Clica para calificar esta entrada!
[Total: 2 Promedio: 4.5]

CAPITULO 8: La negociación

–Señora Yolanda, necesito que le comunique a Andrés Córdova que lo cito para el día de hoy a las 3 pm en mi despacho. Dígale que el tema a tratar es muy importante.

–Ya se lo llamo, señor presidente.

Andrés Córdova contestó el teléfono: –Señora Yolanda, dígale al señor presidente que estaré puntual–. Después de colgar pensó que el tren seguía avanzando ¿será hacia la salvación de sus hijos o hacia la muerte de su clan? –Esta tarde lo sabré–.

Llegó puntual a la cita. Cuando entró al despacho presidencial vio que era el tercer invitado a la reunión, los otros dos invitados eran los ministros del interior y de defensa. El presidente le hizo una seña de que entrara al despacho y se sentase.

–Don Andrés Córdova me imagino que, a lo largo de estos días, se estaría preguntando cuándo lo íbamos a mandar a llamar. Bueno ya ve, que fue el día de hoy. ¿Por qué usted sabía que, tarde o temprano, íbamos a tener esta reunión?

–Así es, señor presidente.

–Pudo haberse ahorrado la requisa de su despacho, de su casa y las casas de sus hijos.

–No lo creo, señor presidente. Pero no nos hemos reunido aquí para revisar cuanta agudeza mental pueda tener usted o yo.

–¡Como siempre, usted al grano! En la última charla que tuvimos, en este mismo despacho, usted me dijo que tenía información muy importante sobre el secuestro del general Peña Sandoval. Mi gente se ha topado con esa información entre la mucha que le fue decomisada. Debe saber que antes de esta reunión, la información contenida en la carpeta E-PS fue analizada y corroborada con mucho detenimiento. Es por eso que, quizás, nos hemos demorado más de lo que usted esperaba.

–Señor presidente, entiendo perfectamente que se hayan tomado todo su tiempo en revisar y cotejar la información contenida en esa carpeta.

–De toda esa información queda claro que el móvil del secuestro fue la venganza de ustedes, los Córdova Ramírez, por la violación que sufrió su hija Victoria a manos de Peña Sandoval, dijo el ministro de defensa.

–Yo, como abogado de mis hijos, no pienso emitir ningún tipo de opinión, al respecto. Por otro lado, esa es la acusación que la fiscalía debe sustentar durante el juicio.

El ministro de defensa lo miró y abriendo los ojos dijo: –¿De qué juicio habla Córdova Ramírez? Yo mismo me encargaré de enterrarlos vivos a todos ustedes en alguna parte del país–. Iba a seguir hablando, pero el presidente le hizo un gesto de que se callase.

–Don Andrés Córdova, sabemos que la información contenida en la carpeta E-PS es una copia de la original. ¿Qué nos pide a cambio para que nos entregue los originales?

–Nada particular, señor presidente. Primero, porque esos originales no son un artículo de canje en esta charla y segundo, porque el mantener esos originales en mis manos nos garantiza que mi familia y yo sigamos con vida. Fíjese que el ministro de defensa de su gobierno acaba de amenazar de muerte a toda mi familia.

–Sabe que tenemos unos métodos muy persuasivos para que la gente hable–, dijo el ministro del interior. –De hecho, sus hijos los deben estar probando ahora mismo–.

–Estimado ministro, el gobierno puede hacer lo que crea más conveniente para sus intereses. Eso, sí deben saber que, de una forma u otra, los originales de esa documentación están a buen recaudo. Ustedes podrán eliminar a mi familia, pero la información seguirá existiendo y llegará adonde deba llegar para bien del país.

–¿Qué pide Córdova?–, dijo el ministro de defensa.

–Algo muy sencillo, señor ministro: Justicia.

–Está consciente que si se hace un juicio sus hijos van a ir presos.

–Por supuesto, señor presidente. Estoy pidiendo justicia. Que cada uno pague por los delitos que cometieron. Fíjense que no pido indultos ni sobreseimientos ni nada por el estilo. Solo pido justicia.

–Señor presidente, si me permite–, dijo el ministro del interior. –En el juicio no se puede hablar de la operación que le practicaron a Peña Sandoval. Imagínese la que se va a armar si eso sale a la luz pública.

El presidente miró de frente a Andrés Córdova y dijo:

–Es decir que a sus hijos podemos acusarlos del secuestro del general, pero no de su esterilización.

Andrés Córdoba asintió y dijo:

–Y además con el atenuante de que lo liberaron sin ninguna herida ni contusión.

El ministro de defensa movía una pierna de un lado al otro, ese movimiento indicaba que o bien estaba impaciente o bien estaba furioso.

–¡Es decir, que ustedes secuestran y capan a un general de la aviación y van a pagar cárcel por el secuestro y con atenuantes, nada más!–, dijo el ministro de defensa con su rostro enrojecido por la rabia.

Andrés Córdova lo miró y dijo:

–Todo esto pudiera haberse evitado si las fuerzas armadas escogiera mejor a sus hombres. Lamentablemente, las fuerzas armadas, en este caso, escogieron convertirse en encubridoras de los crímenes de uno de sus miembros, aún cuando sabían de tales crímenes. ¿O me va a decir que los ignoraban?

El ministro de defensa se paró, cerró sus puños y caminó hacia donde estaba Andrés Córdoba. El presidente previendo el desenlace gritó:

–¡Siéntese general! ¡Dejemos de hacer tonterías! Todos los que estamos en este despacho sabemos que lo que acaba de decir Córdova es cierto. Usted mismo me lo confesó. Si estamos como estamos es gracias a la permisividad de las fuerzas armadas. ¡Así es que, me hace el favor, y se toma una taza de tilo!

El micrófono de la sala 41 se activó.

–Se acabó la función para los Córdova. Son órdenes de arriba.

–Jefe, pero aún no les hemos sacado nada.

–Ya te dije que se acabó. El ministro llamó y dijo que desde ahora en adelante pasaban a la disposición de la fiscalía.

Cornejo abrió la puerta de la sala y salió. Ya afuera, miró a su jefe y trató de decir algo. Su jefe se llevó el dedo a los labios y le hizo la señal de que se callara.

–Su abogado los va a venir a visitar. Así es has que se aseen y que les curen las heridas. Que parezcan que no les hemos tocado un pelo.

–¡Coño, jefe! ¿Usted cree que somos magos o qué?

Al día siguiente por la mañana, los tres hermanos Córdova Ramírez fueron sacados con los ojos vendados de aquellos calabozos pestilentes. Mientras les ponían la venda, los tres pensaron que los iban a matar y se abrazaron como una última despedida. Los ayudaron a subir a una camioneta y en menos de una hora llegaron a su destino. Antes de bajarse, les quitaron las vendas de sus ojos. La luz del sol hizo que les ardieran los ojos. –¡Qué maravillosa es la luz de sol!–, pensó Pedro.

Un policía los recibió y con un tono irónico les dio la bienvenida a la cárcel modelo. Van a estar cerca de los presos políticos, dijo. Era el mejor sitio donde pudieran estar dadas las condiciones.

Por la tarde, cada uno recibió la visita del fiscal de la causa. Ninguno prestó declaración a la espera de que el abogado que los fuera representar en el juicio estuviera presente.

A la mañana siguiente, Andrés Córdova fue a visitarlos, se le salieron las lágrimas cuando los vio. Todo está arreglado. Vamos a tener justicia y ellos tendrán la suya, les explicó. A ustedes los van a juzgar por el secuestro del general.

–No se va a hacer ninguna mención a la operación que le hiciste al general–, dijo mientras miraba a Pedro.

–A Peña Sandoval le van a dar de baja sin honores, lo cual significa que, mientras viva va a recibir una pensión ligeramente superior al salario mínimo. Me hubiera gustado conseguir una condena mayor, pero fue imposible.

–Hijos, el resultado del juicio es previsible. Ustedes se van a declarar culpables, eso les disminuirá la pena. La fiscalía probablemente va a pedir 8 a 10 años. Yo, trataré de disminuir la pena a la mitad o menos, al fin al cabo el general fue liberado sin ningún rasguño y durante su cautiverio fue tratado muy bien; es la primera vez que cometen un crimen que es otro atenuante y; por último, van a cooperar con “las investigaciones”. Eso es lo que pude negociar con el gobierno. Hubiera querido evitarles el trago amargo de la prisión, pero también fue imposible.

Rodrigo miró a su padre y dijo:

–Lo sabemos. Sabemos que estuvo jugándose la vida para que nosotros viviéramos. Cuando, en aquella noche, mencionó lo del tren no lo entendí. Luego, mientras me torturaban, lo vi claramente. Esa noche, la familia se montó en un tren cuyos destinos era o bien que nos salváramos todos o bien que muriéramos todos. Yo, en más de una ocasión, me vi muerto, pero sobreviví porque sabía que usted estaba afuera moviendo sus hilos para salvarnos.

En su declaración de culpabilidad, los hermanos Córdova Ramírez contaron cuál había sido el móvil del secuestro: Pedir la libertad de los presos políticos.

Contaron cómo habían planificado el secuestro: Para tal fin, habían desplegado toda una red de seguimiento al general que había durado al menos medio año.

Peña Sandoval, con la soberbia que le caracterizaba, solía decir que él no necesita guardaespaldas, que él se bastaba por sí solo. “¿Quién se va a atrever a meterse conmigo? Y si alguien llegara a atreverse va a conocer la parte terrorífica de la vida”. Por eso, siempre andaba solo con su chofer asignado.

Era un hombre de costumbres. Por ejemplo, los días lunes se despertaba muy temprano, hacía una rutina de ejercicios y salía a las 7 am para la comandancia. Allí permanecía hasta las 4 pm, para luego salir a visitar a Sofía, una amante más, que vivía al norte de la ciudad. Para el general Peña Sandoval, las semanas iban pasando entre su casa, sus ejercicios, el papeleo de la comandancia y sus amantes, unas eran flor de un día, otras eran más perennes.

Rodrigo y Daniel dijeron que el secuestro había que hacerlo un día lunes. La ventaja es que para llegar a la casa de Sofía, el auto del general debía pasar por calles muy poco concurridas, lo que iba a disminuir mucho la cantidad de testigos potenciales del suceso. El secuestro del general Peña Sandoval salió según lo planificado.

Se inventaron los nombres de sus secuaces, diciendo que pertenecían al hampa común. El gobierno trató de rastrearlos pero todos sus esfuerzos fueron infructuosos. Contaron con lujo de detalles cómo efectuaron el secuestro y hacía donde lo habían llevado: Una finca abandonada de la familia, perteneciente a uno de sus tíos, quien vivía en el exterior.

Lo que no contaron es que en esa finca fueron instalando todas las instalaciones indispensables para hacer una castración.

Lo llevaron a la finca completamente dopado en una camioneta tipo van que fue acondicionada como una ambulancia, con todas las identificaciones usadas para tales vehículos. En la finca, Pedro ya tenía preparado lo que podría llamarse un quirófano, los instrumentos de operación y todo el material quirúrgico necesario para la operación. Ese mismo día le hicieron los exámenes pre-operatorios y la operación quedó pautada para el martes. Es decir que, a la misma hora que el gobierno decretaba el toque de queda y activaba la operación peine, el general Peña Sandoval estaba siendo parcialmente castrado por Pedro Córdova Ramírez, doctor en urología.

Prácticamente, a esa misma hora Rodrigo y Daniel Córdoba Ramírez eran detenidos, acusados del secuestro del general. Los llevaron a unos calabozos mal olientes y los torturaron para que hablasen. Aullidos de dolor se escuchaban constantemente en aquel edificio infernal. Nada obtuvo el gobierno de tales aullidos. El general Peña Sandoval se había desvanecido como el humo de una chimenea en el aire. A los dos días, tuvieron que soltar a Rodrigo y Daniel, sus coartadas eran, por demás, sólidas.

Finalmente, dijeron que la presión hecha por el gobierno con la operación peine los hizo recapacitar y al sexto día decidieron liberarlo sin un rasguño.

Lo que no contaron fue que mientras estaban liberando al general, los equipos médicos fueron sacados de aquella casa que después sería totalmente abrazada por el fuego. En las ruinas de aquella casa la policía fue incapaz de encontrar alguna huella o vestigio del quirófano y de quienes habían operado a Peña Sandoval. Los equipos médicos quedaron escondidos en otra finca aledaña y, con el pasar de los años, pasaron a ser parte de un nuevo ambulatorio construido en el pueblo cercano a esas fincas gracias a la gestión del doctor Pedro Córdoba.

El juicio a los hermanos Córdoba; como empezaron a ser conocidos Rodrigo, Daniel y Pedro Córdoba; tuvo una muy alta cobertura mediática y fue expedito, al gobierno no le convenía alargar el tiempo como lo hacía normalmente con otros casos. Fueron sentenciados a 4 años de cárcel en donde, además de estar recluidos, debían tener actividades de servicio social y comunitario.

Para dictar esa sentencia el juez se basó en que si bien el delito de secuestro era innegable también lo era que los acusados se habían declarado culpables, que lo habían liberado a los pocos días en perfecto estado de salud, que no tenían antecedentes penales y “los hermanos Córdoba habían demostrado, con hechos realizados a lo largo de su vida, que no eran ninguna amenaza para la sociedad, sino que, muy por el contrario, eran personas de bien”.

Peña Sandoval nunca asistió personalmente a ninguna de las sesiones del juicio de los hermanos Córdoba. Su abogado se encargó de leer su declaración, recoger los cuestionarios de preguntas que surgían durante el juicio y de leer sus respuestas en la sala del juicio.

Al mes de haber sido liberado, el general Leonidas Peña Sandoval pidió ser dado de baja, la cual fue concedida. La pensión que le fue dada no fue ni la mínima ni la máxima establecida por la ley. Darle una pensión sobre el valor mínimo implicaba reconocer que la baja era sin honores, lo cual iba a ser algo muy difícil de explicar a la opinión pública quien estaba muy pendiente de esta noticia. Por otro lado, darle la pensión sobre el valor máximo implicaba romper el trato con Andrés Córdoba, quien ya había amenazado con publicar el prontuario delictivo de Peña Sandoval si el gobierno rompía el trato.

Al final, el gobierno le concedió a Peña Sandoval una pensión equivalente a la mitad de lo que le correspondía por ley, argumentando que el resto correspondía al pago de préstamos realizados por Peña Sandoval que no habían sido aún cancelados. Todo este trámite fue realizado por el gobierno bajo un estricto secreto y código de confidencialidad.

A los ocho meses de haber sido secuestrado, Peña Sandoval decidió salir de la ciudad con un rumbo totalmente desconocido abandonando a su esposa e hijos. Los medios de comunicación trataron de conocer su paradero, pero todos sus esfuerzos fueron en vano.