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Epílogo

–Te digo que quien vive en aquella finca no es ni chicha ni limonada–, quien decía esto era un chico que hacía los repartos del mercado del pueblo cercano a aquella finca.

–Dicen que han visto entrar mujeres ahí. Algunos dicen que son putas. Yo no he visto nada, pero de repente tú si las has visto…como llevas el mercado–, ripostó el mecánico de autos.

–No he visto nada. De hecho, al que vive ahí tampoco lo he visto mucho. Abre la puerta y con una voz que es una mezcla entre la de un hombre y una mujer, me dice que le deje la caja de la compra en el piso y que la plata está en una mesita que está junto a la puerta. Es por eso que te digo, que no es ni chicha ni limonada.

Ambos hombres hablaban en la calle principal del pueblo frente al único kiosco de periódicos que había perteneciente al viejo Prudencio. A la reunión se le unió otro vecino del pueblo que dijo:

–Trata de imitar su voz.

–Es complicado, porque en un principio pareciera que es la voz de un hombre pero al final tiene una sonoridad femenina inconfundible.

–Esta difícil de imitar, entonces.

 Todos se quedaron pensativos, unos mirando hacia el horizonte, otros mirando hacia la calzada. Uno de ellos dijo:

–Dicen las viejas del pueblo, que hace mucho tiempo atrás llegó un hombre a la finca y despidió a todos los que trabajaban en ella. Dicen que vino desde las alturas de la cordillera.

–Otras dicen que a aquel hombre le empezaron a salir tetas. Que ellas lo vieron al llegar a la finca y que un tiempo después vieron que tenía tetas. Al principio contrataba mujeres para que le limpiaran la casa, pero luego dejó de hacerlo. Recuerdo que fueron ellas las que iban contando esas cosas por ahí–, dijo el negro Trinidad que hasta ese momento había sido un mero espectador oyente.

–¿Tetas, cómo las de las mujeres?, dijo el mecánico de autos.

–¡No, güevón!. Como las de las vacas. ¿Cómo van a ser?

–También he oído que tiene barba y bigote como si fuera un hombre. No mucho pero que tiene algo.

–¡Vaina pa’rara! Un hombre de pelo en tetas, pues–, todos rieron la ocurrencia del negro Trinidad.

–Ustedes dirán lo que quieran, pero el que vive ahí es bastante raro–, dijo una chica joven que se había acercado a comprar un helado y había oído la conversación. –Hace como un mes, perdí el último autobús y me tocó regresar a pie a casa. Decidí acortar camino cruzando esa finca. Todo estaba muy oscuro y entonces me empezó a dar un susto–.

–¿Y por qué el susto? ¿Acaso viste algo?–, dijo el viejo Prudencio.

–No, pero me dio como un pálpito.

–Tú y tus pálpitos. A veces, hasta pareces medio bruja–, dijo otra chica.

–En fin, fui avanzando y cerca de la casa empecé a oír unos aullidos. Unos parecían ser de una mujer, otros de un hombre. Parecía como si los estuvieran descuartizando vivos a ambos.

–Pero, ahí solo vive una persona… él o ella–, dijo el repartidor del mercado.

–Eso precisamente es lo raro, parecía como si estuvieran dos personas dentro de la casa.

–¿Eso no ocurrió en una noche de luna llena? De repente, tenemos un hombre lobo como vecino.

–¡Qué dices! ¡Qué hombre lobo ni qué hombre lobo! Ya vas a empezar con tus cuentos de aparecidos.

En ese instante llegó al kiosko la vieja Petrica, ahora era la más vieja de aquel pueblo perdido en la exuberancia del trópico.

–Los cuentos de aparecidos pueden ser cuentos o no, asegún cómo se vean. Lo que les voy a contá pasó hace muchos años atrás. Era la época de la cosecha del cacao y todos andábamos por aquellos montes. No sé muy bien cómo, pero algunas muchachas “se perdieron” por esos caminos de dios. Claro que después aparecieron. Contaban que las habían llevado a aquella casa pero que no les habían tocado un pelo. ¡Ustedes me dirán si les creímos! A todas las examinamos para sabé si las habían desvirgado o no. Todas estaban intactas. De todos modos, de ahí en adelante, empezamos a tomá la previsión de no dejar a ninguna muchachita suelta por ahí.

–Señora Petrica, mi abuela también nos contaba lo de las muchachitas perdidas. Yo pensaba que era puro cuento para que no nos acercáramos a aquella casa.

–¡Ay mija, pues le digo que lo que contaba su abuela era la purita verdá! A las muchachitas las teníamos con la cabuya cortica, no las dejábamos solas ni en el día ni en la noche. Fue después de eso, que se empezaron a oír gritos que venían de aquella casa… gritos de hombre y de mujé… gritos que hasta el día de hoy se escuchan.

–Señora Petrica ¿usted sabe quién vive en aquella casa?

–Esa finca era de un general… Me parece que se llamaba Peña Sandoval o algo así. Un día llegó solo y despidió a todos los que trabajaban en la finca y se quedó a vivir allí. Luego empezaron los rumores… ustedes saben que la gente habla muchas pistoladas juntas… historias de que la voz del general estaba cambiando y que si tenía tetas. A mí no me consta eso, pero lo cierto es que desde aquella época, naiden del pueblo logró volver a entrar en esa casa de nuevo.

–¡Vaina pa’rara, señora Petrica!

–Doctor, ¿usté qué piensa? Usté que sabe de medicina debe sabé si un hombre puede convertirse en mujé de la noche a la mañana–. El médico del ambulatorio del pueblo había llegado hace poco a aquel corro alrededor del kiosko y Petrica vió la oportunidad de ver qué decía el doctor de aquel caso extraño.

–¡Ah Petrica! Usted como siempre y sus preguntas. Déjeme ver cómo le explico… empezaré diciendo que el hombre y la mujer se diferencian entre sí gracias a ciertas sustancias que generan sus cuerpos. En el caso de la mujer, esas sustancias se generan en los ovarios y en el caso de los hombres, en los testículos.

–¡Cará, doctor! Usté ya empezó a hablar como el chino del pueblo… pero voy entendiendo. ¿Y qué pasaría sí le quitamos a la mujé, los ovarios o al hombre, los testículos?

–En el caso del hombre habría una pérdida del apetito sexual. En las mujeres, la cosa es más compleja.

–¡Ah no ,mijo! Explíqueme lo de los hombres que asegún usté es más sencillo. Después no entiendo ná y termino toda confundiá.

–Es muy raro que ocurra, pero en el hombre podría haber cambios físicos en su cuerpo: Tendencia a la gordura, crecimiento de senos, cambios en la voz y pérdida del pelo corporal.

–Doctor, fíjese que mi marido también se ha puesto gordo y ahora tiene más tetas que yo… y que yo sepa tiene todo en su lugar–, todos rieron la ocurrencia de Petrica, incluyendo el médico.

–Ahora, hablando en serio, doctor. Eso se parece mucho a lo que le pasa al vecino de aquella finca.

–¿Y quién va a querer hacerle tamaña maldad a ese hombre, Petrica? Además, que pasen esos cambios es muy raro.

–Pues parece que ese vecino cantó bingo a cartón lleno–, dijo Petrica y, con su andar lento se fue con su alma llena de nenúfares y con el suave ondular de las aguas de su río que iban al ritmo de cada paso que daba. No siempre fue así. Le había costado casi su vida entera ir construyendo su alma, de estanque en estanque y de riachuelo en riachuelo. Le había costado muchos años controlar su oscuridad y lograr irradiar su luz al mismo tiempo. Ahora, Petrica había alcanzado su equilibrio y la paz que años atrás le había faltado. Paso a paso se fue adentrando en el mercado, camino hacia la tienda del chino del pueblo, el mismo que Petrica nunca lograba entender; paso a paso con su alma vestida como un día inolvidable y luminoso.