.

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